Sobre un enorme disco cóncavo he visto resbalarse el océano. He visto niños jugando en un mar que no estaba donde yo, sino afuera, en el mismo sitio lejano donde miré a una pareja en bicicleta, teletransportada. Ese disco era algo que jamás imaginé, un cuenco de imagen en movimiento, y me provocó un asombro que no creí podría existir aún.
El disco del asombro vive dentro de un cuarto constreñido y oscuro al lado del océano. El edificio pequeño que lo contiene se llama “Camera Obscura”, cuarto oscuro en latín, y se asemeja a una cámara portátil gigante en azules y cremas. Afuera hay un letrero que dice: “Giant Camera”, y como tal la concibió su constructor, George K. Whitney Sr. Ignorado por la gente que camina sobre lo que nosotros llamaríamos malecón, pero que otros llaman orilla del mar, la cámara gigante es lo único que queda de una época en que ese tramo de la costa oeste de California, Point Lobos, a orillas de San Francisco, era una feria infinita que se hundía en la neblina.
La entrada a la cámara oscura es resguardada por un viejillo de lentes gordos. Uno paga la entrada, y él jala una palanca que abre un agujero en el techo del interior del edificio. Por un pasillo oscuro, se entra a un cuarto negro con un disco cóncavo, de casi dos metros de diámetro, en el centro. Entra la luz por el agujero en el techo, como columna derritiéndose sobre el, disco vertiendo una imagen nítida del mundo exterior. Un sistema de espejos giratorios en la cima del edificio vierte en el pequeño cuarto al mundo exterior, vivo, a color y en movimiento.
A velocidad mesurada, los espejos giran para presentar 360 grados del paisaje que se encuentra afuera: el mar, edificios, calles, piedras con focas, la gente caminando, las aves volando. Conocía ya el concepto de la cámara oscura —la idea de que a través de un mínimo orificio en un espacio oscuro los rayos de luz proyectan una imagen exacta del exterior— pero siempre imaginé que esa imagen estaría fija, jamás la pensé en movimiento. Pero sobre el disco de la “Giant Camera” el mundo se movía, como en un video, en tiempo real.
Al ser el instrumento generador de imágenes más antiguo, la cámara oscura tiene una larga historia. El fenómeno en el que se basa lo describió Aristóteles, fue concepto precursor de la fotografía, la maquinaria la boceteó Da Vinci, y fue herramienta de Vermeer. En 1490 John Baptista Della Porta habló del fenómeno en un libro titulado “Magia Natural”, y aquello no deja duda: lo que sucede dentro de la Cámara Gigante es magia pura, asombrosa y natural. A mí, en pleno siglo XXI, me causó una fascinación casi indescriptible; no puedo empezar a imaginarme la reacción de la gente a hace setenta años, cuando apenas comenzaba a democratizarse la producción de la imagen. Aquellos eran tiempos en donde la ciencia todavía era magia, y el asombro podía equivaler a observar una versión casi imposiblemente exacta de la realidad. Hoy en día esa realidad es de lo más común, y buscamos el asombro en la hiper-realidad del efecto especial. Nuestra relación con la imagen se ha transformado dramáticamente desde entonces. Cuando la Cámara Gigante de la costa de California nacía, la relación que sostenía el común de la gente con la fotografía se sustentaba en la credibilidad de la imagen y la inocencia del espectador. Toda imagen era sinónimo de verdad, era una reproducción exacta del mundo, era evidencia.
Pero los tiempos en que una imagen producida por un aparato podía contener la última palabra son cosa del pasado. En el mundo contemporáneo, bajo el actual régimen de la imagen, y gracias a la manipulación fotográfica y el auge de la interpretación, ninguna imagen puede poseer la autoridad máxima que en alguna época la fotografía tuvo. La representación fotográfica, como verdad indudable de la reproducción, ya no es más. La cámara oscura representa es un espacio de profunda nostalgia por ese tiempo pasado de asombro ante una tecnología casi inverosímil. Ante una reproducción fiel de la realidad que hoy pensamos ya nunca volveremos a sentir. Hasta que reencontramos ese asombro por la simpleza de la verdad, y vemos el mar resbalarse sobre nuestra piel.