Mircoles, 26 Junio 2019
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Manual para zurdos marzo 2015 (miscelánea)
Cultura | Este País | Manual Para Zurdos | Claudio Isaac | 01.03.2015 | 1 Comentario

Marcha, aguatinta y aguafuerte, 24 x 20, 2005.

Marcha, aguatinta y aguafuerte, 24 x 20, 2005.

Un título que cumple

En efecto, el pequeño libro de Patrick Modiano, Un pedigrí, cumple con lo que anuncia su título: es una enumeración despojada de sentimentalidad, un recuento de nombres, fechas y lugares, la relación de un árbol genealógico inmediato en donde el autor no se da un respiro de indulgencia sensiblera ni da cabida para la nostalgia o la reflexión poética. Alcanzando la tercera parte del volumen declara Modiano: “Escribo estas páginas como se levanta un acta o como se redacta un currículum vitae […]. Solo es una simple y fina capa de hechos y gestos…”.

Lo asombroso e intrigante es que del inventario desdramatizado —y quizá precisamente por eso— va surgiendo una atmósfera conmovedora, una especie de aura de belleza que se desprende de negar toda añoranza o reconocerle valor emocional a los hechos catalogados; el fenómeno sería semejante al de alguna de las Suites Francesas de Bach, en las que hay una vocación por el comedimiento y el aplomo y, sin embargo, de la clave musical y de la cadencia afloran misteriosamente los efectos sensibles del embelesamiento y el escucha acaba emocionándose y atribuyéndole emotividad y conmoción a la partitura misma.

Se entiende que este modo discursivo del Premio Nobel francés obedece directamente a su genuino temperamento y aún así, ante la evidencia de cómo nos afecta, pareciera que hubiese ejercido una estrategia formal para llegar a ello. No hay tal: en Un pedigrí Patrick Modiano se muestra como un héroe de la renunciación. No prepara golpes de sorpresa ni planea sacudimientos sobre el lector. Narra sin adornos. Los hechos hablan por sí solos. Solo un maestro prescinde como él de la adjetivación.

Quizás otra clave del asunto consista en la rigurosa discriminación: lo que decide omitir y lo que opta por utilizar, tal como en Bach sería una cuestión de qué notas van a entrar en juego y preponderar, y cómo intervendrán entre ellas los silencios.

Por ejemplo, impresiona el procedimiento que Modiano emplea para informarnos de su aparición en el mundo: es indirecto y casi brusco. Abre un capítulo diciendo: “El 2 de agosto de 1945 mi padre va en bicicleta a declarar mi nacimiento en el ayuntamiento de Boulogne-Billancourt”. Dicho eso, cambia de tema.

 

La puerta trasera

En un pasaje memorable de su fundamental texto El acto de la creación, el filósofo, novelista, historiador y activista político húngaro Arthur Koestler confiesa que para él “el humor sigue siendo la llave maestra para comprender el proceso creativo”. En demasiadas ocasiones, a lo largo de alguna conversación sobre pintura o poesía he tratado de comentar estas palabras, según yo iluminadoras, y la respuesta más común ha consistido en el malentendido de su significado o el descarado soslayo de lo expuesto, aunado a cierta molestia. ¿Será que la solemnidad contagia a todos? Desde luego, el tufo de trascendencia del intelectual y del artista contemporáneo son cosa generalizada y parecen corroer el espíritu de juego que habitaría al creador genuino. Para incomodidad de muchos acartonados del medio de las Artes añade Koestler: “El payaso, el artista y el científico viven de su ingenio y veremos que las adivinanzas del cómico constituyen una puerta trasera, por decirlo así, que conduce hacia el santuario interior de la originalidad creativa”.

 

Fernando Fernández sobre Ramón López Velarde

El poeta, ensayista y editor Fernando Fernández, frecuente vecino de página en esta revista, nos entrega Ni sombra de disturbio, una deliciosa colección de ensayos sobre Ramón López Velarde. En su revisión prolija, Fernández no solo desmenuza con sensibilidad y agudeza una serie de temas particulares de la poesía velardiana sino que, más allá de eso, nos contagia —proeza que rara vez alcanza lo erudito— su vivo interés y admiración por ciertos aspectos del poeta zacatecano, e incluso diría que logra encariñar al lector que no tuviese ya a Ramón por bienamado. El libro es notablemente docto pero, por una vez, este atributo no nos apabulla sino que se traduce en una suerte de cordialidad cálida que resulta en una feliz lectura.

Paralelamente, con un título juguetonamente provocador, sale a la luz Contra la fotografía de paisaje, otro volumen de ensayos donde Fernández recorre con una magnífica soltura temas diversos cuyo común denominador es que le son particularmente cercanos: de Proust a Fernando Vallejo, de Borges a Gerardo Deniz. De nuevo es la conjunción de dos virtudes rara vez aunadas —la sabrosura de un desarrollo libre y el rigor de la mirada— lo que le confiere al libro una condición impar y atractiva. Con una hermosa modestia el autor nos advierte en su presentación: “Este libro se justificaría […] si una sola de las parcialidades que conforman su diatriba a favor de las cosas que admira […] se quedara en la mente de los lectores como si fuera una pequeña totalidad…”.

 

Ven a visitarnos

El gran Joseph Campbell, elocuente compilador de las mitologías comparadas, refiere que varios estudios antropológicos de mediados del siglo XX indican que algunos pueblos primitivos tanto de Japón como del norte extremo de América mitigaban el remordimiento de matar y desollar animales para alimentarse y vestirse que explicaban la presencia de la fauna en la Tierra como deidades que llegaban a visitar desde la otra vida. Así, nos dice, darles muerte, despojarlos de sus pieles y comer su carne eran acciones que pasaban a considerarse como parte de una ceremonia para que regresasen a su lugar de origen: incluso antes de sacrificar a un oso, por ejemplo, se le despedía con una oración semejante a: “Pequeña deidad, estamos a punto de enviarte a casa […], si has disfrutado tu tiempo entre nosotros haznos el honor de venir a visitarnos de nuevo y te honraremos otra vez con una ceremonia como esta…”. El rito constituía entonces un escudo psicológico para lo que la continua masacre les representaba. La evasión requerida para hacer llevadera una práctica habitual.

Cuando, tan a menudo, los actuales norteamericanos se dicen: “¿Qué hemos hecho para que el resto del mundo nos odie tanto?”, parecería que la nación entera se ha autoengañado bajo un ardid semejante al de sus antepasados arcaicos, y que todas sus actividades beligerantes y alevosas impulsadas por el espíritu imperialista y a veces simplemente avaricioso quedan explicados como actos benévolos, generosos, que los demás pueblos deberían agradecer tal como las almas de las bestias sacrificadas antaño.

 

La historia no contada

En su revelador documental La historia no contada de Estados Unidos, el cineasta Oliver Stone hace hincapié en la figura de Henry Wallace, convenientemente diluida por los recuentos oficiales para reforzar la versión feliz de los acontecimientos que definieron el rumbo del siglo pasado. Resulta escalofriante escuchar a Wallace, un notable liberal con ideas igualitarias, pronunciar en un discurso de los tempranos años cuarenta, rescatado en el pietaje fílmico usado por Stone, la sentencia profética: “Si continuamos así nuestra política exterior, en unas cuantas décadas seremos el país más odiado del planeta”. Vistos desde esa perspectiva, jalando el hilo de esa madeja, los brotes actuales del radicalismo religioso, los nacionalismos e incluso algunas iniciativas regionales de totalitarismo se ven claramente como reacciones a muy viejas, persistentes acciones de la política norteamericana y sus aliados en las regiones más apartadas del mundo.

 

Frase del mes

“El verdadero

maestro protege

a sus pupilos de su propia influencia.”

Bronson Alcott

 

¿Usted se salta los comerciales?

En el prefacio a su curioso volumen Erótica para millones, el arquitecto y diseñador danés Poul Henningsen asevera que según el patrón cultural vigente el arte “malo” dice más sobre nuestra época que el arte “bueno”. Sin duda esta noción del gran Henningsen puede extenderse a terrenos que ni siquiera aspiran a ser etiquetados como arte, ni “malo” ni “bueno”, pero que son igualmente expresiones sociales vivas: los folletines, la publicidad, las telenovelas, los bailes de moda, las revistas de chismes, los deportes de atracción masiva. Aquel que no está al menos parcialmente atento a lo que ocurre en esos sustratos ignora el mundo en el que vive, el país que habita. Por eso resultan absurdas esas declaraciones ufanas como: “Yo no veo telenovelas” o “Detesto el futbol” o “No sé lo que es la quebradita”. El caso no es recetarse cada asunto como si fuera manda pero sí de mantener un margen de la sensibilidad abierto a lo que tales manifestaciones nos dicen. Claro que nos arriesgamos a la contaminación y a la ofensa pero saltarse siempre los comerciales cuando se ve la televisión equivale a ponerse una venda: solo viendo un anuncio de whiskey, automóviles o detergente se percata uno cabalmente de la realidad que nos circunda y determina, es en esos mensajes de medio minuto donde se concentran más evidentemente la misoginia, el clasismo, el narcisismo machista o el malinchismo rampante y la fatuidad de nuestros modos en general.

 

Antes y después

Fuera cual fuera la variante cromática (nota roja, noticia amarillista) la prensa sensacionalista ocupaba antaño un territorio demarcado y quien tuviera debilidad por ella podía encontrarla en las páginas de una sección específica de algunas publicaciones. En nuestros días el espíritu sensacionalista se ha trasminado y es ubicuo. Y no solo porque los temas propios de esa veta periodística han invadido todas las áreas de la vida pública sino porque el ignominioso estilo prosístico ha dejado huella en todo articulista y reportero, ya sea por voluntad propia o por imposición de los editores, quienes temen vender menos ejemplares si no entran al aro y redactan bajo esa óptica distorsionante que no conoce ni pudor ni hondura. Qué añoranza de la original nota roja en su quintaesencia exagerada, sobredimensionando hechos y basando el escándalo en imprecisiones: “Mariguano troglodita atropella a quince”.

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: a mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

Una respuesta para “Manual para zurdos marzo 2015 (miscelánea)
  1. Bjbjbjhjh dice:

    No todo el día, pero si todos los días… Al infinito.

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