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Letras mexicanas en el siglo xx
Estampas para el Bicentenario
Cultura | Cecilia Kühne | 05.11.2010 | 0 Comentarios

He aquí la segunda entrega de estas estampas literarias, correspondiente al siglo xx, que complementa la publicada en el mes de septiembre. Con estos materiales, que la autora preparó especialmente para nuestras páginas, nos acercamos en este Bicentenario al panorama de nuestras letras en los siglos xix y xx.


I

Desde finales del siglo xix, México tenía un anhelo: llegar a la centuria siguiente. La Duquesa Job, como si en su caminar fuera arrastrando tras de sí las loas, leyendas y poemas para los héroes que habían restaurado la República, llegaba a una encrucijada: la del progreso y el orden, en oposición al tedio del exceso y el hastío. Los inventos aparecían con una rapidez que impedía la asimilación inmediata, pero los escritores utilizaban su capacidad visionaria para dibujar, a golpes de palabra, una sociedad ideal para el futuro. Los inventores eran los héroes de la modernidad. Y mientras los modernistas publicaban sus mejores obras y editaban sus más célebres revistas, su estética y su poética comenzaban a desvanecerse lentamente.

En 1894, a solamente seis años del final anunciado y el futuro prometido, aparece publicada en el libro En Turanía una declaración de principios del cuentista Ciro B. Ceballos:

Emancípese de la dictadura literaria de Ignacio Altamirano, prescinda definitivamente de esa automacia relegando al olvido el decálogo poco conceptuoso de ese grande hombre, de ese ilustre optimista que como todos sus coevos en su patriótico anhelo de crear una literatura nacional, alentó indebidamente, estableciendo un precedente inmoral, las ambiciones de muchos malos aficionados a las letras que hubieran alcanzado celebridad vendiendo alhajuelas de dublé o muñecas de porcelana que escalando con aparatos ortopédicos las alturas del monte Himneto.

Una época terminaba con ese párrafo. El sueño de Altamirano llegaba a su final. Antes nadie se hubiera atrevido siquiera a insinuar la inmoralidad del liderazgo cultural del Maestro Altamirano. Ni a rebelarse contra su poder. A cambio del nacionalismo, Ceballos ofrecía el decadentismo, la exaltación del bohemio, la glorificación del exceso. El escritor pasó seis meses en la cárcel de Belem y desde ahí se dedicó a atacar al porfirismo, a “los poderes gubernativos en que privan los soldadones, los ambiciosos advenedizos y los cómitres de la política de la especulación fiduciaria que debido a su estultez supina han obstruccionado el desarrollo entero del país”. El infierno carcelario, pues, había dado origen al insulto preciso y a la literaria administración de la ponzoña.

Otros escritores reaccionaron: cuentistas de la Revista Moderna como Alberto Leduc, Bernardo Couto, Rubén M. Campos y José Ferrel escribieron piezas notorias y corrosivas; otros, a medio camino entre la lectura obsesiva y la imitación, intentaron la literatura bajo la sombra de una dictadura añeja y una sociedad inmóvil.

Sin embargo hubo quienes, nacidos a mediados o a finales del siglo xix, pisaron ambos tiempos, escribieron y se volvieron grandes figuras. Amado Nervo fue uno de ellos.

Nacido en Nayarit en 1870 y poeta desde los dieciséis años, comenzó a publicar crónicas y críticas en diarios como El Nacional y El Mundo. Llamado, en sus mejores tiempos, “el poeta mexicano por antonomasia”, Nervo, a pesar de haber ido a París en 1900 y de ser buen amigo de Rubén Darío, no pudo evitar desafiar el aislamiento modernista y creer que la poesía y la vida debían ir de la mano. No lo convencía el culto a los “versos brillantes y las ideas nuevas”. No trabajaba con un vocabulario sino con todo el lenguaje. Había preferido forjar un cielo para contemplar un mundo.

El nayarita, sin embargo, también vivía su época. Cierta fascinación por la modernidad provocó que en muchos de sus textos escribiera la historia presumible de sus tiempos. Vaticina la aparición del fax en una crónica titulada “El teléfono-telégrafo”; publica el primer texto mexicano de ciencia ficción, “La última guerra”; decreta la desaparición del automóvil por el pésimo estado de nuestros caminos y la contaminación que causa, pero a la vez le gusta la iluminación eléctrica en la Catedral e imagina a muchachas conversando deleitosamente desde sus aviones. Sin embargo, no podía evitar su molestia ante las costumbres añejas de una sociedad que, como el siglo, parecía agonizar entre horribles estertores. Bajo el seudónimo de Rip-Rip, en diciembre de 1895 —sólo cinco años antes de que acabara el siglo— publica un artículo titulado “En este país”. Sarcástico, el poeta denuncia, critica y parece inaugurar una nueva tradición: la de hablar mal del terruño. En su texto, los lectores del periódico El Nacional leyeron lo siguiente:

¿Que París es muy bonito? Pues entonces, padres desnaturalizados, ¿cómo quieren ustedes que la pobre criatura que vivió en el cerebro del mundo viva sin enfermarse de tristeza en este país que será, cuando más, el intestino del globo terráqueo?
Allá hay muchos teatros y muchos boulevards, y muchas escenas paradisíacas. Aquí ni lo último. El vicio es un pobre vicio vergonzante que va de trapillo por calles apartadas.
Allá todo el mundo habla francés: hasta en los cafés cantantes lo hablan.
Aquí empezamos por que no hay cafés cantantes…
Aquí no hay nada… ¡Este país!
Y los buenos papás, que por proporcionar recreo e instrucción a sus hijos determinaron gastar fuertes cantidades sosteniéndoles en Europa, ven con tristeza que ni la Europa culta entró en ellos, ni ellos trajeron de esa Europa otra cosa que gérmenes de profundo hastío por todo lo que no es París, y de desprecio profundo para todo lo que es México.
¿Van por una calle y una ráfaga de polvo los hace estornudar?
Lo primero que sale de sus labios es la consabida frase: —¡Este país!
En este país, en efecto, no se puede andar por una calle sin estornudar.
Y el nostálgico se va muriendo a pausas de tedio (lo cual no impide que engorde) y compara, todos los días y a todas horas, y tiene, para cuanto ve, deliciosos mohines despectivos.
Llegará a viejo y tendrá aún en los labios a este país para maldecirlo.
Saliendo de México todo es Cuautitlán.
Saliendo de París, todo es México.
Para no hacer comparaciones, mejor es quedarse en Cuautitlán.
Así no se olvida el castellano, ni se destroza el francés.
En cuanto a las bicicletas, polainas y flores para el ojal, también las hay aquí en Cuautitlán.
¿Por qué ir pues a la capital de Francia?

Más allá de la nostalgia de lo que nunca se ha tenido, de la comparación —siempre lastimosa— entre nosotros, los pobres, y los demás afortunados, cuando por fin inicia el siglo xx los poetas ya no mueren de amor, ni de consunción, ni de tuberculosis. Ya no pierden la vida por los ideales políticos o la falta de higiene. Sus males se parecen más al tedio, el ocio y la melancolía. Ya no irán a París. Ni siquiera para celebrar exequias en el exilio.


X

II

X

Pueblo joven en su formación
definitiva, […] el dolor nos otorga
algo como una cuarta dimensión en
la experiencia y en la conducta.
Pueblo viejo en sus vetustas
e insondables tradiciones étnicas,
el mestizaje hace entre nosotros la
función de una juventud reverdecida,
así como el habernos acercado sólo,
desde hace pocos siglos, al banquete
de la civilización occidental.

Alfonso Reyes


X

Eran una minoría selecta, ávida de salud intelectual, con ganas de romper todo lo vetusto, lo que se oyera positivista, lo que lanzara el tufo rancio de las viejas teorías científicas y no fuera estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria. Si les preguntaban, decían querer respirar una cultura más amplia, obtener el oxígeno puro de las cumbres, el aire de los grandes clásicos del pensamiento. En aquellos años, apenas los primeros del siglo, la filosofía positivista gozaba de una situación académica legal en las instituciones oficiales del país y este positivismo, en las versiones de Comte, Mill y Spencer, imperaba en todas las escuelas. Fuera de esta filosofía, aseguraban sus partidarios, era imposible encontrar la verdad.

Aquel grupo de jóvenes no estaba para eso. En los corredores de la misma Preparatoria discutían a Schopenhauer y sus ironías, pasaban a los estudios de metafísica comentados por Kant, leían en voz alta las críticas inteligentísimas de Taine, las historias de Menéndez Pelayo, el Oscar Wilde de las Intentions y el De Profundis. Aturdían sus orejas de filisteos científicos con Nietzsche, porque era otro rebelde que a través de los siglos había extraído voces elocuentes del alma griega en su libro Origen de la tragedia y porque se daban cuenta de que Zarathustra les planteaba un problema estético importantísimo y todavía virgen de la significación de la música. Y eso los hacía volver a reír. La Crítica de la razón pura podía convertirse en el libro del día cualquier día, y poco a poco aumentaban los lectores de Eucken, Boutroux, Bergson, Poincaré, William James y Wundt.

Quedaba ya claro que si aquellos jóvenes tenían algún problema era el del conocimiento. Todavía más claro que eran un grupo —o mejor dicho un cenáculo— que si debía tener un nombre debía ser clásico. Y porque, como dijeron Platón y Aristóteles, el ignorante afirma y el sabio duda y reflexiona, se llamaron el Ateneo de la Juventud.

Su fundación oficial fue el 28 de octubre de 1909 y el proyecto de estatutos fue redactado por Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Jesús Acevedo y José Vasconcelos. Se estipuló que el objeto de la asociación sería trabajar en pro de la cultura intelectual y artística de México, celebrando reuniones públicas en las cuales se daría lectura a trabajos literarios, científicos o filosóficos, y organizando discusiones sobre temas escogidos de interés. Los socios serían fundadores, de número, concurrentes, correspondientes y honorarios. La duración de la sociedad sería indefinida, y no podría disolverse sino por acuerdo de la mayoría.

El Ateneo llegó a contar con más de sesenta miembros. Destacaba el grupo de los cuatro fundadores: José Vasconcelos, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, pero también lo integraban músicos, filósofos, artistas y escritores, forjadores de la literatura mexicana del siglo xx. Así los enumeró y catalogó Vasconcelos: Julio Torri, “humorista hondo y un extraño vidente”; Enrique González Martínez, “filósofo que sabe concordar la idea con la música y el metro”; Martín Luis Guzmán, “espíritu claro y vigoroso que pronto habrá de definirse con inconfundible relieve”; Diego Rivera, que ha dejado de pintar a la “manera clásica en la que ya era maestro, por amor de modernos sentidos esotéricos de la figura y el volumen”; Roberto Montenegro, que “desarrolla en sus cuadros la incitación de la lujuria femenina, en medio de misterios y sombras que apaciguan la sensualidad”; Manuel M. Ponce, que compone una música que “tiende a formar una escuela mexicana”; Julián Carrillo, que se prepara “a continuar la obra educadora del insigne maestro Meneses”; Isidro Fabela, sentido cuentista “narrador de costumbres y amores campestres”, y Mariano Silva y Aceves, el latinista, “que por culto a la perfección apenas osa escribir”. Y la lista era todavía más grande.

El Ateneo de la Juventud cambió su nombre por el de Ateneo de México —ya no eran jóvenes: “¡tenían veintitrés años!”, llega a decir Vasconcelos. Después del derrumbe de la dictadura porfirista, el Ateneo se incorporó al régimen de Madero y muchos de sus integrantes perseveraron en su arte. Su disolución llegó en 1914. Pero ya vemos en ellos a los investigadores, narradores, músicos, pintores y poetas del mañana que vendría. Dice Alfonso Reyes: “Habían aprendido ya las dos superiores leyes del oficio: conocer todos los libros, probar todas las emociones. Hoy los días son negros. No importa, a su tiempo lucirá el sol, y al amanecer del día siguiente hallaréis que los panales estaban rebosantes de miel, porque las abejas habían trabajado toda la noche”.

Reyes, como siempre, tenía razón. Él mismo y todos los ateneístas fueron no sólo origen y desarrollo de toda la cultura mexicana del siglo pasado, sino también protagonistas de todas las rupturas y forjadores de todas las tradiciones del siglo xx.

X

III


X

La historia del hombre podría reducirse a la de las relaciones
entre las palabras y el pensamiento. Todo período de crisis se
inicia o coincide con una crítica del lenguaje. De pronto se
pierde fe en la eficacia del vocablo «Tuve a la belleza en mis
rodillas y era amarga», dice el poeta. ¿La belleza o la palabra?
Ambas: la belleza es inasible sin las palabras. Cosas y
palabras se desangran por la misma herida.

Octavio Paz

X

¿Sabes, Carlos, que lo malo de ti es que eres no un poeta, sino dos? —le escribió un día José Gorostiza a Pellicer—. El que me gusta a mí —le decía— es el poeta de los sentidos. Ojalá que fueras siempre ese poeta. En el edificio de nuestra poesía, eres la ventana; la ventana grande que mira al campo, hambrienta, cada noche, de desayunarse un nuevo panorama, cada día. Nosotros —tú lo sabes— somos las piezas de adentro. Xavier (Villaurrutia), el corredor. Los demás, las alcobas. Hasta la última, la del fondo, que es Jaime Torres Bodet, está amagada de penumbras, con una ventanita alta a la huerta, y dentro, en un rincón, la lámpara en que se quema el aceite de todas las confidencias. ¿Salvador Novo? La azotea. Los trapos al sol. ¡Y ese inquieto de González Rojo, que no se acuesta nunca en su cama!

Para hablar de los así llamados “Contemporáneos” solamente otro poeta. Porque para definir a Carlos Pellicer hay mil nombres: el poeta del trópico, el del corazón en los ojos, el poeta en aeroplano, el del cántico de las criaturas. Lo mismo pasa con todos sus contemporáneos. El mero acto de leer alguna de las páginas que escribieron, de acabar atrapado en sus palabras, enceguecido por sus imágenes, calientito de soles amarillos, ahogado en los nocturnos mares, sin poder aguantar las carcajadas y con ganas de viajar a todos sus paisajes, convirtieron a este grupo en racimo de escritores favoritos. Pleno de los poetas mexicanos que más alimentaron el intelecto y el espíritu. Aparecen a cada momento en toda la historia de la poesía mexicana entre la última década del siglo xix y la sexta del xx, y es un grupo de “contemporáneos” que, en un proceso de conglomeración paulatina, fueron el paso más adelantado de la vanguardia hasta, con el tiempo, convertirse en la página más ejemplar del arte de nuestros antepasados.

Como siempre, el cosmos siguió su marcha. Y la literatura nuevos derroteros. Después de ellos surgió otra generación en la que muchos de sus miembros, curiosamente, habían nacido en 1914, justo el año en que se acabó el Ateneo de México. Fueron hombres surgidos durante las fragorosas horas de la Revolución, testigos de la polémica creación de las instituciones, familiarizados con las disputas nacionalistas y las cuestiones de identidad nacional y cultural, brutalmente críticos y conscientes de la responsabilidad intelectual y muy ocupados (y preocupados) por las tensiones y tentaciones de la vocación literaria. En los nombres de Octavio Paz, José Revueltas, Efraín Huerta, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Alí Chumacero se deletreaba una diversidad que habría de ser, otra vez, fundacional y fecunda. Y es que cada uno de ellos renueva los géneros que toca.

Octavio Paz, nuestro único e ilustre Premio Nobel de Literatura, caminó de la crítica histórica a la teoría literaria y a la poesía. Más frío que caliente escribió el mejor ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz e infundió a la figura del poeta una dignidad moral e intelectual
que nunca había tenido.

Juan Rulfo, de producción corta pero grandiosa, pareció aprovechar las características de un México superpoblado de fantasmas del pasado y espectros de la utopía. Y escribió Pedro Páramo, novela insólita e irrepetible, que curiosamente —como bien dice Adolfo Castañón— dio nueva vida al realismo después de haberle dado sepultura.

El mismo Rulfo dijo alguna vez:

Pedro Páramo no tiene origen. Es una de esas cosas que se le ocurren a uno. Producto de la imaginación. Allí utilizo la técnica del contrapunto, porque están rotos el tiempo y el espacio. Es decir, los personajes son todos muertos y los muertos no ocupan lugar en el espacio, ni en el tiempo. Quizás ni en la misma conciencia. Podría haber sido una novela explícita, pero el tema no se prestaba para ello y hubo muchas razones que obligaron al autor (yo) a no interferir en varios aspectos de la obra. Las cosas absurdas no son para discutir si están o no dentro de la lógica. En fin, eso lo descubrieron los críticos. Yo eliminé las explicaciones, las moralejas, de las que tanto se abusa en nuestra literatura.

La década de los cincuenta, tan renovadora, fue también testigo de la aparición de “el único grupo organizado en México que entendía el teatro no como una superposición de varios elementos independientes sino como una unidad”, según Juan García Ponce. Se trataba de Poesía en Voz Alta. Las representaciones de este grupo, que aspiraba volver a la palabra hablada despojando al teatro de artificios y convertir el hecho escénico en parte de la poética, se hicieron en el Teatro de El Caballito y en la Casa del Lago. La unam creó la colección Nuestros Clásicos y editó la Nueva Biblioteca Mexicana.

Los años sesenta trajeron otra ruptura. Fueron los tiempos de Picardía mexicana —libro de Armando Jiménez que tuvo setenta y ocho ediciones hasta la década de los ochenta—, cuando los escritos no temían llamarle sexo al sexo, agarrar la onda, escribir sobre droga y rock and roll o describir los alucines puntualmente. Octavio Paz entra al Colegio Nacional; Carlos Fuentes escribe La muerte de Artemio Cruz, una última bocanada revolucionaria, y también publica Aura, llena de fantasmas seductores. Salvador Elizondo publicó Farabeuf o la crónica de un instante y el tiempo y los hexagramas nunca volvieron a ser lo mismo. En los setenta llegó una reflexión intempestiva, donde la edad ya no era cronológica sino también espiritual. De nada valían ya, como es ahora, ni los años vividos ni el estar incrustado en un grupo generacional. Todos estaban allí: Sabines, Ibargüengoitia, Lizalde, Pacheco. Monsiváis anticipando su Entrada libre y Poniatowska pensando en Lilus Kikus. Todos leyendo las nuevas cosas de los viejos genios pero escribiendo en una esquina propia. Para lanzar al mundo otros significados con sus particulares y muy diversos signos literarios. Llegaron los noventa, años intempestivos, y el mundo no tardó en dar otro giro de cien años. Hoy estamos allí. Todavía pensando en la palabra.

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