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Fondo de Cultura Económica: las batallas sin tregua
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Sergio Raúl Arroyo | 01.10.2014 | 0 Comentarios

18-capitulares1

Gerardo Ochoa Sandy,

Ochenta años: Las batallas culturales del Fondo,

Editorial electrónica Nieve de Chamoy, México, 2014.

Para Dolores Plá

La idea de “batallas culturales” que guía el vasto ensayo que Gerardo Ochoa Sandy ha preparado con motivo del ochenta aniversario de la creación del Fondo de Cultura Económica, subraya muy a las claras el aspecto conflictivo, beligerante pero también resistente de la gestación de una aventura exitosa en el campo cultural mexicano, una empresa editorial que ha mantenido relativa autonomía ganada a lo largo de su gesta, si bien se ha visto por momentos sujeta a fuertes tiranteces con cúpulas del poder. Con líneas muy claras, Ochoa Sandy traza la genealogía del Fondo desde el Ateneo de la Juventud y va calando en una galería de protagonistas —Cosío Villegas, Vasconcelos, P. Henríquez Ureña, Novo, los exiliados españoles, A. Orfila Reynal, Carrillo Flores, José Luis Martínez, J. García Terrés, González Pedrero, De la Madrid, etcétera—, perfilando los papeles que desempeñaron en el desarrollo de la empresa y también, siempre que es pertinente, en la evolución cultural de México. Al respecto del término “batallas culturales” cabe señalar que arraiga desde luego en el ciclo de la Revolución mexicana y sus secuencias, por ejemplo en las “cruzadas” educativas que animó, con matiz de movilización combatiente, pero que también entraña la idea de vanguardia, no menos aguerrida, no menos progresista y portadora de modernidad.

Si Los trenes rigurosamente vigilados, la novela de Bohumil Hrabal, muestra la posibilidad de narrar las peripecias de toda una época a través de una estación de tren, el libro de Gerardo relata cada uno de los episodios de una editorial que forma un gran fresco cultural, que encierra en sí mismo una de nuestras mayores gestas por la democratización del conocimiento. Nada —ni acontecimientos ni anécdotas— quedan fuera del cuerpo capitular de este libro profuso y memorioso. Allí están las batallas de la administración pública, las ventas, los números negros y rojos, la impronta de la intolerancia gubernamental frente a la publicación de Los hijos de Sánchez, el cese del Arnaldo Orfila como parte de una lista de no alineados que aún no termina.

La condición original del Fondo como una institución abocada a los estudios económicos clarifica de otro modo esa fe en el cambio y el progreso. El FCE nació esquivando desde el principio el prejuicio del genio de la especie o la vía única para el Estado mexicano, apostando en cambio a la modernización de la administración pública mediante la profesionalización de sus cuadros. Siempre que lo recordamos, no deja de reverberar en la mente, como un presagio, que el primer título del Fondo, publicado en 1935, haya sido El dólar plata de William Patrick Shea, en traducción de Salvador Novo. Un libro norteamericano de economía, trasladado al español por uno de los mayores prosistas de la literatura mexicana. El vínculo entre la emergencia social y la excelencia literaria parece prefigurar toda una vocación editorial. Como lo asienta Ochoa Sandy, desde 1929 se había abierto en la escuela de Jurisprudencia de la Universidad una sección dedicada a los estudios económicos, y en 1935 se fundó la Escuela de Economía. Los estudiantes de esa licenciatura —tal como lo afirmó Cosío Villegas—, no hablaban ni leían otras lenguas, lo que dificultaba el aprendizaje y urgía la publicación de literatura económica en español. El Fondo se crea con una rama abierta a la educación superior y otra a la administración pública, proveyendo un vehículo de transmisión del conocimiento a través de la traducción de obras señaladas. Las traducciones deberían ser necesariamente de alta calidad. Este será un tema —la traducción— que no deja de gravitar en el origen y el destino de la editorial.

Echando un vistazo al catálogo del FCE, junto a la notable lista de traductores y editores profesionales, hallaremos que muchas figuras de la vida intelectual y literaria del país vertieron una o más obras para su acervo: Luis Villoro, Pablo González Casanova, Rodolfo Stavenhagen, Alejandro Rossi, Francisco López Cámara; y, entre los literatos, Alfonso Reyes, Luis Cardoza y Aragón, Juan José Arreola, Luisa Josefina Hernández, Tomás Segovia, Margo Glantz, y muchos otros. No es ocioso recordar que ellos mismos fueron y siguen siendo autores del Fondo. En esta balanza de talento y competencia profesional se equilibra igualmente la definición que irá madurando la institución a lo largo del siglo XX: por un lado dar presencia, en México y en el mundo de habla hispana, a los autores mexicanos, y por el otro hacer accesible en lengua española y en ediciones muy cuidadas una generosa bibliografía en creciente ramificación que irá incluyendo, luego de la economía, títulos de sociología, historia, política y derecho, filosofía, sicología, filología y antropología. Allí están Murdock, Jensen, Lévi-Strauss para probarlo. El afán universalizador es evidente, y se expresa en tal variedad de campos apuntada tanto a la formación de profesionistas como a la divulgación general, esta última muy bien cimentada en dos colecciones distintivas: los Breviarios y la Colección Popular.

La colección Breviarios, a la que Arnaldo Orfila Reynal apostó todo (Ochoa Sandy refiere que, al lanzarla, el entonces director del Fondo juró que si la serie no alcanzara el éxito en el plazo de un año, renunciaría a su puesto), los Breviarios, digo, continúan siendo hoy la colección emblema del Fondo en el mundo de habla hispana. Títulos como La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, la Historia de la locura en la época clásica de Michel Foucault, la honrosa primera edición del Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges, son breviarios y compañeros de estante forrados en tela marrón y con tipografía dorada impresa en el lomo, signos característicos de los primeros años. Entre otros Breviarios, Las maravillas del cine de Georges Sadoul (en traducción de José de la Colina) ostenta, como tantos títulos del Fondo, un prefacio escrito especialmente por su autor para la edición mexicana. En él, Sadoul agradece precisamente la acogida de sus obras en la colección, abonando su búsqueda de público general y siembra de vocaciones:

Estoy particularmente agradecido a México y al Fondo de Cultura Económica. En 1949, mis obras sobre cine (hoy traducidas a una veintena de lenguas) no se habían publicado aún fuera de Francia, cuando Arnaldo Orfila Reynal me propuso incluir en su colección de Breviarios mi libro El cine: su historia y su técnica […]. Al igual que [aquel], este breviario se dirige a todos los cinéfilos, y muy en especial a los jóvenes, fascinados por el cine y que sueñan a veces en consagrarle su vida.

Ante un testimonio así, podemos irnos sumergiendo en el vasto expediente de la traducción como un proceso de creación cultural que desborda con mucho el sentido restrictivo del simple paso de información de una lengua a otra. La magnitud de la empresa editorial que establece lazos de conocimiento en una lógica de intercambios para la producción de competencias, para la reciprocidad y participación internacional, para la extensión de paradigmas, nos orienta hacia un aprecio más integral del fenómeno de la traducción como proceso estructurante, en un sentido sociológico y procesal. A esto puede animarnos el trabajo de Gerardo Ochoa Sandy, que nos allega una historia cultural de la batalla por la autonomía de una empresa consagrada al libro como dispositivo de la vida pública, historia que el autor traza mediante la crónica de la gestación de esa empresa, de su incremento intelectual aportado por el exilio español, del firme y, diría yo, definitivo curso aportado por la conducción editorial de Arnaldo Orfila Reynal, que terminó por cimentar esa modernidad que Alfonso Reyes y Octavio Paz reclamaban para México, como una toma de posición dialógica con la contemporaneidad.

Parece que bastara con ir a los estantes de la biblioteca doméstica y tomar algunos de los volúmenes publicados por el Fondo para comprobar que esa aptitud dialógica ha guiado muchos de los mejores momentos de esta casa editorial. Extraigo, por ejemplo, El mundo de los césares de Theodor Mommsen, en la traducción de Wenceslao Roces, de 1945. Al leer el amplio prólogo del traductor, saltan de inmediato a la atención dos cosas: primera, que Roces ha sido no solo el traductor del alemán al español sino cabalmente el editor de un libro totalmente nuevo, es decir, quien ha hecho una cuidadosa selección de capítulos de diversos volúmenes de Mommsen para dar forma y consistencia a una obra dirigida tanto al especialista como al público interesado. Segunda, que su voluntad de presentar así al historiador clásico alemán concurre con su aprecio no solo por la magnitud de su obra y por su método historiográfico (propiamente enciclopédico, pues sumaba la epigrafía con la arqueología, la filología, la numismática, la jurisprudencia, la mitología y la literatura, dentro de la mejor tradición Ilustrada), sino por su postura intelectual y política, que le resultaba afín. Escribe Roces en su prólogo:

[Mommsen] Era la negación del profesor germano a quien las anteojeras de su especialidad tapan los horizontes de lo humano. […] Luchó con la palabra y con la pluma contra el estado reaccionario de Fedrico Guillermo IV. […] Combatió las leyes de excepción y la política confesional de Bismarck y fustigó sin descanso las persecuciones antisemitas y los odios de raza y de religión atizados desde el poder. Sufrió un proceso por ataques contra Bismarck, cuando este se hallaba en el apogeo de su mando. Los tres tomos de la Historia de Roma, concebidos y alumbrados en plena pasión de juventud por un hombre como este, guardan mucho de sus palpitaciones de luchador. Son uno de los más bellos monumentos de la que se ha llamado historiografía de partido.

Vemos así cómo el traductor y editor Wenceslao Roces, miembro del Partido Comunista de España, transterrado en México, traductor de Karl Marx y Rosa Luxemburgo, pero también de Humboldt y Cassirer, se adhiere a la figura del nacionalista liberal Mommsen por el costado humanista. Insistir hoy en que el humanismo fue el caudal que guió la política editorial ecuménica del Fondo no está de más. En otro prólogo de la colección Breviarios, escrito cinco años antes de su muerte, Alfonso Reyes justifica su librito sobre La filosofía helenística, y hace la apología de su método que fuera tan criticado por no ser el de un especialista:

No pretendemos poseer luces propias sobre la historia de la filosofía. Nuestra línea es la línea humanística. Para mejor asear el camino, no nos queda más que cruzar el bosque y atrevernos a estas aventuras. Nos valemos, para ello, de guías autorizados, a los que seguimos a veces muy de cerca. […] El especialista podrá considerarnos acaso con alguna conmiseración, como nosotros a él, por nuestra parte. Pero andamos por la tierra algunos “especialistas en universales”. No nos resignamos a estudiar los objetos de la cultura como objetos aislados. Necesitamos sumergirlos en los conjuntos históricos y filosóficos de cada época. De aquí nuestras aparentes audacias. Lo son solamente por venir de un estudiante que ha pasado ya los sesenta años, y todavía reclama el derecho juvenil a seguir leyendo, tomando notas y organizando sus lecturas.

En la nómina de los traductores del Fondo de Cultura se puede hallar a muchos otros que, en el momento de consolidación de la editorial, profesaron una fe en el humanismo, y que, como lo anotó Reyes, fueron “especialistas en universales”. Ese humanismo ilustrado, consanguíneo de la voluntad republicana, del Estado laico, de la promoción de las libertades individuales y la democracia, fue el canal abierto para las batallas de la modernización cultural de México, especialmente a través del nutrimento de una conciencia de la historia —en obras atinentes a la historia de México y de otras naciones, así como de los más diversos periodos—, y a través también de una apertura a las ciencias sociales y de la atención enfática al desarrollo de las artes y la literatura. La idea de universalidad, que ahora puede aparecérsenos como profundamente eurocéntrica, era causa eficiente y causa final en las argumentaciones humanistas. Uno de los alcances más emotivos en esta microscopía de los prefacios de autor que se han inscrito en los libros del Fondo, es el que escribió Fernand Braudel en 1953 a la edición mexicana de su obra monumental El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. En él, comienza por bosquejar su método, con palabras que resuenan ampliamente en la bóveda que preserva el proyecto humanista del Fondo:

Si la nueva historia debe ser, como creo, una reconstrucción del pasado captado en toda su amplitud y en toda su complejidad, tendrá que incorporar en sus cuadros y explicaciones la obra entera tan rica, de las ciencias sociales, sus vecinas. Por consiguiente, el historiador tendrá que ser, desde luego, historiador, pero también y a un tiempo economista, sociólogo, antropólogo y hasta geógrafo.

Líneas adelante, Braudel extiende agradecimientos a la dirección del FCE, y a algunos de sus colaboradores y amigos, a Manuel Pedroso, Eduardo Villaseñor, Felipe Teixidor y muy especialmente a Jesús Silva Herzog. Siguen los reconocimientos a Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, José Miranda, Arturo Arnaiz y Freg, Pedro Bosch, y a dos jóvenes alumnos de Braudel: Pablo González Casanova y Ernesto de la Torre Villar, así como a los traductores de la obra. Esta enumeración no es en absoluto ornamental: es el trazo de la red, la misma que sustenta y prohija la traducción, en ese sentido amplio, integral, estructurante, que es el de la construcción del conocimiento. Un modelo colegiado para el entendimiento mutuo. Termina Braudel su prefacio:

Me alegro pues, de que, por encima de mi persona, a través de este libro que he compuesto con cuidado y con cariño, algo del pensamiento histórico francés sea difundido por todo el universo hispánico, gracias al poder de difusión de esa casa activa, admirable y simpática que es el Fondo de Cultura Económica.

Testimonios semejantes pueden sumarse, y entre ellos el notable prefacio del historiador italiano Antonello Gerbi a la traducción de su tratado La disputa del Nuevo Mundo: Historia de una polémica ,1750-1900, preparada y curada por Antonio Alatorre, aparecida en 1960. A diferencia de Braudel, Gerbi prefiere ahorrarse los agradecimientos, con una sola excepción:

No me agrada la costumbre de alargar al comienzo de un libro las listas de acknowledgements, y tampoco soy muy partidario de las dedicatorias, último vestigio de una costumbre dieciochesca. Un libro es un discurso que se dirige al lector. […] Pero en el presente caso, ese lector quedaría defraudado de un hecho esencial si le callase mi satisfacción por la colaboración que me ha prestado el traductor, Antonio Alatorre —que no solo ha controlado citas y datos bibliográficos, sino que ha elaborado una bibliografía que faltaba en la edición original e incluso me ha sugerido alguna útil referencia— , y sobre todo por la elegancia y nitidez de la prosa castellana en que, con amorosa y pacientísima fatiga, ha sabido expresar en todos sus matices mi largo discurso.

Trabajos filológicos de esta envergadura, que emprendería igualmente Margit Frenk, se deben a una estrecha colaboración que estableció el FCE con El Colegio de México y la UNAM, y que ha concebido en el plano de la edición también la custodia de una herencia teórica para generaciones futuras. El libro Ochenta años: Las batallas culturales del Fondo es un e-book que se inscribe en una pareja voluntad de resguardar la herencia, en este caso como historia cultural, y una de sus virtudes es el timbre crítico que mantiene respecto de los logros, pero también las insuficiencias de las sucesivas administraciones de esta casa editorial, hasta el presente. Si bien el libro no está en la veta de la mera celebración que frecuentemente obnubila los difíciles aspectos críticos, tampoco desconoce los sistemáticos logros de una empresa que carga consigo buena parte de la historia intelectual de un país. Sin embargo, Ochoa Sandy advierte sobre un cambio en la relación entre la editorial y el poder político, relación que es consustancial al proyecto mismo, pero que puede derivar en una su-bordinación que fracturaría la sana y productiva distancia que permitió al Fondo a lo largo de décadas desarrollar una extensa franja de alternancia crítica en su producción.

En diversos momentos de su trayectoria, se ha criticado al Fondo de Cultura Económica por el número muy considerable de traducciones que constituyen parte importante de su acervo. Para responder a ese prejuicio, baste comprobar, en sus catálogos, que el Fondo no solo nunca ha desatendido la producción nacional sino que la ha promovido dentro y fuera del país, acogiendo a cada paso a autores acreditados y noveles. Por lo demás, si la labor de traducir no es simplemente reproducir en otra lengua, cabe referirse a otro de los títulos fundamentales publicados por el Fondo: Después de Babel, en el que George Steiner —quien afirma haberse criado desde la cuna, indistinguiblemente en tres lenguas distintas, inglés, francés y alemán— establece una teoría donde toda forma de comunicación es traducción, desde luego entre culturas diversas, pero también dentro de una sola y misma lengua. Enseñanza, aprendizaje, divulgación, transmisión y, claro está, edición: todo ello es traducción. “Oír el significado es traducirlo”. Si pudiera encapsularse en una fórmula la gran batalla del Fondo de Cultura Económica, por esa vocación dialógica que ha mantenido a lo largo de ochenta años en el mundo de habla hispana y en fértil intercambio con la sociedad del conocimiento a escala internacional, quizá podríamos recurrir al título del célebre primer capítulo del tratado de George Steiner, que reza silenciosamente: “Entender es traducir”.

_________________________

SERGIO RAÚL ARROYO (Ciudad de México, 1953) es etnólogo egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y doctor en Arte y Antropología. Es autor de Aproximaciones a la modernidad y Mirada y memoria, entre otros títulos. Ha sido profesor en diversas universidades del país y ha estado al frente del INAH y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, de la UNAM. En 2006 recibió la condecoración de la Orden de Isabel la Católica que otorga el gobierno de España.

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