Hay un dejo de burla en la pregunta que se hace al presidente Calderón por su alcoholismo supuesto. También un puritanismo que molestaría aún más, si no fuera él a su vez el responsable de una campaña religiosa, puritana y fanática contra las drogas (aclarándonos más tarde que el problema no son estas, sino el tráfico implicado…). Si no fuese Calderón el hombre que se ve a sí mismo como el máximo representante de la ley, quizá se pasaría por alto su doble discurso como el de cualquier otro político. Pero su insistencia en la moral, su desgarramiento de vestidos y la violación de garantías y derechos que emprende con la otra mano, es lo que invita a compartir la malicia de quienes cuestionan su salud. La razón de esa “pinche fobia” –como habría descrito Lozano la actitud de Aristegui hacia Calderón– quizá debe buscarse en la misma figura del Presidente.
No puedo evitar burlarme de él, decía “El loco” refiriéndose a Zampanó, quien era más grande y rudo y podía clavarlo en el suelo de un manotazo. Pero algo le obligaba a ridiculizarle incluso durante el espectáculo. Zampanó, no sólo era quien reventaba eslabones de acero en torno al pecho, sino que recio y curtido iba de un pueblo a otro sin necesitar de nadie. Si no le contrataba un circo, se presentaba ante el gentío en plena calle. Mujeres de una noche, cuando requirió una nueva ayudante compró por 10,000 liras a Gelsomina, la crédula hija de una familia en apuros. Ella se enamora y le es fiel hasta enloquecer.
Un día, la burla fue mucha y empuñando un cuchillo Zampanó persiguió a “El loco” por todo el pueblo. Es que no es sino pura fuerza bruta —se disculpaba el trapecista. No debería burlarme pero no puedo evitarlo frente a su mal encaro, tan pagado de sí. ¿Qué haces con él, Gelsomina? ¿Por qué no escapas? ¿Te ha golpeado al intentarlo? Creo que él te necesita. ¿Quién podría quererlo sino tú? A Gelsomina, duende igualito a Peter Pan, estas palabras le hicieron imaginarse una vida distinta. Hasta una piedra tiene un propósito en el mundo, le dijo a Zampanó al proponerle matrimonio. (¿Qué mosco le habrá picado? Mira que pensar en ser mi esposa y en sembrar tomates…).
Bastante armado tenemos ya el drama: por un lado la desmesura del héroe, motivo que le empuja a la tragedia, su hybris, porque los trágicos son siempre unos necios. Tal como Edipo, que en lugar de mirar a sí mismo —y preguntarse ¿quién soy?— va y cuestiona al Oráculo por sus padres. Y cuando se le responde que son aquellos a quienes él mataría y/o desposaría, en vez de cuidar hasta la vida de una mosca, mata al primero que se cruza en su camino —a su verdadero padre.
¿Qué parte de “conócete a ti mismo” no entendiste Edipo? La desmesura es ignorancia, es no saber que no se es ni se tiene todo, ni la verdad ni las razones ni la fuerza que uno desearía ni supondría, y que por el contrario necesitamos de los otros, de su comprensión y de su ayuda. La desmesura es por tanto un reto al destino, a los dioses, a la ley. Si los trágicos no estuvieran arropados por su disfraz de héroes, causarían la misma risa que Zampanó.
Pero de tomar en cuenta la tradición, a todos llega la hora de la verdad. Anagnórisis llamaban los griegos a ese momento de reconocimiento de nuestro lugar en el mundo, del dolor que nos marca un carácter y nos brinda una identidad: un sueño. Junto a la frase “Conócete a ti mismo”, en el Oráculo de Delfos también se inscribía “Nada en demasía”. Conócete, pero no demasiado.
Nietzsche relataba una vieja leyenda: “durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dionisos, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: “Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¡por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti –morir pronto.”
“El loco” era al igual que Zampanó, un solitario, pero la gran diferencia es que no necesitaba servidumbre. Era libre de ir por el mundo a sus anchas y aunque sabía que moriría joven (la suerte del aventurero), era feliz. Y efectivamente muere cuando a Zampanó se le pasa la mano escarmentándolo delante de Gelsomina con varios golpes a la cabeza. Me rompiste el reloj, afirma antes de caer redondo al piso.
No les voy a contar el final de esta historia de Fellini, pero el héroe trágico termina por reconocerse a sí mismo en su pequeñez, en su necesidad de la ayuda de otros. Quizás es este reconocimiento lo que muchos esperamos de Felipe Calderón, su momento de anagnórisis. Quiso gobernar por su cuenta, sin la ayuda de nadie. Lacan decía que enloquece el hombre que se cree rey, pero enloquece más aún el rey que en verdad cree serlo. ¿Qué va a hacer Calderón cuando le falten ayudantes? Rodeado de funcionarios parpadeantes y pequeños ¿qué va a hacer cuando aquellos dispuestos a echarse por la borda para defender lo indefendible, lo dejen solo?
Reportero.- Señor Presidente, el pueblo desea saber si usted se siente responsable por los noventa mil muertos que ha dejado la guerra.
Señor Presidente.- No no. No estoy dispuesto a asumir la responsabilidad absoluta en términos kantianos, sino sólo de forma tangencial. Verá usted, en razón de la competencia por ganar las plazas abandonadas por los capos que hemos detenido, bandas rivales han optado por enseñar el armamento y dispararse entre sí, como si no existieran los tribunales ni la justicia. Al más puro estilo Salinas Pliego. Ello ha producido la mayoría de los decesos, vendetta tras vendetta, pelea devoradora entre caníbales dignos hijos de la Coatlicue. No, Joaquín, no. Nosotros no producimos las bajas sino de manera colateral. Además, casi todos los muertitos, cuando niños, pertenecieron a familias disfuncionales.
Reportero.- Señor Presidente, durante los diálogos de la Pirámide, la Sociedad pidió a su Secretario de Gobierno dejar de defender la guerra en razón de sus verdades a medias y mentiras totales. ¿Por qué no lo ha hecho?
Señor Presidente.- Yo dije no y como lo hiciera Díaz Ordaz, asumo la entera responsabilidad de mis actos. ¿Quién dice que no usamos la inteligencia? Los videos que subimos a la red demuestran lo inteligentes que nos vemos alrededor de una mesa discutiendo la seguridad de la nación. Así hasta Fox se vería inteligente. Hemos instaurado sistemas inteligentes, de muchos individuos e individuas inteligentes al menos por su aspecto. Sabemos perfectamente cuánta violencia se disparará con cada aprehensión de un capo, tenemos hasta garrotes inteligentes, metrallas inteligentes que saben distinguir entre un narco y un civil con sólo hacer la radiografía instantánea de sus penes.
Reportero.- ¿Hay alguna diferencia esencial, genética?
Señor Presidente.- Los narcos, perversos como son, se excitan con las balas.
Reportero.- ¿No existe la posibilidad de que un ciudadano “de a pie”, se encuentre excitado por causas ajenas a la guerra, y la Policía de la República lo confunda con un criminal?
Señor Presidente.- Andar excitado en la vía pública está mal, moralmente hablando, y además configura infracción administrativa, pero contestando a tu pregunta, en época de calor la probabilidad es sólo del 40% …