Mircoles, 30 Septiembre 2020
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Sondeos políticos y democratización
Este País | Histórico | Crespo José Antonio | 29.09.2009 | 0 Comentarios

LA REVISTA ESTE PAÍS se ha distinguido por la difusión y análisis de sondeos de opinión sobre diferentes temas del sentir ciudadano, lo mismo políticos que sociales y económicos. En los últimos diez años cuando apareció Este País, México ha cambiado sustancialmente, sobre todo en materia política. El país transitó de un régimen de partido hegemónico que se empezaba abrir, en el que el poder que había estado esencialmente monopolizado se empezaba a compartir con otras fuerzas políticas, a un régimen democrático en ciernes, que ha experimentado por primera vez en su historia una alternancia pacífica del poder, y que se encamina a configurar nuevas reglas de convivencia política, no sólo ya en lo electoral sino, sobre todo, en otros planos de la vida institucional.

 

En este inacabado -aunque avanzado- proceso de democratización, ¿cuál ha sido la incidencia de los estudios de opinión pública? ¿En qué han modificado la percepción o la conducta ciudadana? No es fácil determinarlo con precisión. Se podría caer en la tentación de brindarle a este tipo de ejercicios un peso enorme, desproporcionado, en el proceso de socialización democrática de la ciudadanía en general. Pero si bien la difusión de las encuestas no es la única variable pertinente en el proceso de cambio -ni quizá la más determinante- sí es una de ellas. Es cierto, también, que el consumo de las encuestas de opinión suele quedar limitado a un público más bien reducido, el público enterado, capaz de interpretar y asimilar las conclusiones que pueden derivarse de cada encuesta, o que cuando se divulgan a nivel masivo, se simplifican al grado de no decir gran cosa o de prestarse a graves distorsiones. Con todo, los sondeos pueden modificar en cierto grado la percepción que los ciudadanos tienen de sí mismos y sus ideas, generar una visión más clara de cómo se conforman y cambian sus valores políticos o sociales, y determinar con cierta precisión la distribución de las opiniones y el peso relativo de cada bloque de respuestas sobre diferentes tópicos. De alguna forma se sabe que todo autoritarismo -sea rígido o flexible- se respalda en cierto grado en el «aislamiento» de los ciudadanos y su ignorancia sobre si sus opiniones, sus anhelos, sus inconformidades son compartidas o no por otros ciudadanos, o hasta qué grado lo son. En esa medida son más vulnerables a la propaganda oficial, al no tener otros referentes que puedan contradecir abierta y nítidamente el mensaje de las élites gobernantes. O bien, en caso de cuestionar el mensaje oficialista, no sabe hasta dónde sus desavenencias son compartidas por otros ciudadanos. Tal situación se asemeja de alguna forma a aquella en que hipotéticamente se encuentran los actores del famoso «dilema del prisionero», según el cual, dos sospechosos de haber cometido un crimen son interrogados por separado; la policía plantea a cada uno un pacto para que, de confesarse culpables, pudieren recibir mayor o menor penalización dependiendo de cuál es el testimonio de su colega. El secreto de la técnica -que tiende a ser favorable a la policía- consiste en que los detenidos no pueden establecer comunicación para ponerse de acuerdo sobre la mejor opción mutua, ajustando los detalles de la declaración. Al no tener la posibilidad de contacto, difícilmente pueden ajustar una respuesta común, y ante la ignorancia de cómo declarará su compañero, prefieren optar por la declaración que más seguridad brinde a su propio interés, independientemente de cuál sea la decisión que finalmente tome su compañero.

 

El ejemplo se asemeja a la posición de la ciudadanía en un régimen autoritario, en que cada ciudadano, al encontrarse aislado informativamente, al no poder ponderar hasta dónde sus ideas, anhelos o inconformidades son compartidos por otros ciudadanos, tiende a comportarse en la forma más segura para él, partiendo de que quizá sus ideas son minoritarias, aunque quizá no lo sean. Pero no tiene modo de comunicarse con el resto de la ciudadanía -como no sea su círculo de convivencia cotidiana, al fin no representativo- para determinar qué tanto respaldo tiene en verdad el régimen vigente y, a partir de ello, qué conducta política es la que más le conviene desplegar, qué tanto éxito podrían tener ciertas estrategias de movilización o expresión política, marchas, movilizaciones, plantones, etcétera. El ciudadano sabe que si su animadversión al régimen es minoritaria, más le conviene conformarse, pues su abierta disidencia podría no sólo ser penalizada de una u otra forma, sino que no tendrá ningún éxito en cualesquiera sean sus propósitos. Pero de saber un ciudadano que su inconformidad es más la norma que la excepción, entonces se animará a desplegar con mayor claridad y firmeza su disidencia, pues habrá una mayor probabilidad de que dicha expresión tenga éxito en sus objetivos concretos.

 

Por lo mismo, todo autoritarismo, en la medida en que mengua su propia legitimidad, tendrá interés por mantener aislados a los ciudadanos de la información sobre lo que piensan y opinan en materia política. De ahí, en parte, la importancia de ejercer un fuerte control sobre los medios de comunicación -en particular los de mayor alcance y penetración- en los regímenes autoritarios. De ahí también su tendencia a manipular las encuestas oficiales -que tienden a presentar una opinión homogénea a favor, desde luego, del régimen vigente- o a prohibir los sondeos independientes. La aparición y libre circulación de encuestas independientes, que reflejan fielmente la opinión política de los ciudadanos, puede verse como parte de la liberalización o apertura limitada propiciada por un régimen autoritario, para ganar cierta legitimidad democrática, y también como un elemento que contribuirá a dar paso a una plena democratización. Esta apertura suele corresponderse con la liberalización de los medios de comunicación en general.

 

No es por tanto casualidad que la relativa apertura de los medios haya coincidido más o menos en tiempo con la aparición de sondeos independientes de opinión política. Pero así como en dicha apertura hay un esfuerzo oficial por moderar e influir en el contenido de los medios, o la utilización de ciertos medios e informadores para contrapesar la opinión independiente, también hay un esfuerzo por manipular ciertas encuestas, o contrapesar las de origen independiente con otros sondeos oficialistas, de dudosa veracidad tanto en sus métodos como en sus resultados, o incluso en su propia existencia (quién no recuerda la encuesta fantasma de la UNAM en 1988, que daba al candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari, una intención del voto favorable del 65%, y que se pudo comprobar que su realización no había tenido lugar).

 

Y a partir de ahí, la «cultora de las encuestas» ha venido abriéndose paso penosamente. Primero, la confianza sobre su autenticidad. La manipulación de las encuestas por parte del gobierno y el partido oficial, y después por los demás partidos -o sus aliados- era una tentación que el público no podía descartar, y que alimentaba su desconfianza generalizada por toda encuesta. Desafortunada pero comprensiblemente, manipulación en algunos sondeos ha habido.

 

Así fue en la elección presidencial de 1988, la más competida hasta entonces, cuando empezaron a emerger con más fuerza las encuestas políticoelectorales en México. No porque no se hubieran realizado sondeos profesionales antes de esa fecha, pero por lo general tenían un carácter esencialmente académico (para estudiar el comportamiento electoral y la cultura política) o bien las pocas que circulaban durante los procesos electorales tenían una confección claramente oficialista. En 1988, la mayor parte de las encuestas sugirió un triunfo holgado del PRI, que después resultó tan disputado que muchos hasta la fecha dudan de su veracidad, y muchos otros están convencidos de que el ganador real en tal contienda fue Cuauh-témoc Cárdenas. Nunca lo sabremos con certidumbre, pero lo que sí quedó claro es que las encuestas no tuvieron, en su gran mayoría, la transparencia suficiente como para reflejar lo que ocurriría en las urnas.

 

En 1994 los sondeos, en su mayoría, fueron más precisos. Pero en tanto arrojaban un holgado triunfo del PRI -poniendo a Cárdenas en un distante tercer sitio-, había pocos estímulos por parte del gobierno o su partido para manipular u ocultar las encuestas. Por el contrario, de lo que se trataba entonces era de publicitarias al máximo procurando hacer creíble un posible -y auténtico- triunfo del PRI. Pero los perredistas, en particular, no confiaron en la transparencia de las encuestas, tanto porque habían errado en 1988, como por la natural predisposición de los partidos a no creer en las encuestas que no les son favorables; el criterio preferido por los perredistas para hacer sus cálculos era la asistencia a los mítines, sin tomar en cuenta lo engañosa que ésta puede ser. Los resultados de 1994 coincidieron en lo fundamental con lo pronosticado por los sondeos -salvo pocas excepciones-, con lo cual éstos ganaron un buen monto de credibilidad, derivada de su gran precisión en ese proceso.

 

Pero buena parte del terreno ganado en 1994 se perdió en el año dos mil, pues lo cerrado de la contienda motivó de nuevo al PRI a utilizar los instrumentos de presión que le quedaban -aunque ya no tan eficazmente como antaño- para manipular, inventar u ocultar encuestas, y generar la ilusión de que podría todavía triunfar aunque fuera por un margen estrecho. Los sondeos que sugirieron un triunfo claro -aunque no abrumador-de Fox. o bien fueron ocultados en lo posible, o fueron contrarrestados por un sinnúmero de encuestas prefabricadas que arrojaban una victoria priísta. Dicho jaloneo volvió a poner en tela de juicio la autenticidad y eficacia de este instrumento de medición política, si bien el público enterado pudo distinguir entre las casas encuestadoras que se acercaron al resultado oficial (un triunfo claro o estrecho de Fox), frente a las que se alejaron marcadamente de él (una victoria estrecha o marcada de La-bastida), sea por fallas de método, por haber puesto precio a sus resultados, o por haber cedido a la coerción del PRI. La credibilidad de este último conjunto de encuestadoras, si es que la tenían, disminuyó significativamente, en tanto que las que lograron pronosticar el insólito resultado de la contienda, lograron ganar confianza y respetabilidad.

 

De cualquier manera, todas las encuestas -tanto las que daban el triunfo al PAN como al PRI- señalaban que el candidato del PRD estaría muy por debajo de sus dos principales contendientes, y que no tenía ninguna posibilidad de triunfar. Esto contribuyó a generar la dinámica del «voto útil» que, como se sabe, es aquel que se emite por una opción con la que no se comulga ideológicamente pero a través de la cual se pueden conseguir algunos de los objetivos buscados, si es que la opción preferida no puede conseguirlos. La existencia del «voto útil» contradice a quienes consideran que los sondeos electorales no influyen sobre el sentido del voto. De no crearse la percepción de que la opción preferida no tiene posibilidades de triunfo, no se generaría ese tipo de voto. Y vaya que fue decisivo en la configuración del resultado final (al grado en que el PAN obtuvo menos diputados y senadores que el PRI).

 

En la cultura de las encuestas políticas, que afortunadamente rebasa a las de pronóstico electoral, Este País ha contribuido en no pequeña medida a su desarrollo, evolución y divulgación. La tarea no está terminada; habrá que palpar con detalle y periodicidad cómo se transforman las percepciones ciudadanas ante los cambios políticos que empieza a provocar la propia alternancia partidista, así como otras mutaciones institucionales que sin duda alguna se registrarán en el futuro inmediato

 

 

El autor es profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

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