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¡No quiero que me recuerden!
Luis Villoro Toranzo
Cultura | Este País | Elvira García | 01.10.2014 | 0 Comentarios

Hablar tal vez fuese para el doctor Luis Villoro Toranzo (3 de noviembre de 1922 – 5 de marzo de 2014) un acto difícil. Desconozco si así fue siempre o únicamente al final de su vida. Era un convencido de que el individuo habla demasiado. Escribió de eso en La significación del silencio. En esta charla el silencio fue una presencia interrumpida por palabras hilvanadas. Sabía yo de la brillantez y sencillez de don Luis, pero no de su parco hablar; por ello, desde el pirmer contacto con él tuve un propósito: entreabrir una ostra que en su interior reserva una joya; de sus magras palabras iniciales don Luis se deslizó hacia un suave y cadencioso fluir discursivo, como en una danza.

Esta conversación tuvo lugar el 21 de mayo de 2009, en el iluminado y silencioso departamento del doctor Villoro. Ocurrió cinco años antes de su muerte y, sin embargo, sorprende cómo estaba cerrando capítulos. He aquí lo más importante de ese encuentro. EG

—Nació en Barcelona, de padres mexicanos. ¿Cómo fue eso?

—Mi padre era aragonés y se naturalizó mexicano. Mi madre nació en San Luis Potosí. Él murió en España, cuando yo tenía siete años de edad. Mi madre enviudó. Tuve con ella una relación muy estrecha.

Don Luis tuvo dos hermanos. Miguel y María Luisa, ambos ya fallecidos. Sonrió al recordar un pasaje de su infancia: de pequeño en España sabía bien cómo era el contorno de San Luis Potosí; su madre atesoraba un mapa de México en el cual coloreó su tierra; también cubrió de color el Distrito Federal.

“A papá lo conocí muy poco, porque viajaba continuamente a México. La última vez que regresó a España ya estaba muy enfermo y al mes siguiente murió. Mamá se dio cuenta de que no podía estar allá sola y regreso a su país, con los hijos; llegamos a vivir a San Ángel Inn”.

—¿En su infancia tenía amigos?

—No, no, no. Nada de eso. Era yo muy solitario; pensaba nada más en cosas mías y no hacía amigos. Sin embargo, mi niñez fue agradable; tuve muchas conversaciones.

—¿Con quién?

—Conmigo mismo.

—Dice que pensaba en cosas, ¿como cuáles?

—De niño se piensa en cosas muy diferentes a las de los adultos.

Villoro no reconoció influencia familiar en la decision de estudiar filosofía. “Mi vocación por la filosofía fue muy alejada de la historia que viví al interior de mi familia”.

No quiso que hablásemos de fechas. Sin embargo, compartió un recuerdo de sus días en la preparatoria con los jesuitas, en el Instituto Patria: “Tuve interés en aspectos filosóficos porque sufría una crisis grande, de adolescencia; un elemento de la crisis era que no sabía si podía tener un concepto de religión. Fui educado en el catolicismo pero no me satisfacía, e investigaba qué otra cosa pudiera conocer”.

De allí, confiesa Villoro, “nació la inquietud por pensar, que luego más tarde definió mi vocación filosófica”. Sin embargo, Villoro se inscribió en la carrera de medicina. ¿Por qué? Por influencia familiar, dijo. Y pasó tres años de su vida en esa facultad. Pero el desasosiego seguía: “En la carrera continuaron las preocupaciones de las que le he hablado, y sabía que me llevarían a una reflexión de otro tipo. De todos modos, seguí en medicina, parecía la más apta para vivir de algo. No había interés de vivir de otra cosa”.

—Eso ocurrió en 1944, después deja la carrera, ¿le disgustó ver sangre?

Villoro sonríe ante la expresión “ver sangre”, quizá le parece ingenua. Aclara: “No era por la sangre; de hecho, iba con frecuencia a los laboratorios. Dejé la carrera pues quería reflexionar sobre muchos asuntos, eso me llevó a la filosofía. Pero llegué gracias al influjo de José Gaos, mi profesor: era espléndido y fue el único maestro en serio que tuve; me apantalló tanto, me gustó tanto lo que decía que abandoné medicina y me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM”. No lo dice Villoro pero vale recordar que Emilio Uranga, su colega, también desertó de medicina.

—Gaos ejerció enorme influencia; fue toda una época.

—Así es: toda una época. Fue un gran profesor. Escribió mucho pero no me atrajo tanto su escritura; él era un gran escéptico —como todo buen filósofo— y, por lo tanto, no tenía sistema para enseñar, aunque después sí escribió uno, muy cuestionable.

El grupo Hiperión

La década de los cuarenta fue semillero de filósofos mexicanos; de esa época data el grupo Hiperión, nombre que —unos dicen— sugirió Gaos. (Hiperión, en griego: ‘el que camina en las alturas’). Lo integraban Jorge Portilla (1918-1963), Ricardo Guerra (1927-2007), Joaquín Sánchez McGregor (1925- 2008), Emilio Uranga (1921-1988) y Luis Villoro (1922-2014). Figuran también Salvador Reyes Nevares (1922-1993) y Fausto Vega (1927), pero Villoro no los mencionó.

—¿Hiperión cohesiona sus ideas filosóficas?

—Así es. Fue un grupo de estudiantes al final de la carrera. El más inteligente de todos, en mí opinión, era Emilio Uranga.

—¿Qué papel jugó Leopoldo Zea?

—Él era nuestro maestro y le interesaba el grupo, pero no participó. Zea fue ahijado, aupado por José Gaos.

Le menciono filósofos que reconocen la influencia de Leopoldo Zea en el grupo Hiperión. Acepta: “Sí. Zea ejerció una fuerza bárbara por los temas que abordábamos; de tiempo atrás reflexionó en eso que nosotros llamábamos ‘filosofía para el mexicano’, que estudiaba la situación real en la que estábamos; el grupo se dedicó a pensar cuál podría ser una filosofía para México desde México. Bajo la influencia de Zea, Hiperión se interesó en el tema”.

En la década de los cincuenta, Juan Rulfo y Carlos Fuentes escribían novelas de lo mexicano. Y en la filosofía, ¿qué? Pregunto: ¿Los miembros de Hiperión abren el camino a “lo mexicano”?

—Así es. Lo hicimos por influencia, sin duda, de Zea, pero también por nuestro interés. El grupo se apartó un tanto de la filosofía europea occidental. Buscaba una nueva vía para —como decía Sartre, de quien estábamos influidos— “pensar en situación”. Eso significaba pensar en nuestra situación. Por eso, Hiperión tenía el fin de concebir ideas propias. Como las que desarrolló Emilio Uranga. O el concepto de comunidad, de Jorge Portilla.

—Miembros de Hiperión conviven con Salvador Novo, Pita Amor, José Revueltas…

—Claro, porque Hiperión no solo estaba interesado en la filosofía, también en el pensamiento cultural mexicano, por eso se relacionó con literatos.

Hiperión, adiós

Según Villoro, Hiperión vivió dos años; ciertas fuentes dicen que nació en 1948 y se desintegró en 1952. El debut: charla sobre existencialismo francés. Otras: “¿Qué es el mexicano?”, en 1949; “El mexicano y su cultura” en
1951, y “El mexicano y sus posibilidades” en 1952.

Villoro dijo que el grupo desapareció porque “cada quien debía seguir su vida; algunos fueron al extranjero, como Uranga y Portilla. Otros nos quedamos; persistía la preocupación: concebir un pensamiento enraizado en la situación mexicana. Cada uno hizo su camino, yo empecé el mío con mi primer libro: Los grandes momentos del indigenismo en México. Me interesaba no el pensamiento de los indígenas, sino cómo veíamos los criollos y mestizos ese pensamiento. Luego escribí El proceso ideológico de la revolución de independencia (1953), que se origina en esa preocupación filosófica, pero también histórica y antropologica”.

—¿Y la mirada de quien no es indígena interpretando ese pensamiento?

Eso vendría en libros posteriores. Mucho más tarde di un giro para buscar el pensamiento indígena tal y como existe, no como lo han tratado los indigenistas desde fuera de él.

Le recuerdo a Villoro que en una época él y Leopoldo Zea tuvieron diferencias. Por primera vez abandona el muy bajo tono de voz y su respiración se agita. “Sí, fue un debate fuerte porque, bueno… Zea pensaba mucho en una reflexión filosófica afincada en el hombre y su circunstancia, tal como ya existía; yo, en cambio, en una crítica de esa circunstancia. De allí fui a una revolución hacia el pensamiento crítico, basándome en la situacion de México. Comenzó un debate sobre temas más ricos”.

La UNAM y la UAM

—En su primera etapa en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, ¿qué fue lo más importante?

—Era profesor e investigador. Mi libro más importante fue Creer, saber, conocer. Es una reflexión de la racionalidad, que es mucho más amplia que una filosofía de la circunstancia.

—¿Encontró usted eco en Fernando Salmerón y Alejandro Rossi?

—Ellos participaban de esa tendencia hacia una filosofía más universalista; estábamos influidos de una corriente de la filosofía analítica, aunque yo nunca participé. Me incliné por una aplicación de la filosofía a nuestro medio. Traté de hacer una síntesis de mis reflexiones sobre filosofía de México para México con una filosofía más universalista.

Villoro coincide con Salmerón en la fundación de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en 1974. Allí, Villoro crea y dirige la División de Ciencias Sociales de la Unidad Iztapalapa. Dice: “Me interesaba que además de la unam, que es mi madre intelectual, existieran otras universidades en la Ciudad de México, de allí mi entusiasmo. Fue un tiempo saludable y creativo. Participé en la contratación de muchos profesores y en infinidad de proyectos de investigación”.

En 1978 deja la UAM y retorna a la UNAM. En 1983 lo nombran Delegado Permanente de México ante la unesco en París, hasta 1987; regresa a la unam. Esta, como bien dijo, fue su “madre intelectual”: ingresó a ella antes de los veinte años de edad; desde allí iba hacia otras latitudes; en 1948 comenzó su docencia en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue secretario de la rectoría, director de la Revista de la Universidad de México; miembro de la Junta de Gobierno y de la Junta Directiva y jefe de Estudios Superiores de aquella facultad.

En la charla no hablamos de sus galardones, parecían no importarle. Pero no sobra indicar que fue miembro de El Colegio Nacional desde 1978; que en 1986 obtuvo el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía; que en 1989 la UNAM le otorgó el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades y que en 1989 fue designado Investigador Emérito del Instituto de Investigaciones Filosóficas.

La cultura occidental, la menos apta e interesante

—De sus libros, ¿cuál le gusta más?

El poder y el valor: Fundamentos de una ética política (1997) es el más completo que he hecho y me satisface porque repaso los temas que más me interesan: la ideología, la utopía.

¿Villoro era tímido o modesto? No lo sabré. Elogiar su obra le costaba. Sin embargo, por un instante se emocionó y se levantó de su poltrona, fue hacia un librero, sacó un libro: “Este es: Estado plural y pluralidad de culturas (1998). Me gusta particularmente pues es sobre culturas. Me interesa el muticulturalismo y la posibilidad de acceso a la reflexión de diferentes culturas. Para escribirlo fue muy útil mi experiencia con los zapatistas en Chiapas. Viviendo entre ellos caí en la cuenta de que la cultura occidental moderna no solo no es la única que existe, sino que es la menos apta, la menos interesante que hay. Ahora creo en el multiculturalismo”.

—La que domina en América Latina es la occidental…

—Sí, pero hay países que ya se inclinan hacia otras ideas; en ese sentido, el pensamiento indígena de América Latina es muy interesante. En Bolivia y Venezuela hay eclosión de ese pensamiento; en alguna medida, Ecuador vive un renacimiento influido del pensamiento indígena, que es opuesto al occidental.

—Ese renacimientoo va con los cambios en América Latina. ¿Existe relación?

—Tiene mucho que ver. Hay naciones unidas por el pensamiento indígena auténtico, el más interesante es el de Evo Morales. Según sondeos internacionales, el sesenta por ciento de los indígenas son partidarios de su gobierno. En México, en cambio, el pensamiento indígena es minoritario. Por eso me interesaron las ideas de los zapatistas que, siendo minoritarias, dan indicio de un pensamiento diferente al occidental moderno. Yo he tratado de colaborar bastante en eso. Mi último libro, el que estoy escribiendo, habla de eso. —Pregunté el título; no lo sabía aún. El volumen no se ha publicado.

—¿Por qué en México hacemos de lado las culturas originarias?

—Porque el capitalismo mundial rige y dicta esos comportamientos; el pensamiento originario no puede competir hoy con aquel.

Andrés Manuel López Obrador:

¿una esperanza?

Un mundo con más ética y menos injusticia fue la utopía que guió la última etapa de vida de Villoro Toranzo. En ese anhelo se inscribe su asesoría, desde 1996, para el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y su mediación en los Diálogos de San Andrés. En 2009 el doctor recibió una presea de manos del EZLN por su interlocución con el gobierno durante más de dos décadas, tarea que asumió cuando ya pasaba los setenta años. Admirable, le comenté. Él, firme, dijo que no: “No me importa si era o no admirable, yo sentía que era indispensable estar allí; era la vuelta a mis orígenes, a la raíz de mis reflexiones sobre una revaluación del pensamiento indígena”.

—Entonces, su cercanía con el EZLN cierra el otro lado de la pinza…

—Exacto. Justo eso traté y trato de hacer. En mis inicios me interesé sobre el pensamiento indígena, pero del modo en que los no indígenas lo veíamos; ahora me doy cuenta de que existe el pensamiento indígena y es diferente al modo en que los criollos lo mirábamos. Es un pensamiento auténtico. A futuro será una posibilidad de rehacer el multiculturalismo y el pensamiento auténtico, ese pensamiento no influido por la economía y los intereses capitalistas, sino un pensamiento que vaya a las raíces. Es lo que hacen los zapatistas en “La otra campaña”: acercarse a los intereses de los pueblos que están en oposición al régimen mundial.

—¿Algún día ese pensamiento será, si no dominante, sí más presente?

—Sí, para eso falta que cambie la sociedad y que… bueno, ya no hagamos futurismo. Pero es indispensable una transformación para que tengan su lugar ese pensamiento y esas estructuras sociales, lo cual supondría una resistencia frente a lo que está sucediendo en México.

Villoro ya no emite palabras con gotero. Ahora nacen fácil y en confianza. Aunque el tono susurrante va y viene y a veces es casi inaudible, el ánimo ha cambiado. Abro el tema Andrés Manuel López Obrador (AMLO), con quien él ha caminado un trecho desde 2006. Pregunto por esa decisión.

—De Andrés Manuel siempre he sido muy simpatizante, por una sola razón: he hablado con él de que sería indispensable que su movimiento se abriera a acciones favorables a los derechos de los pueblos indígenas. Traté de influirlo, pero no lo conseguí.

—¿Él es reacio?

—Era reacio, porque… a ver… ya no quiero meterme en estas cosas, se vuelven problemáticas… Lo diré: AMLO no simpatiza mucho con el multiculturalismo, piensa que hay que apoyar un capitalismo renovado. Soy más radical: asumir una postura donde los explotados por el capitalismo tengan voz. Eso supondría una conducta más bien revolucionaria y no escuché a amlo en favor de eso.

El tema lo sacude en su poltrona; se acomoda en ella. Menciono la contradicción de AMLO: ¡La base de su movimiento proviene del mundo indígena! Responde: “También lo veo contradictorio; desgraciadamente, los intereses locales fueron demasiado fuertes (en 2006): el PRD en Chiapas era muy poderoso y AMLO estaba anuente a las decisiones y acciones de ese partido allá”.

—¿Se alejó usted de López Obrador?

—No, ni quiero hacerlo, pero soy menos simpatizante que antes. Él sigue siendo una buena opción; lo será si toma conciencia de estar en contacto constante, sin alianzas, con “La otra campaña”. Ese sería el porvenir posible para este país.

—Pero AMLO no está en esa línea…

—En efecto, pero es muy inteligente y capaz; puede cambiar… y mucho.

¡No quiero que me recuerden!

Don Luis se nota cansado. En el silencio del departamento suena su voz ceceante. Comenta que ya escribe poco en periódicos. Divulgar es también tarea de un investigador, dice. “Es parte de la reflexión, pero ya me cansa escribir; estoy viejo y agotado”. Confiesa: su orgullo no es ser emérito. “El emeritazgo es un honor de nombre, nada más”. Ama dar clase: “Me importa mucho ser profesor”. Pregunto sobre sus pendientes. Este ser que está siempre en introspección guarda un largo silencio y recuenta: “¿Pendientes? Soy simpatizante del budismo, no del catolicismo ni del cristianismo. Voy más con una cosmovisión amplia, como la del budismo, que intenta dejar a un lado el ego, para partir hacia lo otro. Quisiera contribuir a pensar en lo otro de sí, que es una manera de ser, de actuar hacia lo otro, hacia lo sagrado y lo divino; no es una religión, es una actitud específica hacia lo otro, hacia lo que está más allá de uno. Y eso que está más allá de uno, lo otro, es lo que está fuera de mí. Es la enseñanza de los grandes pensamientos religiosos; la vivencia religiosa es lo que está más allá de uno mismo, que no es el individuo. Es cuando el individuo ya no tiene interés en sí mismo sino en lo otro, lo que está más allá de él. En resumen, a eso querría llegar con mi pensamiento”.

—¿Escribió sobre el silencio inspirado en el budismo?

—Es una reflexión: no hay que hablar mucho; es un pensamiento distinto al budismo. Hablamos demasiado, como ahorita.

Y ríe, reímos. Le digo que es una excepción. Ríe más.

—¿Cómo quiere que le recordemos en México?

—No me interesa que me recuerden, ¡no quiero! Que mis amigos y colegas estén tranquilos, pues yo he cumplido en la medida de mis posibilidades; y si van a recordarme que sea en eso: en que hice un esfuerzo para cumplir con algo. ~

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ELVIRA GARCÍA ha publicado reportajes y entrevistas en más de treinta medios impresos. Como columnista, ha escrito sobre la situación de los medios de comunicación en distintos diarios. También es conductora, productora y guionista de radio y televisión. Correo <gmaraelvira@ymail.com> y Twitter <@MaraElvira3>.

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