Existe un sin fin de razones para querer tachar, magullar y destrozar una fotografía. Todos hemos sido adolescentes. Todos hemos perdido un amor que añoramos, tuvimos y nos vimos perder. Yo sólo he quemado la fotografía de un hombre en mi vida, y ni siquiera fue uno de los importantes. Durante mi breve carrera como destructora de fotografías han resultado mucho más significativas las fotografías que se salvaron de las llamas, pero no del todo. Aquellas cuya mácula infligida quedó expuesta, las que no destrocé completamente, las que sólo he dañado. Arrugadas por exceso de amor retacado en la cartera, o por la carencia de cariño propia del abandono sobre el escritorio y el arrumbe en el cajón atestado de objetos filosos. Las fotografías que más he dañado nunca han retratado a amores—esos siempre los he sabido guardar con cuidado. Las fotografías más dañadas, las que han sufrido las simples pero avasalladoras consecuencias del paso del tiempo y el manoseo, inevitablemente, han sido los retratos familiares.
Tengo un álbum de fotos donde aparezco de bebé. Lo recopiló mi madre. Mucho antes de que aprendiera a escribir decidí tachar varias de las fotografías con crayola. Siempre me taché a mí misma y no fue otro rostro, más que el mío, el que sucumbió ante el reiterado zig-zag de grasa negra. Debajo de la capa de rayones aparezco sonriente y con pelos ensortijados; mi madre no era buena peinadora de bebés.
Contrario a lo que podría parecer, no creo que el gesto de mi pequeña mano infantil blandiendo la crayola fuera de obliteración, de negación de mí misma, eso sería demasiado dramático. Al contrario, creo que con esta acción la niña, que en ese entonces era yo, reiteraba el reconocimiento de su propia existencia a través del trazo de la crayola. Me parece que se trataba de una forma tangible del señalamiento. Esta soy yo. En lugar de apuntar hacia la foto, la pintaba. Quizás primero señalé mi rostro con la punta de la crayola y simplemente decidí no dejar de señalarlo, una y otra vez, hasta que la crayola cedió ante la presión de la mano y el señalamiento se convirtió en tachadura línea por línea. Aunque, por supuesto, puede ser que la verdad sea exactamente lo contrario.
Puede ser que tachar la imagen de la foto significara, para la niña garabateadora de dos años, el reconocimiento de que esa otra niña, la de los pelos parados que salía en la foto, no era la misma que sostenía la crayola y se veía tan bien peinadita en el espejo. Aunque se llamaran igual. La de la foto era alguien más, y había que desaparecerla. Crecer es destruir nuestro ser pasado. Amputárnoslo de la memoria. Quizás. Pero insisto, me parece que sería demasiado dramático a pesar de lo mucho que se divertiría un psicoanalista con esta versión. Pero por algo será que la idea de destrozarle simbólicamente el rostro a alguien por medio de un plumón siempre estará asociada a la violencia, al impulso de hacer daño, de desaparecer… de verdaderamente destruirle el rostro en la vida real.
Se dice que cierto tipo de brujería borra el rostro de la gente en las fotografías. No podría jurarlo, y ningún ejemplo concreto me viene a la mente, pero podría afirmar que más de una película de terror involucra fotografías tachadas como símbolos ominosos de lo que habrá de venir. Pero, una vez aceptado que sí, en efecto toda fotografía tachada tiene algo de desconcertante, quiero volver a mi argumento inicial en contra del dramatismo ante la foto rayoneada. Quiero abogar a favor de la idea de que destrozar no necesariamente significa destruir. Dañar no es lo mismo que eliminar. Uno puede rayar, cortar, herir, pero con el fin de construir algo diferente, algo nuevo. La vieja imagen del fénix y las cenizas.
Toda mácula fotográfica puede constituir la elaboración de algo nuevo. Aunque, por supuesto, la mayoría de las veces ese efecto productivo post-daño sea involuntario. Uno primero raya, y hasta después se pone a pensar en porqué habrá rayado. Uno destroza algo, se enfurece digamos que con el tostador de pan y lo lanza contra la pared. Uno lo ha dañado, se ha roto, irremediablemente. Ya no tostará pan, de la misma manera en que una vez tachoneado el rostro en una fotografía éste jamás podrá ser visto de la misma manera. Pero ninguno de los dos objetos, ni el tostador ni la fotografía, han sido destruidos. Han sido dañados. Y sólo un tonto los tiraría a la basura. Alguien con intuición se pondría a leer el acto, a leer la foto; se preguntaría por qué el rostro fue tachado, por qué el tostador fue lanzado contra la pared. Y trataría de aprender algo de todo ello.