El pasado mes de junio pude tachar un elemento que mantenía en mi lista mental de “cosas que hacer antes de morir”, una serie de actividades que uno va postergando y que posiblemente con el tiempo pierden interés y se acaban por olvidar.
Entre mis deseos estaba “Ir al Festival de Glastonbury”, aunque debo confesar que ya se había comenzado a borrar hacía algún tiempo. Pero desde hace tres años que tengo una banda de electro-folk latino-balcánico el anhelo recobró presencia, pero con dos palabras nuevas al final: “Ir al Festival de Glastonbury a tocar”.
Este sueño guajiro se cumplió después de enviar nuestro material a los organizadores y adquirir un apoyo vital por parte de la Dirección General de Asuntos Internacionales del CONACULTA. Es ahí donde inicia este relato: el miércoles 22 de junio hacia las 10 de la mañana, en la estación de metro del aeropuerto de Heathrow, en Londres, aguardaba al resto de la banda. El sábado anterior habíamos tenido una presentación organizada por Amanda Rodgers en el Hootananny Brixton, un pub al sur de la capital inglesa, a la cual habían llegado trescientas personas.
Aquella noche la locura estalló en Brixton, un concierto que nos llenó de energía y ánimo, y nos tenía muy emocionados esa mañana mientras íbamos rumbo a la arrendadora de autos. Habíamos apartado una camioneta para siete personas, pero cuando llegamos notamos dos detalles: primero, que ésta no incluía espacio para equipaje, por lo cual rentamos un carro más; y segundo, que sólo había automóviles de transmisión manual. Esto en un país donde se circula por la izquierda del camino, el volante está del lado derecho del coche, la palanca de velocidades se maniobra con la mano izquierda… y de milagro los pedales no están “al revés”.
En fin, gracias a que decidimos gastar unas libras más en un gps, llegamos a salvo a Glastonbury, no sólo porque evitó que nos perdiéramos, sino porque el dibujo revelaba cómo se debían tomar las afamadas “roundabouts”.
Hacia las siete de la tarde nos estacionamos; quisimos buscar a pie Shangri-La, el lugar en el que acamparíamos, viviríamos y tocaríamos. Mala idea: el sitio quedaba a una hora de distancia y, como nos perdimos, los sesenta minutos se transformaron en cerca de dos horas infernales, cargando algunas maletas y caminando sobre un lodo que se pegaba como chicle a las botas.
La mitad de la energía con la que nos habíamos llenado en Londres la gastamos en esa caminata; llegamos a Shangri-La de noche, muertos de sed y de hambre. Una vez adquiridas las pulseras que nos acreditaban como artistas, instalamos nuestra tienda de campaña y decidimos regresar a los coches para volver con todos los instrumentos a la mañana siguiente.
Nos levantamos y cargamos con todo sobre el lodo, en otra de las caminatas más agotadoras del viaje; finalmente llegamos al backstage, guardamos las maletas en un contenedor tipo tráiler, comimos e iniciamos la prueba de audio para tocar, hacia las seis de la tarde, por primera vez en el festival. Entre el cansancio extremo, lo abrumados que estábamos y el público escaso —aunque bailador—, quedamos algo decepcionados. Teníamos mayores expectativas, especialmente después de la incendiaria presentación en Londres.
Hippie business
Después de nuestro debut en Glastonbury vinieron los días de observación y disfrute entre centenares de bandas de todo tipo de géneros. Nosotros seguíamos divididos entre aquellos que se iban a dormir a los autos y quienes nos negábamos a caminar más y permanecíamos en la tienda de campaña. Sólo nos reuníamos para compartir nuestras comidas en lata: atún, frijoles y “chili & carne”. Cuando ya no podíamos con el antojo comprábamos comida en alguno de los cientos de puestos del evento, que abarcaban la sazón de casi todo el orbe y que tenían una clientela constante, día y noche.
Entre el público había grupos de personas vestidas de hadas, bufones, cavernícolas, guerreros fantásticos y demás disfraces, mientras que en la zona Arcadia arribaban “tribus urbanas” como cyberpunks y drag queens a bordo de autos alegóricos con música a todo volumen y bailando, como si de un concurso se tratara.
Por los kilómetros y kilómetros del Festival se hallaban, además de pequeños restaurantes, múltiples bares amenizados por grupos o por comediantes que improvisaban sketches. Incluso había una zona de juegos para niños y cuatro estaciones “Orange” para cargar los teléfonos celulares. En ciertos puntos se percibía un mal olor: las zonas de baños, ya fueran del tipo “Sanirent” o como gabinetes de metal sobre una inmensa fosa llena de agua y cloro.
Glastonbury se asemeja a una feria tradicional sajona, con el elemento extra del concierto masivo; es una suerte de institucionalización y comercialización del espíritu de los sesenta, el punto en que el hippie y el capitalista son uno, se nutren mutuamente o, al menos, llevan la fiesta en paz y generan un festival alternativo tremendamente redituable, con cerca de ciento sesenta mil asistentes que pagan boletos de unas trescientas libras cada uno.
Del escenario al avión
Pasaron los días de “descanso” —que incluían nueve horas de caminatas—; parecíamos dominar el evento, al menos ya nada nos sorprendía.
El domingo 26 de junio tuvimos dos presentaciones, una en un pequeño bar de sidras y otra abriendo plaza en el Gypsy Soundclash de Shangri-La. Ambas levantaron nuestro ánimo: tuvimos un público mayor y tanto la respuesta como el baile fueron mucho más enérgicos que en el debut, cuyo trago amargo olvidamos por completo.
Bajamos del escenario hacia la medianoche, felices pero corriendo, porque debíamos estar en Heathrow a las seis de la mañana. Después de cinco días traqueteados, había que manejar cerca de cuatro horas para abordar el avión de vuelta a México.
Hacia las dos de la mañana, tras la última caminata fangosa con los instrumentos a cuestas, estábamos listos para partir, con el tiempo muy justo, pero uno de los autos no encendía; entre el nerviosismo y la tensión, dos integrantes de la banda fueron a la tienda de campaña de la reparadora de autos; durante su ausencia una grúa de servicio casualmente llegó y nos pasó corriente. Como no había manera de avisar a nuestros compañeros que el problema estaba resuelto, aguardamos a que regresaran y emprendimos el camino cardiaco al aeropuerto, al que llegamos poco después de las seis de la mañana, para volver a México de ese festival que ha exprimido a la anarquía el lado económico y que deja una huella indeleble.
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Escritor, sociólogo y dj, BRUNO BARTRA ejerce desde 2000 el periodismo en medios como Nuestro Rock, Sónika, Replicante y Reforma. Es fundador y miembro de la agrupación de balkan beat La Internacional Sonora Balkanera.