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Nos estamos serruchando el piso
Este País | Naturaleza Posible | José Sarukhán y Helena Cotler | 01.03.2015 | 1 Comentario

En diciembre pasado, la revista dedicó su sección Poliedro al deterioro ambiental. La respuesta entusiasta de nuestros lectores demostró, una vez más, que esta es una preocupación ampliamente compartida. Por ello, haciendo eco de la iniciativa de Patricio Robles Gil inauguramos esta sección, donde convergirán los principales especialistas en el tema.

 

Olvidarnos de cuidar los suelos

es olvidarnos de nosotros mismos.

Mahatma Gandhi

 

Franklin D. Roosevelt afirmaba, en la década de los años treinta del siglo pasado, con cierto eco del pensamiento de Gandhi, que la nación que destruye sus suelos se destruye a sí misma. En ese tiempo Estados Unidos enfrentaba una recesión económica muy severa y un profundo deterioro de sus suelos agrícolas, especialmente en el suroeste de su territorio, que generaron una catástrofe conocida como el Dust Bowl. El fenómeno de pérdida de suelos fue tan severo que mermó la agricultura de toda esa zona y acrecentó la depresión económica (Imagen 2).

Imagen 2. Dust Bowl: Tormenta de arena en los linderos de Stratford, Texas, 1935.

Imagen 2. Dust Bowl: Tormenta de arena en los linderos de Stratford, Texas, 1935.

En la década de 1930 no existían en el imaginario de la gente —prácticamente de ningún país— conceptos tales como daños ambientales, ecología, sustentabilidad, etcétera. Tal ausencia podría explicar el desinterés de la sociedad y de las instituciones nacionales en la seguridad alimentaria y el daño que prácticas inadecuadas tenían sobre la matriz más importante de los ecosistemas terrestres: el suelo en el que se desarrollan y mantienen. Desde luego, la presión demográfica era también mucho menor: la población mundial representaba apenas un tercio de la actual.

A pesar del paso del tiempo, de numerosos Dust Bowls reproducidos en incontables sitios del planeta y de los esfuerzos por educar a las sociedades sobre el tema de los ecosistemas, sus servicios ambientales o la importancia de la conservación de la diversidad biológica contenida en dichos entornos, se puede afirmar que la relevancia que los suelos tienen como factor primario de cualquier intento de conservación de la vida en el planeta no ha trascendido a la gente de la calle —y algunos diríamos que tampoco ha permeado en algunas de las comunidades de conservacionistas y ecólogos— como debería haberlo hecho.

En nuestra sociedad, los suelos no reciben la misma consideración y aprecio que los demás recursos naturales. Esto puede deberse, en parte, a que los suelos no son un bien directamente consumible y también a la creencia, errónea, de que los suelos pueden recuperarse en pocos años.

 

El papel de los suelos en los ecosistemas naturales y manejados

Los suelos son mucho más que el sostén físico de las plantas que crecen sobre ellos. Constituyen todo un ecosistema vivo en el que los ciclos biológicos, químicos y físicos mantienen una actividad tan intensa como la que ocurre “por encima” de ellos, con las plantas y animales que nos resultan tan importantes y atractivos; sin embargo, estos últimos no podrían existir sin un ecosistema del suelo en buen estado. Estos sistemas vivos tienen, entre otras, la función de regenerar constantemente la fertilidad del sustrato (tanto en ecosistemas naturales como en los manejados por la gente), la cual es constantemente consumida por el crecimiento de las plantas que sostiene; mitigan las emisiones de gases con efecto de invernadero secuestrando el carbono, y filtran y retienen el agua, lo que asegura un flujo gradual y permanente para abastecer acuíferos, ríos y lagos, mejorando su calidad (Imagen 3).

Imagen 3. Perfil idealizado del suelo

Imagen 3. Perfil idealizado del suelo

Son ecosistemas de los que desconocemos la mayor parte de los constituyentes vivos (bacterias, hongos, nemátodos, innumerables artrópodos, etcétera), que se encargan de desmenuzar la materia orgánica caída de las plantas y de los animales que mueren, y de reprocesarla para hacerla nuevamente utilizable como nutrientes para las raíces. En una cucharadita de suelo hay más organismos vivos que seres humanos en el planeta. Esta faja viva del suelo es un sustrato rico, no solamente en nutrientes, sino también en humedad permanente, accesible a las millones de raíces finas de todas las plantas que crecen sobre ellos y a las miles de especies desconocidas por la ciencia que viven en ese ecosistema, que usualmente no tiene una profundidad mayor a un metro.

La enorme importancia real y potencial de los organismos que componen ese “humilde” ecosistema que es el suelo en todas sus variaciones abarca, adicionalmente, valores insospechados y que apenas se están empezando a descubrir: alrededor del 78% de los agentes antibacterianos y 60% de las nuevas drogas para cáncer aprobadas entre 1983 y 1994 tienen su origen en los microorganismos que habitan en los suelos de diversas partes del mundo, al igual que más de la mitad de las nuevas drogas en proceso de aprobación (Pepper et ál., 2009) y una amplia gama de aplicaciones biotecnológicas.

Los suelos agrícolas de alta calidad, restringidos a algunas regiones del mundo y algunas partes de nuestro país, juegan un papel similar al de los suelos de los ecosistemas naturales (bosques templados, selvas tropicales, etcétera). Bien manejados, se encargan de mantener la fertilidad natural que nutre los cultivos de los que dependemos para nuestra alimentación.

En muchos casos, para aumentar la productividad agrícola, es preciso añadir ciertos nutrientes por medio de fertilizantes y abonos, que por la intensidad de la producción de los cultivos no llegan a reponerse naturalmente a la velocidad conveniente. Aunque necesaria en muchos casos, el abuso de esta práctica tiene consecuencias negativas para los suelos donde se realiza y para muchas otras áreas y sistemas alejados de los sitios de cultivo, como es el caso de las “zonas marinas muertas”, de las que hablaremos más adelante.

Cuando los ecosistemas naturales son destruidos, el ecosistema del suelo se altera profundamente, sobre todo en los casos en que las condiciones ecológicas del área modificada no son apropiadas para el fin económico pretendido, que generalmente es el de la producción de alimentos. El proceso de deterioro comienza con la erosión —la destrucción y el arrastre de partículas de suelo— causada por la fuerza de las precipitaciones pluviales; las capas de mayor fertilidad y materia orgánica son las primeras en perderse, con lo cual se reduce la capacidad de retención de humedad del suelo. Si el mal manejo continúa, se llega a perder la mayor parte del sustrato capaz de mantener el ecosistema vivo del suelo. Esto puede ocurrir en el transcurso de dos o tres años, y la recuperación de esas pérdidas puede tomar muchas décadas o incluso siglos (imágenes 1 y 4).

 

¿Tendremos suelos fértiles siempre?

Hace un par de años, el Foro Económico Mundial realizó consultas con especialistas en suelos de Australia para saber si era posible que el suelo fértil del planeta se pudiese perder totalmente. La respuesta fue aterradora: un cálculo aproximado de las tasas actuales de degradación de los suelos sugería que el horizonte fértil (mantillo) de los suelos (llamado topsoil en inglés) duraría unos 60 años más. Cerca del 40% de los suelos agrícolas del mundo se clasifica como total o seriamente degradado, lo que significa que hemos perdido más del 70% del mantillo, que es el que permite el crecimiento de las plantas. Las tasas de pérdida de los suelos calculadas actualmente son entre 10 y 40 veces más altas que las de reposición de los mismos. Incluso los suelos que se han manejado muy bien desde hace siglos, como los de buena parte de Europa, se están “gastando” a tasas insostenibles.

En un estudio reciente, Reusser et ál. (2015) identificaron mediante berilio isotópico que la tasa de erosión en cuencas de Estados Unidos, antes de la colonización europea, era de alrededor de 2.5 cm cada 2 mil 500 años, mientras que a finales de 1800 y principios de 1900 la introducción de prácticas agropecuarias no siempre adecuadas hizo que los niveles se dispararan a 2.5 cm cada 25 años, es decir un aumento de más de 100 veces.

En México, la escasa atención dada a los suelos se refleja también en la poca información que se genera sobre su estado, calidad y salud. Así, la última información sobre la degradación de suelos data de 2001, cuando se mencionaba que la extensión degradada alcanzaba un 45% del territorio (Semarnat / Colegio de Posgraduados, 2002). Otros estudios destacan que durante los últimos 40 años se ha perdido más suelo que en los últimos cuatro siglos (Maass y García-Oliva, 1990). En todo caso, los impactos de esta degradación amenazan la capacidad de alimentar a la población durante las próximas décadas.

 

¿Cómo conservar los suelos y sus servicios ambientales?

La conservación adecuada de los suelos y de la vegetación que sostienen empieza por un manejo conveniente de las cuencas hidrográficas, basado en una planeación de uso del suelo, considerando las características socioecológicas de las mismas, como pendientes, microclimas, cultura, sistemas de producción, etcétera.

Un claro ejemplo de cómo un manejo adecuado de una cuenca rinde beneficios enormes a la población es el de la cuenca hidrográfica de las montañas Catskill, que provee agua potable a la ciudad de Nueva York y poblaciones circundantes. El agua de la ciudad tenía fama de ser de las más puras y agradables de Estados Unidos, al grado de que se embotellaba (antes de la furia embotelladora de agua del presente en todo el mundo) para que los visitantes pudiesen adquirirla y beberla en sus propias ciudades. El desarrollo mal planificado de industrias, granjas y casas en la cuenca deterioró la calidad de esa agua, al grado de que fue necesario pensar en la instalación de plantas para su tratamiento, cuyo costo se estimó entre 6 y 8 mil millones de dólares, con un costo adicional de operación de las plantas de 300 millones de dólares anuales. Sin embargo, un grupo de ciudadanos y científicos propusieron expropiar los terrenos donde estaban las industrias y las actividades que afectaban la potabilidad del agua, y conservar la cuenca como estaba en un principio. El costo de esa expropiación y de reparación de la cuenca fue de aproximadamente de mil 600 millones de dólares, sin necesidad de costos de mantenimiento anual, pues la naturaleza misma es la encargada del buen funcionamiento hidrológico de la cuenca bien preservada. Un buen ejemplo de restauración basada en la acción de la sociedad y de la naturaleza.

En México tenemos varios ejemplos a nivel local de planeación del uso de suelo en el marco de programas de manejo de cuencas. Así, las microcuencas Mesa de Escalante (Guanajuato), Sombrerete (Querétaro) y Chilapa-Zitlala (Guerrero) son algunos de los casos donde la colaboración entre ejidatarios, asociaciones civiles, Gobierno y centros de investigación han permitido cambios drásticos en sistemas de producción tradicionales, como la reducción del ganado, que repercutió en la mejora de las zonas de pastoreo y la recuperación de suelos; la reforestación de tierras degradadas con especies nativas; la implementación de prácticas agrícolas conservacionistas, que repercutieron en diversificar la producción y mejorar el rendimiento y la calidad de la nutrición, y la implementación de cadenas productivas locales.

En otros casos, la colaboración entre organizaciones sociales, académicos e industriales facilitó mejorar los sistemas productivos en un ingenio para disminuir la carga contaminante que alteraba la calidad del río Ayuquila (Jalisco-Colima). Esto dio pie a la fase inicial de un ambicioso programa de manejo de cuencas, en el que actualmente confluyen coordinadamente 12 municipios.

Estas experiencias se repiten en otras partes del país (cuencas de Copalita en Oaxaca y de Pixquiac en Veracruz), creando estrategias colaborativas entre diversos sectores (social, académico, Gobierno) en la búsqueda de soluciones adecuadas al uso del suelo, adaptadas a las condiciones ambientales, sociales e institucionales de cada lugar.

Necesitaríamos reproducir estas experiencias en muchas más regiones del país, con la participación de la sociedad y el apoyo de los tres órdenes de gobierno.

Quizá porque consideramos eternos a los suelos o porque no son tan llamativos como las selvas, los bosques o los palmares, existe una disociación en la mente de la gente entre el suelo de un bosque o una selva y la pérdida de la vegetación que aquel sostiene, lo que hace que la gente ignore que la desaparición de la vegetación implica casi siempre la destrucción de los suelos en unos pocos años, cuando a la naturaleza puede tomarle cientos de años volver a formarlos en condiciones que permitan la presencia de la vegetación que sostenían en un principio.

Los impactos de la destrucción y el deterioro de los suelos se presentan bajo diversas formas; la más extendida y visible ha estado, desde siempre, relacionada con la producción de alimentos: las actividades agropecuarias.

 

El impacto de la agricultura de alta tecnificación

Las crisis de producción alimentaria a escala global de la mitad del siglo pasado quiso resolverse con la “Revolución verde”, basada fundamentalmente en la producción de híbridos que alcanzaban altos rendimientos o que estaban modificados para no ser dañados por el viento y que crecían en suelos con irrigación, mediante laboreo mecánico, el uso de pesticidas para controlar plagas y enfermedades y, principalmente, la adición de grandes cantidades de fertilizantes, sobre todo nitrógeno. Las hambrunas en diversas partes del mundo, especialmente de Asia y África, desaparecieron o disminuyeron y hubo, en general, alimentos más baratos. Sin embargo, con el paso del tiempo (solo unas cuantas décadas), empezó a evidenciarse el impacto de ese tipo de agricultura. A escala global, se manifestaron con frecuencia costos ambientales, económicos y sociales de gran envergadura en zonas alejadas de aquellas donde se realizaba la actividad agrícola, además de la salinización de suelos en zonas mal irrigadas y contaminación de suelos por uso de fertilizantes minerales y de una gran variedad de pesticidas. Los daños en zonas distantes de las agrícolas —como la eutrofización, por citar solo un ejemplo (contaminación por concentraciones muy altas de nutrientes, especialmente nitrógeno y fósforo), de cuerpos de agua (ríos, lagos, zonas costeras)— han sido muy extendidos en todo el mundo. Uno de los efectos de la eutrofización es la producción de los llamados “desiertos marinos” en las desembocaduras de ríos que drenan grandes zonas agrícolas (como ocurre en el Golfo de México por el drenaje del río Mississippi), donde las grandes floraciones algales, por efecto de los altos niveles de nutrientes, acaban consumiendo el oxígeno de la columna de agua del mar, con la consecuente desaparición de la pesca ribereña, llevando a la ruina a quienes viven de esa actividad económica. Por ejemplo, la zona afectada por la eutrofización en el Golfo de México alcanza una extensión de entre 15 mil y 20 mil kilómetros cuadrados, y se han detectado más de 100 de esas zonas marinas muertas en todo el mundo.

Como vemos, las consecuencias de la erosión de suelos se resienten más allá de una parcela agrícola y de la pérdida de los rendimientos. Sus impactos se dejan ver en la recurrencia de las inundaciones, el azolve de presas, el incremento del costo de purificación del agua, la pérdida de ecosistemas acuáticos, la destrucción de infraestructura y, finalmente, el incremento de gases de efecto invernadero, como lo veremos más adelante. Distintas estimaciones prevén que el costo de la erosión de suelos en México puede superar los mil millones de dólares (Margulis, 1992) o bien el equivalente de 38.3 a 54.5 dólares por hectárea (por pérdida de rendimiento y nutrientes que deben ser reemplazados por fertilizantes, Cotler et ál., 2011), lo cual constituye de 37 a 52% del presupuesto que recibe cada agricultor de Proagro (antes Procampo).

Las consecuencias de la Revolución verde deben ponernos sobre aviso para evitar las tentaciones de repetir ciegamente este mismo modelo, en especial ahora que a las presiones mencionadas se suma el cambio climático, exacerbando fenómenos de sequías, lluvias severas y heladas. Ante esto, diversos foros (IPCC, FAO, PNUMA) proponen una agricultura de prácticas flexibles, reversibles, con énfasis en policultivos, agroforestería y cultivos asociados; es decir, tomar un camino diferente al de la Revolución verde.

En nuestro país, el débil incremento en el promedio nacional de los rendimientos agrícolas en las últimas décadas está relacionado con la pérdida de fertilidad de los suelos. En 2012, 48.6% de las unidades de producción agrícola mencionaron la pérdida de fertilidad de los suelos como el principal problema para el desarrollo de actividades agropecuarias (Encuesta Nacional Agropecuaria, 2012).

En México, la agricultura constituye el sustento económico directo de 5.8 millones de personas y el indirecto de 25% de la población (Conapo, 2008), y es fundamental para todos los habitantes del país. Sin embargo, la actividad agrícola no logra mejorar las condiciones económicas en ambientes rurales, donde la pobreza sigue siendo un tema toral; una pobreza a menudo exacerbada por el aumento de los costos de producción, por la falta de una adecuada extensión agrícola y por los mercados desarticulados.

En un afán insensato por hacer que todo el campo produzca alimentos, hemos logrado destruir los ecosistemas y perder los suelos que los sostienen, erosionándolos y empobreciéndolos, para luego emprender campañas de reforestación, no siempre exitosas, con el fin de reponer los ecosistemas que nunca se valoraron adecuadamente por los recursos que contienen y los servicios ambientales que prestan, y que indebidamente se destruyeron en primer lugar.

 

Retos de la conservación de suelos ante el cambio climático

Diversos estudios del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y el desarrollo de escenarios de cambio climático para México sugieren un incremento de eventos extremos que podrían causar mayor erosión de suelos, ocasionando la pérdida de la materia orgánica y con ello una menor retención de humedad, lo que conllevaría un estrés hídrico más elevado para las plantas y una mayor demanda de agua de riego. Ante el incremento de sequías en el país (hasta un 69% del territorio en los últimos 10 años según el Servicio Meteorológico Nacional, basado en el Monitor de Sequía del América del Norte), la conservación de la calidad de los suelos permitiría prolongar la humedad disponible para las plantas, indispensable en 74% de las tierras agrícolas, cuya fuente de agua es la precipitación.

El incremento de la escorrentía superficial del agua también provoca el lavado y pérdida de nutrientes del suelo, disminuyendo su calidad y productividad. Estos cambios hidrológicos también podrían generar (1) sequías prolongadas, (2) la diversificación y el aumento de plagas y especies invasoras por la reducción de los periodos de frío, y (3) cambios en las condiciones climáticas que afectarían la presencia o la actividad de los polinizadores, todo lo cual conduce a la disminución de los rendimientos agrícolas. Por otro lado, los suelos tienen la capacidad de capturar y secuestrar carbono, evitando así su liberación en forma de co2, uno de los principales gases de efecto invernadero.

Ante los impactos del cambio climático, que son complejos y exacerban problemas socioeconómicos y presiones ambientales existentes, el mantenimiento de la calidad y la productividad de los suelos requiere una política de conservación adaptada a dicho fenómeno.

Sin embargo, hoy no existe una política dirigida hacia la conservación de suelos en México. El impulso dado en los años cuarenta, después del Dust Bowl, se ha reducido a un par de programas públicos federales, sin relación entre ellos, con poco presupuesto, objetivos poco claros y acciones poco flexibles (Programa de Conservación y Restauración de Suelos, de Conafor, y Programa de Sustentabilidad de los Recursos Naturales, coussa, de Sagarpa). En ellos, la ausencia de evaluaciones del impacto de las prácticas implementadas ocasiona que no siempre se utilicen las adecuadas para cada condición social y ambiental (Cotler et ál., 2013), cancelando la posibilidad de aprender y corregir. Por otro lado, estos programas no están fortaleciendo la adopción de prácticas de manejo sustentable de los suelos por parte de los agricultores y dueños de la tierra, sin lo cual no puede hablarse de conservación de dicho recurso.

El camino hacia una conservación de suelos en México debe empezar por cambiar sus instituciones y premisas, logrando una articulación del tema a través de todas las dependencias relacionadas con el uso del suelo (agricultura, minería, comunicaciones, desarrollo social, urbanismo y turismo), y pasar de acciones puntuales, mecánicas, con poco impacto sobre la calidad de los suelos y sin evaluación, a una planeación del uso del suelo que incorpore prácticas agronómicas —muchas de ellas ya identificadas y conocidas por centros de investigación mexicanos, que permitan la incorporación de materia orgánica a los suelos, diversifiquen cultivos y establezcan sistemas eficientes de riego— y prácticas que incrementen la agrobiodiversidad. De estos cambios depende el futuro de la soberanía alimentaria, la conservación de la biodiversidad contenida en los ecosistemas y de sus servicios ambientales, la reducción de los impactos hidrometeorológicos (sequías, inundaciones, heladas) y nuestra adaptación al cambio climático. Estas preocupaciones son las que condujeron a la Asamblea General de la onu a declarar 2015 como Año Internacional de los Suelos. México tiene que hacerse eco de ellas. 

Referencias

Cotler, H., C. A. López y S. Martínez-Trinidad, “¿Cuánto nos cuesta la erosión de suelos? Aproximación a una valoración económica de la pérdida de suelos agrícolas en México”, en Investigación Ambiental 3(2): 31-43, 2011. Disponible en <http://www.revista.inecc.gob.mx/article/view/134>.

Cotler, H., S. Cram, S. Martínez-Trinidad y E. Quintanar, “Forest Soil Conservation in Central Mexico: An Interdisciplinary Assessment”, en Catena 104: 280-287, 2013.

Margulis, S., “Back-of-The-Envelope Estimates of Environmental Damage Costs in Mexico”, World Bank Policy Research Working Papers, Washington, 1992.

Pepper, I. L., C. P. Gerba, D. T. Newby y W. C. Rice, “Soil: A Public Health Threat or Savior?”, en Critical Review in Environmental Science and Technology 39:416-432, 2009.

Reusser, L., P. Bierman y D. Rood, “Quantifying Human Impacts on Rates of Erosion and Sediment Transport at a Landscape Scale, en Geology 43 (1), doi:10.1130/G36272.1, 2015.

Conapo, “La situación demográfica de México”, México, 2008.

Maass, J. M., y F. García-Oliva, “La investigación sobre erosión de suelos en México: Un análisis de la literatura existente”, en Ciencia 41(3): 209-228, 1990.

Semarnat-Colegio de Posgraduados, “Evaluación de la degradación del suelo causada por el hombre en la República Mexicana, escala 1:250,000: Memoria nacional”, México, 2002.

_______

JOSÉ SARUKHÁN es doctor honoris causa por las universidades de Lima, Gales, Nueva York y Chapingo. De 1989 a 1997 fue Rector de la UNAM. Es miembro de la National Academy of Sciences de Estados Unidos y de la Royal Society y se cuenta entre los mayores ecólogos de América Latina. HELENA COTLER es maestra en Geomorfología y doctora en Ciencias Agronómicas por la Universidad de Lieja. Laboró en los institutos de Ecología y de Geología de la UNAM entre 1995 y 2001. Actualmente es directora de Manejo de Cuencas y Adaptación del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático de la Semarnat.

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