Domingo, 21 Julio 2019
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Piketty: un hito en el estudio de la desigualdad
Este País | La Brecha De La Desigualdad | Ramón Cota Meza | 01.03.2015 | 1 Comentario

©iStockphoto.com/DiJay

No hay un libro de economía que haya suscitado tanto revuelo e interés en nuestra época, y acaso en ninguna otra, como El capital en el siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty y sus colaboradores (Fondo de Cultura Económica, México, 2014).

El argumento principal es el siguiente: la extrema concentración de la riqueza y los niveles de desigualdad alcanzados en los países desarrollados desde 1980 hasta la fecha no son la excepción sino la regla del crecimiento económico desde el inicio de la Revolución industrial a fines del siglo XVIII. La disminución de la desigualdad en el periodo que va de la Primera Guerra Mundial hasta fines de la década de 1970 fue la excepción a este patrón.

Este periodo histórico único (nuestro horizonte, digámoslo así) favoreció la idea de que el crecimiento disminuía la desigualdad por sí mismo. Quedó claro que esto era una ilusión una vez que el patrón de acumulación de largo plazo se reconstituyó con más fuerza a partir de 1980. Los niveles de concentración de la riqueza y de aumento de la desigualdad actuales son tan grandes como los que había antes de la Primera Guerra Mundial. Las metáforas que aluden al surgimiento de una segunda Belle Époque en Europa y una nueva Gilded Age en Estados Unidos no son meros recursos retóricos.

De persistir este patrón de acumulación renovado, emergerá un “capitalismo patrimonial” con crecimiento más lento que el actual, dominado por los herederos de los muy ricos, los cuales impondrán sus normas y valores sobre la sociedad basada en el mérito, a menos que ocurran intervenciones fiscales extraordinarias y de otros tipos que reviertan la tendencia.

Antes de este libro, la idea dominante entre los economistas de la corriente principal era que, si bien el crecimiento económico tardaba mucho en disminuir la desigualdad, a fin de cuentas la disminuía, como en efecto había ocurrido en los años gloriosos posteriores a las dos guerras mundiales y a la Gran Depresión. Se asumía que la clave para formar una sociedad menos desigual era fomentar la inversión productiva y la innovación, crear empleos y nivelar las condiciones de arranque de las personas mediante la educación, la salud y otros servicios básicos. El crecimiento así estimulado se encargaría de trasminar por goteo sus beneficios al conjunto de la sociedad.

Lo que Piketty viene a mostrar es que el interregno de prosperidad y avance de la igualdad en el siglo XX fue consecuencia de la destrucción de riqueza histórica acumulada y creación de nueva riqueza a causa de las dos guerras mundiales y la Gran Depresión. Las bases de riqueza de las dinastías plutocráticas, y las dinastías mismas, desaparecieron en las grandes conflagraciones de la época, mientras que la nueva riqueza creada por las guerras se empezó a distribuir entre nuevos y masivos actores en un ambiente político favorable a la igualdad.

La visión de Piketty es ajena a las consabidas posturas moralistas según las cuales las ganancias y la riqueza de unos provienen de las pérdidas de otros, y los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres se hacen cada vez más pobres. Él no anda en busca de culpables microeconómicos. Lo que busca es poner de manifiesto la dinámica de los grandes agregados macroeconómicos a partir de la siguiente relación: la tasa de rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento económico, expresada en la fórmula r > g.

Esta fórmula no es un a priori sino una demostración histórica sustentada en una vasta investigación empírica que relaciona la información económica básica de las naciones con las declaraciones de impuestos disponibles. El cotejo de la información habitual con la de los registros fiscales da a la investigación de Piketty una solidez reconocida por muchos economistas serios. Mientras que otras investigaciones especifican las diferencias de ingreso y riqueza entre los asalariados y los ricos a secas, la de Piketty contrasta los ingresos bajos, medios y altos con el capital de los muy ricos, quienes no habían sido investigados desde esta perspectiva.

De esto saca la conclusión de que r excede usualmente a g. Una vez constituido, el capital se reproduce más rápido que el producto, de modo que, en el largo plazo, se vuelve inevitable que la riqueza heredada alcance niveles más altos que el crecimiento de la economía. El pasado devora al futuro y, a largo plazo, el empresario o sus herederos se convierten en rentistas.

De ser cierto esto, Piketty y sus colaboradores estarían provocando una revolución en la comprensión de las tendencias a la desigualdad en el largo plazo. Habría consecuencias en las políticas públicas.

La reacción lógica es poner mayores impuestos a la riqueza, de preferencia un impuesto global coordinado entre las naciones, pero la mayoría de los economistas que he leído la rechazan por impracticable. El propio Piketty acepta la crítica pero sostiene que es mucho lo que se puede hacer en cada país con las políticas fiscales nacionales.

Las soluciones distribucionistas de Piketty parecen provenir de cierto determinismo: como la tendencia hacia la mayor concentración de la riqueza es la “ley fundamental” del capitalismo, no hay otra opción que salirle al paso con intervenciones fiscales drásticas del Estado. Contra esta posición, varios economistas hacen ver que las tendencias hacia la concentración ahora experimentadas han sido favorecidas por la amplia desregulación de las actividades económicas, especialmente la desregulación financiera, la cual fue producto de decisiones políticas, no de una ley de hierro de la acumulación capitalista.

Las críticas más agudas subrayan que la teoría de Piketty para explicar su impresionante investigación empírica no está suficientemente desarrollada, que la relación r > g no es concluyente y que los niveles de igualdad alcanzados en el siglo XX no se explican solo por las guerras mundiales y la gran depresión: se explica también por la lucha política y los arreglos institucionales.

Dean Baker y otros critican la falta de precisión sobre las tendencias que han contribuido a la concentración de la riqueza en las últimas décadas. La primera es la emergencia de China como proveedor industrial con mano de obra muy barata, que ha abatido los salarios en el resto del mundo. Esta tendencia, afirman, ya empezó a revertirse. Las leyes de protección de la propiedad intelectual y la desregulación financiera también son fuentes de alta concentración de la riqueza, pero pueden ser modificadas por decisiones políticas. No hay ninguna “ley fundamental” del capitalismo que impida actuar sobre esas condiciones.

En diversas entrevistas, Piketty ha mostrado apertura y flexibilidad ante las críticas. El propósito de mi libro, dice, es provocar la discusión en un ambiente libre de dogmas. Una cosa parece cierta: después de Piketty, la investigación de la desigualdad económica no será la misma. 

______

RAMÓN COTA MEZA fue articulista de El Universal (1995-2008) y Milenio (2009-2013), y colaborador de Letras Libres (2000-2012).

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