Martes, 20 Agosto 2019
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Tres textos de Red de agujeritos
Cultura | Este País | Gerardo Deniz | 01.01.2013 | 0 Comentarios

Los rastros de un piquenique

Vagábamos perdidos por el bosque cuando cierta mañana, en un claro, descubrimos los restos —no solo rastros— de un piquenique.

En la hierba escasa, incrustado aunque claramente definido, un gran rectángulo oscuro, muy oblongo, que empezó siendo un par evidente de considerables sarapes extendidos a lo largo, juntos. Observando de cerca se apreciaba el tejido, confundiéndose ya con el suelo, y los flecos blanquecinos de los extremos.

Sobre el rectángulo, una comida campestre de quizá dos años atrás. Doce plazas cuando menos, con platos desiguales repartidos por la periferia, quebrados varios, si bien aún en sus sitios. La mayoría, con más o menos tierra o suciedad, pero en conjunto bastante limpios por las lluvias. Vasos de vidrio grueso y de plástico rajado, color rosa mexicano. Innumerables botes de refresco y cerveza caídos, carcomidos, algunos todavía en pie. Otros muchos dentro de un gran balde amarillento, en la punta nordeste, entre fluido negruzco. Cuatro botellas de tequila y múltiples vasitos inconfundibles dispersos. Otras botellas, irreconocibles excepto la de whisky.

Vasijas y vasijas, todas de diverso material y tamaño (salvo dos ollas iguales, simétricamente colocadas, con sendos cucharones de peltre adentro). En los recipientes, todo y nada. Hojas muertas. A veces un tenedor. A veces pastas inmundas, nunca secas del todo, con huesos de aguacate o pollo. Dos o tres platones muy llovidos. Por todas partes, manchas y materias confusas. Distintos cubiertos, algunos sobre platos; cerca del centro del sarape norte, un yacimiento de cucharas de plástico.

En torno, tampoco el menor signo de violencia. Latas enmohecidas (ninguna de sardinas) al pie de un árbol contiguo. Algunas sin abrir, con etiquetas medio adheridas ilegibles. Incluso, casi oculto en la tierra, el fantasma de un abrelatas. Una o dos probables canastas repletas de materiales poco identificables, menos dos o tres piñas. La indagación minuciosa rindió, no lejos, medio periódico deportivo sorprendentemente presentado, aunque muy quebradizo. Sin fecha ostensible, pero un fácil estudio la averiguaría. Fuera del área directamente expuesta a la intemperie, se logró rescatar considerable número de filtros de cigarro. Al oeste, enganchado en un arbusto moribundo, había un condón; plantea problemas interpretativos porque estaba a escasos tres metros del banquete suspendido.

Por último, del lado norte, un hallazgo lógico y otro inquietante. El primero: aunque casi obliteradas, parecen quedar señales de una hoguera semihundida. Leña alineada, cenizas, tenedor grande, un posible salero, un encendedor barato y recipientes destrozados. Segundo: una frágil equis metálica enhiesta sobre abundantes residuos pegajosos y mixtos. En pocos momentos, sin embargo, la pesquisa analítica puso al descubierto cuatro ruedas: un cochecito de niño, dedujo el investigador. Tras largo silencio expectante, mientras removía lentamente con la punta del paraguas lo que, en el suelo, parecía provenir del contenido de aquella carriola, murmuró horrorizado que veía muchas pequeñas costillas y huyó. Fue esperado en vano hasta el equinoccio, para explicarle su equivocación, pues solo eran mimbres paralelos. Hasta el momento, la estratigrafía discierne tres niveles. El arcaico lo caracteriza cierto pedernal más largo que ancho, o sea fálico, exhumado 40 metros hacia el sur. Nivel intermedio: la hoguera, el abrelatas, el condón, parte de las colillas y tal vez el periódico. Nivel reciente: lo demás.

Los estudios continúan.

Viceversa, número 14, julio de 1994

Nada más una pisada

Pues existe, en efecto, la ciencia de las huellas, la icnología.

En diversos lugares han sido descubiertos rastros de animales prehistóricos. Son impresionantes, pues todo ello parece recién estampado. Incluso hubo un reptil, el quiroterio, del cual hasta hace unos treinta años (después, lo ignoro) solo se conocían huellas. Ningún fósil suyo, solo huellas. Para colmo, eran raras y parecían indicar que el animal tenía las manos y los pies al revés, con el pulgar hacia afuera. Owen estudió el problema y llegó a la conclusión de que el quiroterio, a cada paso, cruzaba las patas, delanteras y traseras, de suerte que las pisadas izquierdas procederían de las extremidades derechas y viceversa. Habría sido delicioso, a no dudarlo, pero, como tantas veces pasa, un análisis icnológico más profundo demostró que el quiroterio tenía, sencillamente, los cuatro meñiques divergentes.

Un momento culminante de la icnología llegó cuando Robinson Crusoe descubrió una huella humana —una sola— en la arena de la playa de su isla. “Remonté la orilla y volví a descender, pero fue igual, pues no vi más pisada que aquella”. Muy inquietante, por supuesto, aunque Crusoe no recalca debidamente lo más asombroso: ¿por qué una sola huella, impresa, como parece evidente, en mitad de la playa lisa? Nada más una pisada. Quizá de un ángel, descendido a tomar impulso (o imitando a Pegaso sin éxito, pues no brotó ninguna Hipocrene). Los ángeles dejan pisadas, y muy bellas; consúltese al respecto la última novela de Anatole France, capítulo 7.

Hasta hace unos años, en las lindes del valle de México vagaba cuando menos un puma vivo y libre. ¿Cómo se sabe? Gracias a sus huellas, por supuesto. Afortunadamente, nadie me ha comunicado cuándo fueron vistas las últimas, y para mí este puma legendario perdurará para siempre en el Ajusco o hacia Acoconetla. Las pisadas del abominable hombre de las nieves dieron demasiado de qué hablar. Las desdeñaremos discretamente, si bien conservando el frío, a fin de pasar a los pingüinos que habitan en el continente antártico: Pygoscelis adeliae, el pingüino por antonomasia (aunque no la mayor de las especies), con cierta frecuencia emprende, desde la orilla pedregosa donde nutre y educa a sus hijos, peregrinaciones tierra adentro —nieve y hielo adentro, mejor dicho—, hacia secretos santuarios que nunca descubrirán torpes exploradores más o menos humanos.

En libros serios, henchidos de datos exactos, se menciona, por ejemplo (1967): “…el rastro de un pingüino de Adélie, en la nieve, a 77º 30’ S y 98º 54’ O; el animal había recorrido 300 km y ascendido 1442 m…”. Pero ya leíamos en el diario de la expedición de Shackleton, a principios de siglo: “No bien nos pusimos en marcha después del almuerzo [lunch] cruzamos el rastro de un pingüino de Adélie. Fue muy sorprendente y se pregunta uno de dónde procedería. De seguro acababa de pasar, pues las marcas eran muy recientes. Había recorrido largo trecho sobre la barriga (cosa normal en los pingüinos), avanzando hacia el este, hacia el mar, aunque su procedencia sea un misterio, pues venía de donde la costa más cercana estaba a 50 millas, y le faltaban otras tantas para alcanzar alimento y agua”.

Esto ocurrió el 10 de noviembre de 1908. Con semejante hallazgo en el aire, por así decirlo, nada más natural que, el 27 de diciembre de 1909, Debussy compusiera el mejor de los preludios de su primera compilación: “Pasos en la nieve” se titula (“la espantosa tristeza del artista a solas con sus pensamientos, acosado por esas huellas fugitivas…” —según un comentarista).

Viceversa, número 15, agosto de 1994

Quemazón de condesas

El marqués Scipione Maffei, 1730, citado por el reverendo Jerónimo Feijoo en su Theatro crítico universal:

Entre los efectos admirables… que de tiempo en tiempo nos presenta la Naturaleza, apenas se ha visto cosa más estraña, que el funesto accidente arribado en Cesena, cuya descripción voy a hacer. Madama la Condesa Cornelia Bandi, muger de notoria piedad, y costumbres irreprehensibles, de edad de 62 años haviéndose acostado la noche del día catorce del Marzo próximo, fue hallada por la mañana muerta, y reducida a cenizas. Encontróse en el suelo del aposento cerca de la cama una masa informe de verdadera ceniza mui menuda, la qual se disipaba apretándola un poco con la mano, y dexaba los dedos mojados de una agua crassa, y hedionda. Mui cerca de el cadáver estaban las piernas, y pies enteros, y calzados, tres dedos de una mano denegridos, y ahumados. La cara, con una buena porción de cránio, no se reduxo a ceniza, como ni tampoco los sesos. El suelo estaba mojado de un humor viscoso, y de mal olor; las paredes, los muebles, y cama cubiertos de un hollín húmedo, y ceniciento, que no solamente havía estragado el lienzo depositado en los cofres, mas havía penetrado a la cámara contigua, dentro de las alhazenas de dicha cámara, y aun a la cámara superior, donde se notó sobre la pared una agua hedionda algo amarilla…

Feijoo advierte que, si él admite este cuento, es solo por venir de quien viene (¡del marqués de Maffei! —uf). Cuánto más le habría valido, ay, conservar su juicio, de ordinario tan sano. Pues el caso de esta condesa lo lanza a otro de sus entusiastas dispendios de erudición, donde se barajan las asombrosas propiedades del “Phósphoro” con el tema de la “patria del rayo”. Imposible seguirlo, por falta de espacio.

Aquella condesa afortunada habría sido víctima de la “combustión espontánea” (de la cual siguen ocupándose con frecuencia, hoy, múltiples publicaciones para retrasados mentales). Más de doscientos años de “observaciones” produjeron varios tratados (cuando menos el primero, de 1663, en latín) donde el fenómeno era considerado indiscutible. Unos opinaban (como Zola) que hacía falta una llama iniciadora; otros (como Feijoo) pensaban que la tragedia se gestaba muy adentro en el cuerpo…

Hasta que, en 1847, la combustión de la condesa Görlitz (intenso mundo, el de las condesas…) mandó definitivamente al diablo el problema, pues pudo incluso demostrarse que había sido, en realidad, asesinadita antes de achicharrarla. Sendas monografías, de Liebig y de Tardieu, creyeron dar jaque mate a la combustión espontánea humana, por imposible, 1850-51, sumándose al veredicto también negativo de Regnault y Pelouze, en torno a “un obrero alcohólico que, habiéndose introducido en la boca una bujía encendida, fue carbonizado por una llama azul que le salió de los labios…” (Espasa). Nos faltaba el alcohol.

Llegó entonces la “literatura naturalista”, cuyos autores —nos relatan los expertos— eran purititos positivistas. No vacilaban en sepultarse durante semanas en bibliotecas especializadas, a fin de que sus descripciones de una gonorrea o de la maduración del queso Roquefort fuesen rigurosamente e-xac-tas. Pues bien, Le docteur Pascal, 1893, novela de Zola —que no he logrado consultar pero cuyo resumen conozco—, incluye un pasaje emocionante donde un borrachón se inflama durmiendo y solo deja una mancha de grasa y un poco de ceniza en el suelo. Como cualquier vieja condesa, en una palabra.

¿Se documentaría imperfectamente Zola? Allá él y sus tomaduras de pelo “científicas”. En realidad lo irresistible —se nota a leguas— era castigar ejemplarmente a un señor malo, feo y vicioso.
Viceversa, número 18, noviembre de 1994 ~

* Volumen que reúne los ensayos que Gerardo Deniz publicó en la revista Viceversa en forma de columna mensual. Recientemente publicado por Editorial Ficticia.

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GERARDO DENIZ (Barcelona, España, 1934) es uno de los poetas más importantes del exilio español. Creció en Suiza y en 1942 llegó a México, donde ha vivido desde entonces. Su verdadero nombre es Juan Almela pero comenzó a usar seudónimo cuando publicó su primer poemario. Experto en química, afecto a todas las ciencias, políglota y filólogo. Ganador del premio Xavier Villaurrutia en 1991. Deniz ha publicado más de diez libros de poesía entre los que se encuentran: Adrede (1970); Enroque (1986); Grosso modo (1988); Amor y oxidente (1991); Mundonuevos (1991), y Ton y son (1996). En 1992 publicó Alebrijes, su único libro de cuentos hasta ahora, además de varios libros de ensayo.

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