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Por quién doblan las campañas
Cultura | Espacios Y Caracteres | Este País | Flavio González Mello | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Descenso, tinta sobre papel, 28 x 21.5, 2009.

Descenso, tinta sobre papel, 28 x 21.5, 2009.

Apenas nos estamos sentando a la mesa y ya nos sentimos indigestados de esa comida rápida que, en la óptica de nuestros partidos, es el plato fuerte del “festín de la democracia” con que nos pretenden agasajar cada tres años: la propaganda política. Incluso en las estaciones que normalmente no transmiten ninguna publicidad se escuchan a todas horas los diversos nombres, colores, eslóganes, recuentos de logros propios y errores ajenos, cuyo común denominador es la capacidad de irritar al respetable. A veces parecería como si la consigna con la que se pauta la publicidad electoral, en vez de acercar a la ciudadanía a las urnas, fuera alejarla mediante un ininterrumpido bombardeo de spots.

Resulta lógico que, en una sociedad de consumo, los candidatos y sus propuestas (si las hay) reciban el mismo tratamiento publicitario que un champú o un cereal. Hay que señalar, sin embargo, que mientras los vendedores de este tipo de mercancías gastan su propio dinero (e hipotecan una parte de las futuras ganancias) para seducir a los posibles compradores, los partidos políticos se gastan en ello el dinero del propio consumidor. Y, aunque en un caso estemos hablando de ofertas comerciales, y en el otro, de ofertas políticas, ni los publicistas ni los candidatos parecen darle demasiada importancia a tales matices cuando, en cada temporada electoral, se esmeran en demostrar que aunque la marca es la misma de siempre —vieja y, generalmente, desprestigiada—, el modelo presenta algunas novedades en el diseño de su carrocería.

En vez de unirnos al coro de puritanos que se desgarran las vestiduras para señalar que tanto los partidos como sus candidatos son tratados por los copys publicitarios como si fueran una mercancía más, quizá deberíamos exigir que los spots políticos se sometieran a las mismas normas que los de carácter meramente comercial. Por ejemplo, con la inclusión de los famosos “legales”: verdaderas competencias olímpicas en las que un número inverosímil de advertencias son leídas en tiempo récord por algún atleta de la locución radiofónica. Si bien es cierto que las leyendas obligatorias han empezado a aparecer tanto en la publicidad gubernamental como en la de los partidos, lo han hecho de manera tímida y, a menudo, contradictoria: la advertencia “Este programa es público, ajeno a cualquier partido político” lo único que consigue es llamar la atención hacia el partido al que, implícitamente, alude como autor de las obras y programas anunciados.

Otro lema, reservado a la publicidad específicamente preelectoral, reza: “Mensaje dirigido a los militantes de este partido político”; lo cual, además de ineficaz, nos mete en un problema de dimensiones casi ontológicas. Para cuando uno escucha la advertencia, ya se ha soplado todo el mensaje, lo cual lo deja convertido, o en un metiche que estuvo oyendo una bola de cosas que no le incumbían, o en militante de un partido al que, de hecho, aborrece.

Para no caer en tales absurdos, sería conveniente que las leyendas legales cumplieran la misma función que en los anuncios de cualquier producto: advertir sobre sus posibles riesgos, costos y demás asegunes. Así como cualquier spot farmacéutico está rematado por el mantra “Consulte a su médico”, y los anuncios de chistes por celular nos advierten cuál es el costo por minuto, en las campañas políticas, sin importar su color, deberían aparecer leyendas como: “Las promesas formuladas por el candidato no implican ningún compromiso concreto”, “Candidato sujeto a diversas demandas penales, su voto le otorgará fuero para que permanezca en la impunidad otros tres años” o, simplemente, “Este partido político puede ser nocivo para el país”. De manera similar a las fotografías de ratones muertos y pulmones renegridos que, por ley, aparecen en las cajetillas de cigarros, se podría regular que todos los impresos de propaganda política incluyeran imágenes sobre los daños que el partido o el candidato en cuestión le han causado a sus electores.

Convendría modernizar un poco la narrativa de los comerciales políticos, que suelen ser más pedestres que cualquier anuncio de detergente. La mayoría se limitan a presentar la imagen de algún candidato mientras hace un breve discurso a cámara, tratando de sonar convincente: un micromítin mediante el cual el producto se anuncia a sí mismo. Cuando los creativos quieren hacerle honor a su nombre, imaginan pequeñas escenificaciones de carácter didáctico: una familia está reunida, con aire consternado y expectante, alrededor de la hija mayor, quien escucha unas palabras inaudibles por teléfono y, a continuación, anuncia: “¡Papá, ya liberaron al elefante del Circo Atayde!”. La familia suspira con alivio y una voz engolada presume que, gracias al Partido Zutano, los animales ya no están condenados a vivir en jaulas el resto de sus vidas, pero los secuestradores y los violadores, sí.

O bien: un padre de familia tristea, abrumado porque no puede pagar las medicinas para sus hijos; entonces, su esposa —una señora de delantal que, a pesar de su modesta apariencia, habla como egresada de un posgrado en Harvard— le da una cátedra sobre los beneficios que las recientes reformas constitucionales traerán para ellos:

—¿Qué no sabes, viejo? Con el dinero que va a ingresar al país gracias a la inversión extranjera en materia petrolera, el Gobierno del presidente de la República, empeñado en velar por el bienestar de todos los mexicanos, va a poder instalar cinco mil dispensarios médicos semigratuitos, donde muy pronto vamos a poder comprar medicinas bien baratas para curar a nuestros chamacos.

(Nótese que siempre se abre y remata la conferencia económica con algún termino coloquial “que permita la identificación de la gente”).

En descargo de los jugadores, hay que decir que la propaganda del árbitro no es mucho más sofisticada. Por si no bastara con las campañas publicitarias de diez partidos distintos, el INE se siente en la obligación de contribuir al ruido mediático con miles de spots que, históricamente, se han caracterizado por tener acerca del electorado una visión más paternalista que la de Porfirio Díaz. A fin de cuentas, el viejo dictador cavó su propia tumba cuando le declaró a un periodista norteamericano que el pueblo mexicano —un menor de edad al que él había educado con la mano dura de un amoroso padre decimonónico— “ya estaba suficientemente maduro para la democracia”. Los encargados de las campañas publicitarias del Instituto Nacional Electoral, en cambio, imaginan al mexicano como un retrasado mental al que hay que explicarle sus derechos y obligaciones con deditos pulgares que bailan vestidos de charro, fábulas de la “familia Casillas”, reclamos formulados por una chantajista credencial para votar (“¿Por qué me tienes aquí olvidada, por qué no me has venido a recoger?”), juegos de lotería con frijolitos (“¡Laaa boooletaaa! ¡Eeel padroooón!”) y otros ejercicios de estimulación electoral temprana capaces de ruborizar a los mismísimos Teletubbies.

__________________

Dramaturgo, guionista y director de cine y de teatro, FLAVIO GONZÁLEZ MELLO (Ciudad de México, 1967) estudió en el CUEC de la UNAM y en el CCC del CNA. Algunas de sus obras teatrales son 1822, el año que fuimos imperio; Lascuráin o la brevedad del poder y El padre pródigo. En 2001 publicó el libro de cuentos El teatro de Carpa y otros documentos extraviados. En 1996 ganó el Premio Ariel por su película Domingo siete.

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