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Tres valores clave para el desarrollo
Este País | Miguel Basáñez | 01.04.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/dashk

El autor habla de su nuevo libro, Tres valores clave para el desarrollo, donde propone una tipología de los países basada en tres grandes familias culturales —la del honor, la del trabajo y la de la familia— y analiza el cambio cultural de México.

Cuando mi familia y yo nos mudamos por cinco años a Estados Unidos en 1995, iba cargado de críticas y rechazos a la cultura mexicana y latina, en la que incluía a Italia, España y Argentina. Culpaba a nuestra vida social sin fin, a los prolongados desayunos, comidas y cenas de todos los días, a la falta de disciplina en las horas de trabajo y a la impuntualidad cargada de interrupciones de familiares y amigos, por nuestra incapacidad para lograr prosperidad y eficiencia. Nuestra cultura era un jardín social, pero un desierto laboral. Me sentí aliviado al llegar a la Universidad de Michigan en Ann Arbor y después a Princeton, en Nueva Jersey. Nadie allá se atreve a interrumpir ese tiempo sagrado del trabajo, ni siquiera después de terminada la jornada laboral.

Esa sensación resultó gratificante durante el primer par de años, hasta que empecé a extrañar un poco la espontaneidad y la calidez humana de la amistad y de la interacción social. Nuestros hijos comenzaron a desarrollar una habilidad bicultural: podían cambiar no solo de un idioma al otro, sino de una cultura a la otra, con poca dificultad aparente. La experiencia laboral gratificante e intensa que me había dado tanta satisfacción entró en una fase de rendimientos decrecientes, donde empecé a reconciliarme cada vez más con la alegría latina del relajo. Empecé a sentir que la cultura del trabajo podía ser realmente el polo opuesto de aquello de lo que yo había huido. Empecé a sospechar que había llegado, sin saberlo, a un jardín laboral pero, a la vez, un desierto social. Tuve la suerte de regresar a México a partir del año 2000 y reconciliarme a plenitud con nuestras costumbres y cultura.

Sin embargo, regresé otra vez a Esta­dos Unidos, donde vivo desde 2008 tras una oferta que no pude rechazar: sustituir al director del Instituto de Cambio Cultural de la Escuela Fletcher de la Universidad de Tufts, en el área de Boston. La vida académica me permitió sumergirme de tiempo completo en la investigación de los valores y las culturas, y de ello resulta un libro de próxima aparición (Tres valores clave para el desarrollo, Siglo XXI en español y Oxford University Press en inglés), donde hago una travesía axiológica y veo su conexión con el desarrollo en el mundo. Resume una jornada que empecé hace cuatro décadas con México como preocupación central, su lugar en esas tres culturas del mundo (la del honor, la del trabajo y la de la familia) y cómo se formaron los valores (prójimo, trabajo y crítica) que nos mantienen donde hoy estamos. La Encuesta Mundial de Valores (EMV) es la fuente empírica y base del método de mis investigaciones. En un sentido, mi viaje intelectual personal termina en este libro, facilitado, enriquecido y consolidado por el seminario Culturas y Desarrollo en el Mundo que empecé a impartir en 2008.

Para lograr un mejoramiento mutuo, ya sea en la política, los negocios o la diplomacia, así como entre los individuos de un mundo cada vez más globalizado, la cultura y los valores tienen que ser puestos en escena. En el análisis se muestra cómo y por qué los países del mundo terminaron teniendo fronteras, religiones, idiomas, sistemas políticos y jurídicos, así como vínculos económicos y comerciales. Todos encapsulados juntos como cultura.

El libro se desarrolla en seis partes. En la introducción abordo los primeros choques culturales que viví en Inglaterra a partir de 1973 y más tarde en Japón en 1984, que crearon la disonancia cognoscitiva que generó mi interés en el tema. Mi respuesta inicial para reducir tal disonancia fue un modelo de tres ejes de valor (trabajo como premio o castigo, confianza o desconfianza en el prójimo, y el aprecio o desprecio a la crítica), sobre la base de tres dimensiones clave (económica, social y política, respectivamente). Este modelo obtuvo su validación empírica preliminar 20 años más tarde en la Universidad de Michigan, en 1993, con la segunda ola de la EMV.

La definición de cultura que propongo, un ‘sistema compartido de significados’, marca la pauta, ya que identifica sus elementos esenciales: identidades, idiomas y normas. Estos, a su vez, permiten resumir unas 7 mil micro-culturas (por idioma), 200 mezzo-culturas (por nacionalidad), 8 macro-culturas (por principales religiones) y 3 híper-culturas (por sistemas jurídicos). Además, se destaca el camino por el que los países han avanzado históricamente: desde las culturas del honor (a partir de las tribus primitivas), pasando por las culturas del trabajo (a partir de la Revolución Industrial), hasta las culturas de familia (a partir de la Segunda Guerra Mundial) que buscan en la actualidad algunos pocos países posmaterialistas y que, paradójicamente, disfrutan la mayoría de los países católicos coloniales y algunos países budistas desde hace mucho tiempo.

En la introducción, también se anuncia la importancia de los seis agentes de transmisión cultural y cambio (la familia, la escuela, la religión, los medios de comunicación, el liderazgo y la ley), así como la importancia de revisar y cuestionar la definición y la medición del desarrollo: partiendo de unas dicotomías básicas, pasando por la desacreditada idea de progreso, hasta llegar a la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

En la primera parte, se hace un breve repaso de la evolución histórica, teórica y empírica de los valores. El énfasis del libro está puesto en el escepticismo académico (en especial entre algunos economistas brillantes, como lo ilustra el libro de Acemoglu y Robinson de 2012) hacia la importancia de los valores y la cultura. Recoge los testimonios de Tocqueville, Weber y, en menor medida, Dealy sobre la conexión entre los valores y la cultura, y sobre la consolidación que otorgan al campo tres autores empíricos: Hofstede, Inglehart y Schwartz. La forma en la que llegaron, a través de tres metodologías y fuentes distintas, a conclusiones similares —sus ejes de valor y sus mapas culturales— constituye una fuerte respuesta a los escépticos.

Con el objeto de intentar fundamentar lo que distingue a las tres culturas mundiales, en la segunda parte se las ilustra con un enfoque casuístico en grupos de países: africanos, musulmanes, ortodoxos, confucianos, occidentales y católicos. Se comienza por seguir el camino de las migraciones continentales en la recolección de datos económicos, sociales, políticos, legales y religiosos, que ayudan a explicar cómo y por qué los países llegaron a su situación actual. A partir de este análisis, dos culturas opuestas comienzan a emerger: honor y trabajo. Mientras tanto, los valores de las culturas de la familia permanecen en algún lugar entre las dos, como se ilustra en el cubo axiológico propuesto en esa sección. Esta parte cierra con un contraste de los valores de los latinoamericanos y los anglosajones.

En la tercera parte se hace la caracterización empírica de los tres perfiles culturales por medio de los datos y cuadros seleccionados de la EMV para ilustrar la diversidad de opiniones entre los países, así como entre los segmentos de la población (sexo, edad, ingresos, educación). La principal conclusión de este análisis es que las tres culturas (del honor, del trabajo y de la familia) persiguen distintos objetivos (respeto por la tradición, éxito material y disfrute en la interacción humana) y obedecen a diferentes racionalidades (política, económica y social).

La cuarta parte revisa cómo se transmite la cultura de generación en generación, cuáles son los agentes y los procesos asociados a ella y cómo se puede tratar de inducir un cambio de cultura, de ser posible. Se habla brevemente del poder de la familia, de la escuela, la religión, los medios de comunicación, el liderazgo y la ley. Se mencionan algunos casos exitosos de cambio cultural llevados adelante por líderes políticos (la Restauración Meiji, Atatürk en Turquía, Singapur con Lee Kuan Yew, Bogotá con Mockus y Peñalosa), así como el lento proceso de cambio cultural a través de la modernización, ilustrado brevemente por Irlanda, España y México.

Las partes quinta y sexta se dedican a la medición y análisis del desarrollo en el mundo, y propongo una medición más completa: el Índice Objetivo del Desarrollo (IOD). Parte del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de PNUD, pero incorpora el comporta­miento de la política, la igualdad de género y la distribución del ingreso. Tres ejemplos del efecto del IOD: Estados Unidos desciende del lugar 3 en el IDH al 41 en IOD, Francia asciende del lugar 20 al 11 y México pasa del 61 al 82.

En un estudio del Banco Mundial sobre el desarrollo de 120 naciones1 se argumenta de forma convincente que los recursos naturales aportan un 5% de la riqueza de los países, la riqueza producida (la actividad económica) aporta un 18% adicional, pero el 77% proviene de la calidad del sistema educativo (28%) y de la calidad del sistema legal (44%). Por lo tanto, el simple hecho de pertenecer a uno de los tres sistemas legales del mundo (anglosajón, romano e islámico) que condensan los valores y la cultura de cada sociedad, tiene implicaciones profundas para el desarrollo de cada país.

El libro termina con una reflexión sobre qué es el desarrollo y cómo lograr un equilibrio que combine lo mejor de los tres valores y las tres culturas. La búsqueda de una situación ideal que hasta hoy en realidad ningún país ha alcanzado.

1 Banco Mundial, ¿Dónde está la riqueza de las naciones?, 2006.

_______

MIGUEL BASÁÑEZ es director de Investigación y Docencia de la Fletcher School en la Universidad de Tufts. Fue presidente fundador de la revista Este País.

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