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¿Decadencia o tentación de Occidente?
Cuaderno De Notas | Cultura | Este País | Gregorio Ortega Molina | 01.09.2012 | 0 Comentarios

La posmodernidad tiene sus limitaciones y sus limitantes. Si se conserva ese apego por los libros, el papel y su textura, el olor a tinta, las características de las guardas y las encuadernaciones, las primeras ediciones; si la lectura es un rito, hoy es necesario reorganizar la biblioteca con regularidad.

Simplemente porque los espacios así lo exigen. Bibliotecas como las que en México reunieron Alí Chumacero, Enrique González Martínez o Carlos Monsiváis, requieren de espacios que solo unos cuantos pueden darse el lujo de adquirir y, además, conservar. En consecuencia, es necesario deshacerse periódicamente de las obras que en un momento pueden considerarse prescindibles, aunque al día siguiente se necesiten para consulta, o embargue el arrepentimiento por haberlas regalado a un amigo, o donado a una biblioteca escolar.

En el predicamento de esa elección recordé cómo Leopoldo Duarte puso en mis manos, en 1967 o 1968, los cuatro tomos de La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, en la edición de 1949 de la Biblioteca de Ideas del siglo XX, dirigida por José Ortega y Gasset. Dudar en conservarla, o no, me remitió a lo que en su momento deduje de su lectura y a la búsqueda que hice de algunas respuestas, lo que me llevó a La tentación de Occidente, de André Malraux.

¿Cuál era la decadencia que ocupó la obra de Spengler? Las ciencias, las artes y la tecnología ofrecen al ser humano oportunidades que el autor jamás intuyó. Se anticipa, para quienes poseen grandes fortunas, que el promedio de vida superará —en excelente estado de salud— los cien años, que el cáncer y el sida dejarán de ser una amenaza, salvo para los pobres, o que los trasplantes de órganos serán cosa del pasado en cuanto la ingeniería genética ponga a punto la producción de lo que el paciente requiera.

En cuanto a las comunicaciones, la revolución cibernética modifica hábitos y costumbres que están lejos de reñir con la cultura: la renuevan y enriquecen. Habrá que transformar los hábitos de lectura y la manía de visitar museos y ciudades, cuando se puede pasear por esos lugares de manera virtual.

La manifestación de los afectos también sufre cambios en sus usos y costumbres, porque lo virtual llena el espacio, el ojo, suple la conversación por el mensaje y el neotexto remitido desde una cuenta de Twitter.

¿Qué es lo que motiva los reparos de Oswald Spengler? ¿Dónde encuentra él que Occidente está en decadencia, o se encamina a ella?

Recorro los cuatro tomos en busca de mis anotaciones, de los párrafos subrayados, de lo que en algún momento de hace cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años llamó mi atención:

Era la ley frente a los profetas. Pero cuando Jesús fue conducido a presencia de Pilatos, el mundo de los hechos y el mundo de las verdades se enfrentaron sin remedio ni avenencia posibles, con tan terrible claridad y gravedad simbólica, que ninguna otra escena de la historia universal es más impresionante. La discrepancia esencial que ya existe en el principio y raíz de toda vida en movimiento, solo por serlo, solo por ser existencia y consciencia, recibe aquí la forma más alta imaginable de la tragedia humana. En la famosa pregunta del procurador romano: ¿qué es la verdad? —única frase del nuevo testamento que tiene “raza”— está encerrado el sentido de toda la historia, la exclusividad de los hechos, la preeminencia del Estado, el valor de la sangre, de la guerra, la omnipotencia del éxito, el orgullo de un destino grande. A esto no contestó la boca de Jesús; pero su silencioso sentimiento replicó con la otra pregunta, con la pregunta decisiva de toda religiosidad: ¿qué es la realidad? Para Pilatos la realidad lo era todo; para Jesús, nada.

Lo anterior no es para olvidarlo, sino para darle una y mil vueltas. En una de ellas, durante 1968, mi padre me obsequió La tentación de Occidente, donde André Malraux pone en la pluma de uno de sus personajes lo siguiente:

Occidente, que ignora el opio, conoce la prensa. Esta lucha de ambiciones victoriosas o vencidas de un día: un periódico, ¡qué mundo no agita detrás de las pupilas de mirada ausente! Eso es lo que hace de la existencia de los hombres de nuestra raza existencias emparedadas. Nada las alienta sin que lo prevengamos. Piense, mi querido amigo, que acá tampoco existen hombres que no hayan conquistado Europa. Qué posibilidades de desprecio…

Allí es donde las aves empollan el huevo de la decadencia, en el nido de la manipulación, de las medias verdades y las mentiras inconfesables, porque los sentimientos, contradicciones, ambiciones y valores de los seres humanos permanecen fieles a ellos mismos, lo que cambia es la realidad que día a día se construye y esta, al modificarse, embelesa para que se crea que la verdad también cambia y de ninguna manera es invariable.

El siete de julio último, Manuel Rivas, en su columna semanal de El País, remacha la idea, más allá de la simple percepción:

La Catedral de Santiago ha funcionado como un auténtico supermercado espiritual, fundado a partir de una gran paradoja: la fertilidad de una tumba. Un extraño abrazo entre Eros y Tánatos. El Camino, con puntos de partida tan remotos como Armenia o Escandinavia, fue para mucha gente y durante mucho tiempo una ruta a la búsqueda de la fecundidad. En sepulturas medievales de toda Europa, sobrevive intacta, a la altura del corazón, la vieira, la concha de Venus, la insignia del deseo. El Camino fue también un eje de producción de propaganda bélica.

Hablando de reliquias, todavía se conservan las herraduras que calzaba el caballo blanco del Apóstol en la batalla de las Navas de Tolosa. Increíbles, sí, pero con una apariencia más verosímil que el estornudo del Espíritu Santo que se guarda en una botella en el Santa Sanctorum de Roma. La Catedral de Santiago es una obra extraordinaria de construcción y sustracción. La construcción llegó a lo sublime en la sonrisa pícara del profeta Daniel en el Pórtico de la Gloria. La sustracción se acentuó en la Contrarreforma con la perversión simbólica del Apóstol cristiano: “¡Santiago y cierra España!”. Y ese robo se culminó el 30 de agosto de 1936, cuando se sacó a la calle en procesión la urna con las reliquias apostólicas, cubierta por el fajín de capitán general de los ejércitos, y el arzobispo utilizó por vez primera la denominación de Cruzada para la guerra contra la República: “¡Dios lo quiere!”. Una horrible sustracción, que se remachó con la entrega de dos esculturas del divino Pórtico al dictador.

Todavía, que se sepa, en poder de la familia. La historia pasa, pero la Catedral sigue siendo una incesante factoría espiritual. Además del Códice Calixtino, la policía ha recuperado el facsímile del Libro de las Horas. No se ha destacado lo suficiente este último hallazgo. ¿No habían notado ustedes que en España nos han robado la hora?

En el momento que decidieron dar gato por liebre y que además las sociedades de todo el mundo lo agradecieran y se dieran por bien servidas, se inició la auténtica, la verdadera decadencia de Occidente, pero en ese instante también se inició la tentación de Occidente, porque si medio mundo logra tener como sucedáneo del opio a la prensa —lo anota Malraux—, los Estados pueden darse por satisfechos, porque el costo en seguridad social es menor, y los fundamentos del ensueño y la credibilidad mayores.

Pero la afrenta es más grande en Occidente, porque la diversificación de la prensa, su conversión a radio y medios electrónicos, su evolución favorecida por la revolución cibernética, permite que el consumidor elija su veneno personal, su engaño, su impostura a la vista de todos y, además, se discuta abiertamente acerca de los aciertos y errores con los cuales permiten que sea modelada su opinión, hasta convertirse en la mal llamada opinión pública.

A fin de cuentas llegué a la única conclusión posible: decidí conservar las dos obras, porque se complementan y son invaluables por lo que en un momento me permitieron conocer de las características del mundo en el que vivo, en el que la decadencia es una opción personal, tanto como la de la tentación. ~

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas Estado de gracia, Los círculos de poder, La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución Mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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