Mircoles, 26 Junio 2019
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Retrato de familia
Cultura | Este País | Prohibido Asomarse | Bruce Swansey | 01.02.2015 | 0 Comentarios

Perro cusco, óleo sobre tela y tabla, 25 x 40, 2004.

Perro cusco,
óleo sobre tela y tabla,
25 x 40, 2004.

Para Reed Heustis

El secreto

Miro los rostros. Todos son de una seriedad enorme, convencidos de que esa es la mejor pose para acceder a la Historia. Alguno de los mayores insinúa una sonrisa que lanza a manera de desafío, escéptico ante quien busca revelar el secreto de los muertos.

Solo se muere dos veces

Los años han dejado su pátina y las figuras aparecen envueltas en un velo de luz difusa. Algunas conservaron su nombre a partir del cual aspiran a participar en una historia. Otras lo han perdido porque ya no hay nadie que las recuerde e identifique. Cada uno muere finalmente cuando ningún vivo lo reconoce.

Morgue

Asombrados ante la cámara se sitúan dócilmente en el lugar que el fotógrafo les asigna entre los pesados cortinajes y las columnas y palmas que les sirven de marco. De acuerdo con la jerarquía que los precede, en el centro sentados el bisabuelo y su mujer. A ambos lados de pie los hijos mayores con sus esposas, las dos hijas con los suyos y en el plano inferior sus vástagos. Se alisan las faldas, se pasan una mano por el cabello, los niños anclan sus cuerpos sobre la alfombra. Asisten a una ceremonia. Después sobreviene el resplandor que los embalsama preservándolos ante la indiferencia postrera.

Valorar el desconsuelo

Hay que valorar el desconsuelo sin sucumbir, parece decir una jovencita con cintura de avispa, tan pálida que parece a punto de desmayarse.

Ante la cámara

Lo sostiene el asombro de sobrevivir de un día al siguiente seguro de que no llegará la mañana a quitarle el antifaz de sombra. Pero a diferencia de ayer, cuando entretuvo una cierta esperanza, hoy está convencido de que este será el paseo final. Habita la inminencia de la muerte pero da un paso más, y otro, y otro más… hasta llegar aquí, donde todo se detiene.

Anticipación

Todos se han preparado minuciosamente para el estudio del fotógrafo. Se han vuelto súbitamente conscientes de sí mismos, del peinado, sin un cabello fuera de lugar, de cada pliegue de la ropa que parece esculpida, de la posición de las manos, de la cabeza que deben mantener erguida, de la dirección de la mirada, el ser concentrado en el nudo de la corbata, en el cuello de la blusa, en los zapatos brillantes, todos y cada uno transformados en vestimenta, conciencia convertida en trasunto del cuerpo.

Espera

Estos que veo han vuelto a la vida. Mi contemplación los rescata del beso helado de la muerte. Vueltos imagen ignoran el pasado y el futuro que los emboscó. Cada uno aguarda presa del azoro el momento en que pueda recuperar el movimiento y acaso reírse tímidamente del pavor de posar ante la lente.

Darles un nombre

La altivez de la postura revela una voluntad de ascensión, compostura que sella sus existencias como si formara parte de un orden providencial que así las preserva. Todo lo que no aparece aquí es secundario y ha sido condenado. Las horas y los días sembrados de dudas, la simiente de la destrucción, la fiebre que los reunió y dispersó no existen. En el retrato de familia incluso los más pequeños no se distinguen de los fantasmas. Todo en este instante congelado consiste en darles un nombre aunque no haya sido el suyo para guardarlos de la muerte definitiva.

Fijeza

Las flores brotaron. Los árboles renovaron su follaje ¿pero ellos? ¿Qué sucedió con quienes permanecieron en silencio con la vista fija hacia el frente sin que ninguno presenciara su mirada perpleja? No parpadean. Nadie puede explicarle a la hermana por qué su hermano después del coloquio nocturno se negó a salir de la habitación ni por qué un alarido la aplastó. ¿Por qué la herida se negó a cicatrizar?

Su madre está sentada, el pecho inflado en el momento de aspirar. Ella también calla. ¿Por qué la vergüenza en lugar del amor y la culpabilidad en vez del perdón? Es imposible percibir en la fotografía que su madre inclina el rostro hacia la sombra y en ella se abisma.

Los signos de la despedida

Se esfuerza por distinguir lo que hay al frente pero todo se desvanece. La voz del fotógrafo pierde su timbre que un rato atrás fuera única. Le duele el hombro derecho. ¿O es la rodilla izquierda? Se palpa el rostro que pierde su contorno. ¿Está muerta o todavía vive? Su cuerpo se desintegra bajo la luminosidad.

Dolor

Para cada cual el dolor que padece es el peor. Pero comparado con el de los otros no resulta excepcional. Juntos crean una familia. Habiendo nacido para la muerte han nacido también para el infortunio, del que ninguno escapa.

El alma desnuda

El que está a la derecha del bisabuelo no deja de incriminarse. ¿De qué otra manera podría confrontar sus pensamientos y acciones contradictorias? Acaso es la única manera de rescatar lo mejor de sí mismo, asumiendo la huida que ya planea. Ahora detesta la desnudez de su alma que el ojo de la cámara revela íntegramente arrebatándole todo refugio. Pero ya pasa. Por instinto de conservación, por cálculo, podrá salir al aire libre y respirar profundamente mientras se limpia de las manos el sudor helado.

Mudanza

No todos figuran en la fotografía familiar. Cuando cumplieron doce años, los gemelos perdieron a sus padres. Como no había nadie más los llevaron a casa de la abuela paterna, a quien habían visto dos veces: cuando tenían siete años en el entierro de su marido y ahora.

–¡Para colmo tenían que reventar juntos! —fue lo que dijo apenas entraron a la casa, donde los recibió con ladridos histéricos un perro faldero que temblaba de rabia tratando de morderlos. Si no lo logró fue porque ambos permanecieron inmóviles.

La abuela los miró divertida.

–¡Échatelos, mi tigre! ¡Échate a los mugrosos!

Cuando el perro se calmó, la abuela lo alzó y, besándolo con ternura infinita, desapareció tras unas cortinas. Permanecieron en el vestíbulo, donde su abuelo los miró reprobatoriamente desde la pared bajo la cabeza disecada de un venado cuya cornamenta parecía pertenecer a su adusto antecesor, quien habría muerto en un accidente de caza.

Esa abuela tampoco sale en la foto. Al poco de llegar los gemelos rodó por las escaleras y debieron mudarse una vez más llevándose como recuerdo la escopeta. El perro había desaparecido días antes.

Mensaje

El tío Jorge aparece a la izquierda. Él dejó unas notas que alguien descubrió una semana después de la sesión fotográfica y que junto con la imagen fueron conservadas.

Para hallar una voz auténtica es necesario esperar. Es un proceso más dilatado y profundo que el instante vertiginoso en el que alguien salta por la ventana, aprieta el gatillo o pende de la soga. Hay muchas maneras de hacerlo pero para suicidarse en paz es necesario despojarse de las capas con las que los años nos han cubierto y aceptar que al término de la búsqueda la palabra es contraria a la felicidad.

Este fue su mensaje que acaso sobreviva a las figuras deslumbradas ante el abismo del tiempo.

Dicha

Las dos jóvenes parejas entablan un diálogo mudo. El decoro impone el gesto rígido pero la cercanía de sus hombros los hace dichosos.

El poder de la imagen

La historia de un grupo cabe en la fotografía que lo preserva a manera de epitafio.

Vísperas

Lo invade una súbita alegría cuyo origen desconoce. Solo después de un momento, cuando la luz se disuelve en una nube acre, se lo explica. Habiendo perdido la apelación ante el tribunal eterno, convencido de la culpabilidad de toda víctima, este es el último instante.

¡Les han disparado!

Ahora pueden descansar a pierna suelta.

Exhumación

Habiendo sido exhumada del desván donde la conservaban en una caja surge desvanecida y amarillenta. Todos tienen el aspecto de fantasmas cuyo sueño fue interrumpido y que apresuradamente han debido reunirse. Cada uno comparece ante la mirada exigiendo ser reconocidos y nombrados. ¿Quién puede afirmar que solo se muere una vez?

Rebelión

Aunque aquel pequeño se mantiene tan quieto como le ordenaron hay en su mirada la febrilidad de quien atenta contra el orden que lo circunda, contra la propiedad de la que se apartará, contra la razón de la que se venga mediante un ensueño infernal.

Vanidad

El mayor lo es también en arrogancia. Alza el mentón como quien se dispone a recibir una condecoración y acepta el honor convencido de merecerlo. La proximidad de la muerte, que lo sorprenderá algún tiempo después en el desierto, afila las garras de la vanidad, alertada por la inminencia. Por el momento es una flor monstruosa que disimula el vacío. Cuentan que lo reconocieron por la medalla que su madre le dio para conservarlo.

La condición de existir

La melancolía de la doncella desmiente la promesa de su juventud. Sabe que apenas se cesa de sufrir, se deja de existir.

Desperdicio

La fijeza de la mirada no distrae del temblor de sus labios que han terminado entreabiertos en una plegaria. Es la bisabuela aterrada por la proximidad de su marido que así desperdicia los días que le quedan por vivir.

Lo que subyace

Bajo la estable gravedad que los envuelve, confiriéndoles una dignidad ilusoria, pulsan los gérmenes del peligro que acecha su fragilidad, de las enfermedades que no han procurado y de las decisiones que cortarán el hilo de su existencia cuyas nupcias con la muerte consagra esta imagen.

Epitafio

Ana tuvo el egoísmo que garantiza la opulencia, incapaz de descubrir nada que no la reflejara. Después, intoxicada por lo que llamó felicidad logró lo que estaba inscrito en las estrellas. Arrogante, rumió su ilusión ajena al abismo que el pastizal disimula. Con la hierba trituró cuanto había sido.

Los nombres y el tiempo

Felícitas, Jesús, María, Cornelio, Paulina, Mauricio, Esther, Jorge, Carolina, José, Patricia, Manuel, Constanza, Paula, Ana, Miguel, Julia, Emilia… Entre ellos y nosotros media el tiempo: lo que fue no difiere de lo que jamás ocurrió y de lo porvenir que será lo que fue. El asombro de existir es la conciencia de la caducidad instantánea.

Evidencia

Cuanto aparece en esta fotografía familiar es la evidencia pero, ¿de qué? La palabra se agota al intentar penetrar el misterio de la cadena de la que mi vida es un eslabón tanto o más perecedero al que añado mi nombre.

_______________________

BRUCE SWANSEY (Ciudad de México, 1955) cursó el doctorado en Letras en El Colegio de México y el Trinity College de Dublín, con una investigación sobre Valle-Inclán. Ha sido profesor en esta institución y en la Universidad de Dublín. Es autor de relatos y crítico de teatro. Su publicación más reciente se titula Edificio La Princesa (UNAM, 2014).

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