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Narrativas postraumáticas
Cultura | El Espejo De Las Ideas | Este País | Eduardo Garza Cuéllar | 01.04.2015 | 0 Comentarios

Paisaje imposible,  encáustica sobre tela,  1.20 x 1.80,  2006.

Paisaje imposible, encáustica sobre tela, 1.20 x 1.80, 2006.

Para Humberto y Miguel Ángel,

esta provocación agradecida.

Hay sucesos que cuestionan de raíz la manera como hasta entonces habíamos concebido la vida y nos retan a crear formas nuevas de ser-en-el-mundo; marcan claramente la caducidad de un paradigma. Se trata de acontecimientos que desatan estupor e indignación masivos y que, luego, quedan marcados de manera indeleble en el inconsciente colectivo. Pienso en Chernóbil, en Auschwitz y en Tlatelolco. También en Ayotzinapa y en Charlie Hebdo. Pienso también en palabras como Acteal o Hiroshima, tan desconocidas antes como inolvidables después de un acontecimiento.

Se afirma y con razón: no podemos hacer filosofía como antes de Auschwitz. Suelen también hacerse preguntas como: ¿Cuáles fueron las premisas (ideas y creencias) que nos llevaron hasta allí? ¿Cómo evitar su repetición? Son preguntas que estimulan la generación de nuevos paradigmas, narrativas, instituciones, propuestas.

También en la trama de la historia personal es posible encontrar dichos eventos: puntos claros de inflexión que ponen en entredicho las ideas y herramientas con las que resolvíamos la vida: normalmente pérdidas y traumas, pero también encuentros, aprendizajes y hallazgos significativos. Nadie piensa igual después de un despojo, del amor, de la orfandad, el enamoramiento o la paternidad.

Exageré. Se trata de acontecimientos que no necesariamente vuelven obsoleto un paradigma. Nos obligan, sin embargo, por su trascendencia, a revisarlo, a pasarlo por ese tamiz.

Por otro lado, la vida —esa que por momentos parece detenerse o vaciarse de sentido— continúa. Se sigue expresando de nuevas y diversas maneras y nos reta por tanto a encontrar claves narrativas innovadoras para dialogar con ella. Sin dichas claves nos relegamos de la historia misma, nos convertimos en zombis que ocupan lastimosamente un lugar en el planeta, sin participar ya de la vida.

De ahí que deba investigarse sobre las narrativas postraumáticas, las que sirven tras el fracaso de las historias y paradigmas originales, las que no pueden ser ingenuas ni cínicas, las que tienen que pararse en los terrenos del toro de la historia para lidiarlo.

Para proponerse como un paradigma válido, el nuevo modelo debe resolver las preguntas y problemas que resolvía el anterior pero, además, los que este provoca.

Pienso por ejemplo que la respuesta que dieron París y el mundo a los acontecimientos de Charlie Hebdo, si bien inspiradora, impresionante y ejemplar, no trascendió el paradigma que hizo posibles los asesinatos y los enmarcó. Prueba de ello es que, después de la marcha, grupos extremistas amenazaron con seguir atacando. Es cierto que en el orden jurídico limitar cualquier expresión pública es riesgoso y puede ser incluso contraproducente. Un acontecimiento de esta naturaleza nos lleva a preguntarnos si en el orden ético —cuya especificidad es el análisis racional y el diálogo— la libertad de insultar lo que para otro es sagrado puede cuestionarse y suplirse por un código nuevo, de mutuo reconocimiento. Así, lo que en el plano jurídico parece difícil de resolver y parece incluso reforzar el problema original, en el terreno de la ética parece poder encontrarse con una solución.

¿Cuáles son pues los nuevos paradigmas y narrativas?, ¿de qué están hechos?, ¿cómo iniciarnos en la investigación de las narrativas postraumáticas?

En el ánimo de este texto, que es el de retar a una investigación urgente y emergente, propongo ideas y ejemplos que me vienen a la mente.

Paisaje cálido,  encáustica sobre tela,  1.20 x 1.80,  2013.

Paisaje cálido, encáustica sobre tela, 1.20 x 1.80, 2013.

Uno de ellos es el paradigma del cuidado propuesto por Bernardo Toro y Leonardo Boff para la educación. Este sustituye el modelo de la competencia que engendra perdedores, excluye y produce narrativas que, entre otras cosas, culpan al estudiante de su bajo desempeño. En palabras del filósofo colombiano y del teólogo brasileño el nuevo paradigma educativo, el del cuidado, invita entre otras cosas a: 1. cuidarse a uno mismo (el cuerpo, el espíritu); 2. cuidar a los cercanos, los lejanos y los extraños (el cuidado de estos últimos se traduce en el de los bienes públicos); 3. cuidar el intelecto, y 4. cuidar el planeta. Se trata de un nuevo modelo que supone entre otras cosas la comensalidad (entendida como el acceso solidario al alimento) y el cultivo de virtudes como la conversación, la generación de acuerdos de beneficio mutuo, la hospitalidad y el respeto.

La llamada ética de la compasión (Joan-Carles Mèlich), junto con la ética de la razón cordial (Adela Cortina) y las llamadas éticas del cuidado, “femeninas” (Carol Gilligan), incluyentes, parecen poder abonar al aspecto moral del nuevo paradigma. Claramente, complementan la lógica de la ética de la justicia, dilemática, “masculina” y resuelven algunos de los problemas que esta engendra.

Por su parte, el perdón y la reconciliación entendidos como virtudes políticas (Leonel Narváez) constituye un elemento necesario en cualquier escenario de marginación moral. Convierten a víctimas y victimarios en victoriosos; los reincorporan, no exentos de un proceso arduo y doloroso, a la historia.

De personas de letras como Vicente Leñero e Ignacio Padilla hemos aprendido que las narrativas que emanan de los nuevos paradigmas valen más por su capacidad de ayudarnos a leer la historia que por su apego a la verdad histórica. Más aún: de ellos y de personas como Alicia Molina aprendemos que necesitamos múltiples opciones narrativas para situarnos entre el diagnóstico y el pronóstico, para plantarnos de cara al futuro con creatividad y esperanza, para saber y sentir que no estamos condenados a una manera única de escribir el futuro, para descubrirnos actores de muy diversas historias posibles.

Lo aquí esbozado dista mucho de ser una versión primera del nuevo paradigma y las nuevas narrativas. Parte, sin embargo, de la sospecha fundada sobre la obsolescencia de no pocas de nuestras maneras de ser y de pensar. Constituye una provocación esperanzada en encontrar la complicidad de personas y comunidades osadas, de esas que aventuran nuevos modelos, historias, narrativas y lenguajes que hoy, después de Ayotzinapa, sabemos urgentes.

_________________________

EDUARDO GARZA CUÉLLAR es licenciado en Comunicación y maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana, y posgraduado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Ha escrito los libros Comunicación en los valores y Serpientes y escaleras, entre otros. Se desempeña como Director General y Consultor del despacho Síntesis.

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