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Vicente Leñero, sediento de Dios
Cultura | El Espejo De Las Ideas | Este País | Eduardo Garza Cuéllar | 01.02.2015 | 1 Comentario

Solovino, óleo sobre tela y tabla, 26 x 42, 2003.

Solovino,
óleo sobre tela y tabla,
26 x 42, 2003.

No fue la primera vez que lo vi, pero sí la primera en que lo escuché hablar de su experiencia de fe. La reunión fue en un jardín en Cuernavaca de noche, tras la presentación en la Gandhi de un libro de Javier Sicilia. En torno a una de esas mesas largas y oscuras que obligan a fragmentar la conversación. Leñero sobresalía impresionantemente. Literalmente nos iluminaba. Hablaba de su fe como algo que de cierta manera iba más allá de su voluntad y de sus fuerzas: que lo rebasaba y lo sobrepasaba; que lo desbordaba y lo sobrecogía; que lo revolcaba como una ola.

Me impactó la fuerza vital con la que un hombre normalmente dedicado a la indagación, la escucha y la conversación serena, se refería a Dios.

Luego comprendí que su fe resultaba de la búsqueda de toda una vida. También que era de estirpe evangélica. No solo por su conocida convicción cristiana, sino porque para Vicente Leñero creer no significaba opinar sobre la existencia de alguien, sino apostar la vida a un proyecto.

Una fe así no soporta ser contenida en ningún molde teológico o filosófico, mucho menos jurídico o político, aunque —so pena de ser ingenua— necesita dialogar vívidamente con la racionalidad. Una fe de nuestro tiempo no puede sino medirse y confrontarse, incluso violentamente, con el discurso racional para después honrar su naturaleza indómita —femenina— y escapar de los intentos que este hace por poseerla.

Cuando lo conocí, Leñero ya había transitado, entre otros muchos, su entusiasmo por la teología de la liberación y por Teilhard, así como la relación con Gregorio Lemercier y Méndez Arceo. Nunca fue fanático y fue eso —su transitar por la vida desprovisto de ideología— lo que le permitió no quedar atrapado en ningún claustro intelectual. No es que desechara caprichosamente un modelo o autor para suplirlo por otro. Avanzaba más por ahondamiento que por sustitución. Bebía de muy diversas fuentes teológicas y las dejaba decantarse, seguramente en un acto radical de confianza en el Inasible que lo interpelaba.

Como resultado de este camino se fue convirtiendo sencillamente en sí mismo. Pudo, además, desde la espiritualidad, construir una unidad armónica de lo mucho que amó, hizo, creó y fue. Es como si su fe en la Palabra confiriera sentido a las palabras y a las conversaciones que fueron la materia prima de su vida y de su trabajo.

Fundamentalmente, pensaba como periodista. Cuestionaba. No ponderaba el mundo deductivamente como el filósofo que, para comprender, parte casi siempre de un marco predeterminado; lo hacía como un enamorado de la realidad, deseoso por escudriñar sus mensajes y de poner a prueba sus conclusiones, nunca definitivas, frente a la vida misma. Inquiría especialmente la visión y la experiencia de los otros, de sus interlocutores. Tenía la rara virtud de hacerlos sentir importantes unas veces y de acorralarlos otras para, siempre, extraer de ellos verdades radicales e insospechadas.

Vicente Leñero preguntaba. A Slim: “¿Qué se siente ser rico?”. A mi hijo Pablo: “¿Eres creyente?”. A Gabriel García Márquez: “¿Qué se siente ser famoso?”. A su amigo Humberto Murrieta: “¿Qué se siente morirse?”. A Javier: “¿Por qué dejas la poesía?”.

Generaba con sus preguntas vacíos que tocaban el corazón y el nervio del otro; también, la escucha y el acompañamiento que develaban su verdad más íntima, que le permitían descubrir su inteligencia, su razón vital, sus contradicciones. Aunque no estuvo libre de algún desatino, conversando con Leñero nos sentíamos importantes.

Tenía además la libertad de manifestar con entusiasmo ejemplar su admiración por los demás, su asombro por las facultades de otros. “¡Tu compadre Nacho es un escritorazo!”, “¿Eso lo grabaste sin un guion?”.

Su sencillez lo distinguía en un gremio saturado por egos monstruosos.

Alguna vez se lo dije. Nos estaba contando (y cualquier cosa contada por él se transformaba en obra de arte) uno de los episodios de la historia de la revista Proceso. Su calidad de persona contrastaba con la de sus compañeros de anécdota.

–Tú no eres como ellos. ¿Por qué? —ahora era yo quien preguntaba.

Se quedó pensando unos segundos para confesarme finalmente:

–Quizás algo tiene que ver con Dios.

Así me regaló una clave para comprenderlo. Saberse lleno del amor de Dios es lo que le permitía ser ese vacío que facilitaba el diálogo y empoderaba a sus interlocutores; sentirse radical e incondicionalmente amado le permitía renunciar a demostrar, dominar y a competir; desde su dignidad de hijo, renunció al poder y en ella alimentó el valor y la libertad para confrontarlo. Fue su identidad espiritual la que cinceló su perfil ético.

Lleno de Dios, limpio de narcisismo, durante años nadó elegantemente en un mar de tiburones. Finalmente se ganó el cariño y el agradecimiento de muchos de ellos, los que en su mirada descubrieron —más allá de sus roles, imposturas y disfraces— su propia humanidad.

Y es que en el fondo nadie es tiburón. Y todos necesitamos miradas como la de Vicente que reflejan nuestra sacralidad; requerimos la fe profética de quienes creyeron en nosotros más que nosotros mismos y antes que nosotros mismos; agradecemos las narrativas esperanzadoras que nos liberaron de las poses y nos anunciaron la buena nueva.

¿Se debe a ello, al menos parcialmente, el que ahora hombres y mujeres de cultura, periodismo y literatura, de cine y de televisión —tirios y troyanos— le rindan homenajes tan sinceros?

Junto con Estela —su amiga, su esposa— Alicia y Paco Prieto, Myrna e Ignacio Solares, Isolda Osorio y Javier Sicilia nos invitó a unirnos a la comunidad que, desde años atrás, se reunía para conversar sobre Dios. Para ellos, escritores y católicos por elección, estos encuentros representaban el ámbito en el que podían hablar libremente de sus pasiones y de alimentarlas. No era fácil para ellos encontrar en el ambiente intelectual espacios para dialogar sobre la fe de los hijos, la vida sacramental, la ética cristiana, la liturgia o el rol del arte en ella. Construyeron su propio lugar.

Para Analú y para mí esta invitación significó, entre otras cosas, además de un honor y un arrimo, la posibilidad de rescatar la fe de la trampa del individualismo: la de celebrarla. Un regalazo. Un entorno en el que ocurrían y ocurren encuentros y diálogos definitivos, plagados de gozo, enseñanzas y significado para cada uno de nosotros.

Con los usos y costumbres de la burocracia eclesial, es sabido, Vicente tuvo siempre problemas. Le molestaba una Iglesia incapaz de romper su subordinación de la clase sacerdotal, una que solo canoniza clérigos, una que utiliza a los laicos de achichincles. Pero, ¿quién de los conmovidos por el Evangelio no se decepciona de quienes se dedican a atraparlo en un código de derecho canónico? Más allá, ¿quién que se haya asomado a la historia no intuye que, en el fondo, es la dialéctica del rey y el profeta la que la escribe? Es cierto que una institución sin carisma se petrifica. También, que un carisma sin institución se evapora.

Vicente encontró —ahora lo entiendo— su manera de construir y de ser comunidad. Construyó cariñosa y laboriosamente su propia asamblea, su Iglesia.

La amistad —ese tipo de amistad— constituye un ámbito privilegiado e imprescindible para la vida espiritual.

Entre retiros, oportos y whiskies, que se tornaron sacramentales, alrededor de muchas mesas compartidas supimos que una comunidad dialogante y solidaria está en el centro de la vida religiosa. Más aún, en el de la propia Iglesia. ¿Acaso las comunidades dinamizadas por el amor y la justicia, dispuestas a compartir la vida no son la esencia de lo genuinamente eclesial?

Se trataba de compartir (dialogar, debatir, discutir, pelearse) sobre la relación fe-literatura, sobre la manera como el Evangelio interpela lo cotidiano e ilumina las noticias, sobre las personalidades que cincelan el modo de ser mexicano (lo que vemos en el libro de Vicente, Gente así), sobre los hallazgos recientes de la espiritualidad y la teología cristianas.

A últimas fechas, Vicente se había acercado a Willigis Jäger, un místico benedictino influido por el budismo zen, y ello nos dio para combatir y construir enormemente.

Frente a las tesis de Jäger, de manera casi inevitable surgían preguntas como ¿creemos en un Dios personal, es decir en uno con el que podamos también debatir, reclamar, dialogar, conversar, pelearnos? ¿Creemos en un Dios encarnado? ¿Qué significa eso aquí y ahora?

Así como de Jäger, en algún momento nuestros encuentros se nutrieron de Lütz, Martini, Adolphe Gesché y, por supuesto, de Graham Greene, Zaid, Bernanos, del recurrente tema —moral— del plagio; de Paz, Rulfo, Arreola, José Emilio Pacheco y Fuentes, de los grandes y los gajes del oficio…

Nos quedó claro que el diálogo inteligente y la experiencia comunitaria, lejos de borrar la personalidad o de suplir la fe, las fortalecen; que les son necesarias.

Y hoy que, con sentimientos intensos y encontrados, celebramos el abrazo definitivo de quienes creyeron tan vivamente el uno en el Otro, nos queda la vocación compartida de dejarnos cincelar por la Gracia, la de ser fieles a nuestros oficios para —sin pretenderlo— trascender, la de la amistad como sacramento, la de vaciarnos de nuestros indomables egos para permitir que los demás brillen, se descubran bendecidos y florezcan.

Una respuesta para “Vicente Leñero, sediento de Dios
  1. Arturo de la Fuente dice:

    Estimado Eduardo, gracias por compartir tus vivencias. Ahora que no estoy trabajando y que tengo tiempo para tomar estos aprendizajes me gustaría poder contactarte.

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