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A ochenta y dos años del nacimiento de Juan García Ponce y Alejandro Rossi
Cultura | Este País | José Antonio Lugo | 01.10.2014 | 0 Comentarios

El primero nació en Mérida, el segundo en Florencia, ambos el 22 de septiembre de 1932. Sus destinos los volverían amigos; formaron parte del grupo congregado alrededor de la figura de Octavio Paz. Ambos fueron destacados colaboradores de Plural y de Vuelta. Todo esto se sabe. Ambos crearon una obra única, valiosa, reconocible; por razones distintas, entrañable. Tuve la fortuna, el privilegio, el honor, de estar cerca de ambos. Una cercanía diferente a la que tuvieron otros discípulos, otros amigos, otros asistentes, otros becarios. Comparto con ustedes mis experiencias. JAL

Una tarde, a finales de enero de 1981 —estudiaba la licenciatura en letras francesas en la UNAM— vi un letrero pegado con diurex en uno de los pilares de la Facultad: “Juan García Ponce solicita ayudante; comunicarse con Meche” y un teléfono. Llamé e hice una cita. Fui recibido por la hija de Juan que me condujo con su padre. Me preguntó qué estudiaba, le dije y añadí que había hecho la prepa en el CUM, y que estaba leyendo el último número de la revista Palos de la crítica, donde venía un cuento de Bataille. Los requisitos eran tener buena letra y escribir bien a máquina. Cubrí bien los dos aspectos. Al final, Juan me dijo que le hablara la semana entrante. En la puerta, Meche me alcanzó para decirme que su padre me preguntaba si podría empezar el lunes siguiente. En mi desmesura juvenil —tenía 21 años— le dije que era yo el que necesitaba pensarlo. Por supuesto, días después dije que sí.

El 5 de febrero de 1981 me senté a un lado de Juan, frente a la mesa réplica de la de Robert Musil. Juan me dictó la entonces primera frase de Inmaculada o los placeres de la inocencia: “Desde un principio, Inmaculada había sido elegida para el mal”. Un año y un par de meses después terminamos la primera versión de la novela. ¿Qué quiere decir “terminamos”? Que Juan me dictaba cuatro o cinco páginas al día y que, después de ese lapso, llegamos a las mil ciento treinta y dos cuartillas, si mal no recuerdo. Dictado interrumpido por la escritura de algunos ensayos o presentaciones para catálogos. Después iniciaría la segunda versión. Durante esta etapa, Juan tenía sobre su atril el primer borrador y me dictaba, con base en el texto ya escrito.

Fui cuatro años como asistente de Juan. En los dos primeros no abrí la boca; alguna vez me pidió opinión y recuerdo que me abstuve. Durante cada ensayo que me dictaba yo leía los libros del autor del que se ocupaba: así descubrí a Canetti —la autobiografía y Auto de fe—; las novelas de Nabokov; El reino milenario, de Juan y El hombre sin atributos, de Musil; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y un largo etcétera. En muchos casos Juan me prestaba los libros. Poco a poco, en un principio siempre a petición del propio Juan, fui despojándome de —¿cómo llamarlo?— mi timidez, miedo, respeto… era todo junto.

Fueron cuatro años, al final de los cuales decidí seguir otros derroteros. Dejé en mi lugar a Andrés Ordoñez, especialista en Pessoa y hoy nuestro Embajador de México en Marruecos. Le siguieron Gabriela Martínez-Zalce y, por supuesto, María Luisa Herrera. Antes había estado también José Luis Rivas.

En 2006 el Conaculta publicó mi libro: La inocente perversión: Mirada y palabra en Juan García Ponce. La señora Meche me facilitó la foto de Daisy Ascher para la portada. Nunca dejaré de agradecer la extraordinaria experiencia de haber sido el testigo privilegiado de la creación al ver cómo surgían las palabras y se convertían en imágenes y, al mismo tiempo, en un texto. Esa experiencia fue valiosísima; lo fue también comprobar cada día su amor sin límites por la literatura y su voluntad de hierro para seguir escribiendo, a pesar de tener físicamente todo en contra. El último día que estuve con él me dijo: “Ojalá llegues a la presidencia“. Le respondí: “No llegaré y no me interesa“. Me respondió: “Lo sé. Aunque no quieras, solo serás un vil escritor”.

En 1982, solicité la beca de Narrativa que otorgaba el Instituto Nacional de Bellas Artes. Al pedirla, no sabía que el tutor, quien nos seleccionaría, era Alejandro Rossi. Fuimos elegidos Fabio Morábito, Saúl Millán, Mauricio Carrera y yo. Cada miércoles nos reuníamos en la sala de juntas del Centro de Enseñanza para Extranjeros de la UNAM y llevábamos nuestros textos para hacernos trizas entre nosotros y luego esperar el veredicto de Alejandro. Sin duda yo era el más torpe. Fabio ha hablado de todo esto en el libro de homenaje que se publicó hace poco, editado —nada más y nada menos— por El Colegio Nacional, el fce, el Conaculta, el Instituto de Investigaciones Filosóficas y la UNAM, donde también participé. Cuando se realizó un primer homenaje en la UNAM escribí un texto en mi columna de Crónica. Alejandro me llamó año y medio después y me dijo, palabras más o menos: “Lugo, no pude localizarlo, apenas me dio su teléfono Mauricio. Me permití incluir el texto de su columna en un libro. Espero que no le moleste la compañía”. Ese libro fue Aproximaciones, editado por El Equilibrista y la UNAM.

Después de ese año de la beca, Rossi nunca nos soltó. Una vez al año, a veces dos, me invitaba a su casa a tomar un whisky. A veces a todos. Un día comimos juntos —los becarios y el tutor, muchos años después— en un restaurante polaco. Me preguntaba cómo iba, qué hacía, cómo veía las cosas. Gracias a él y a Enrique Krauze mi carrera como escritor de discursos dio un paso importante. Poco antes de morir, me mandó un correo. Yo le había dejado en su casa mi libro Resonancias. En ese correo electrónico —fue su despedida, ya estaba muy enfermo— escribió: “Le doy las gracias por las palabras que me dedica al iniciar usted ese mágico viaje hacia los libros que iluminan la tierra”. Cuando murió, me habló una asistente por instrucciones de Olbeth. Yo le avisé a Consuelo Sáizar —era su asesor y le escribía los discursos— y ella me pidió que le escribiera unas palabras. Nunca se leyeron, porque en el homenaje en el Palacio de Bellas Artes solo hablaron Adolfo Castañón y el rector José Narro. Lo que escribí no importaba; lo que me tenía conmovido hasta las lágrimas, esa tarde de sábado, era pensar en el Destino, que veinticinco años después de haber conocido a Alejandro, mi maestro, me colocó en el espacio desde donde escribir sobre su vida en el momento de su muerte.

Está de más decir que tuve dos maestros, de literatura y de vida, absolutamente excepcionales, por su inteligencia y su amor al arte y al pensamiento. Honestamente, he de decir que casi acaban conmigo. En lugar de intentar escribir novelas, me refugié en el ensayo y en el discurso político. Quizás ese sea mi lugar o quizás algún día aproveche lo mucho que aprendí. Lo que sí puedo decir es que esos dos grandes escritores, nacidos el mismo día del mismo año, se cruzaron en mi vida para llenarme de dones. Nunca olvidaré a Alejandro, con los lentes a media nariz, diciéndome: “Tengo buen ojo, Lugo”; ni a Juan diciéndome, con su voz cavernosa: “Hasta aquí llegó Colón, hasta aquí sus carabelas”. Este 22 de septiembre habrían cumplido ochenta y dos años. Nos hacen falta. ~

_______

JOSÉ ANTONIO LUGO (Ciudad de México, 1960) escribió sus tesis de licenciatura en Letras Francesas y de maestría en Literatura Comparada sobre Marguerite Yourcenar. Es autor, entre otros libros, de La inocente perversión: Mirada y palabra en Juan García Ponce (Conaculta, 2006), Letras en la astrología (Terracota, 2008) y, en coautoría con Yolanda Meyenberg, Palabra y poder: Manual del discurso político (Grijalbo, 2011).

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