Martes, 11 Agosto 2020
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Una ventana, una puerta, un asomarse de modo distinto
Almanaque | Cultura | Este País | Cecilia Kühne | 01.02.2014 | 0 Comentarios

Mercedes Fernández

El sabio es como lumbre o hacha grande, espejo luciente y pulido de ambas partes, buen dechado de los otros, entendido y leído; también es como camino y guía para los demás. El buen sabio, como buen médico, remedia bien las cosas, y da buenos consejos y doctrinas, con que guía y alumbra a los demás, por ser él de confianza y de crédito, y por ser cabal y fiel en todo; y para que se hagan bien las cosas, da orden y concierto con lo cual satisface y confronta a todos respondiendo al deseo y esperanza de los que se llegan a él, a todos favorece y ayuda con su saber.

Historia General de las cosas de Nueva España,

Fray Bernardino de Sahagún.

No vino al mundo con pretensión de fama o fortuna alguna. Todo fue sucediendo poco a poco y de vez en vez. Aunque, citando un texto náhuatl, en una ocasión dijera que ya desde el vientre de su madre se preveía lo que iba a ser. Que eso le había pasado a él. Se refería, tal vez, a los paseos que de niño realizaba con su tío Manuel Gamio a explorar Teotihuacán. O quizá al “periodiquito” que hacía circular entre familiares y amigos a los doce años, confeccionado y escrito por él mismo. Pero seguramente sí a su condición de ser universitario. Puma, pues. Eslabón fuerte como el oro y joya muy preciada de la Universidad Nacional Autónoma de México. Historiador, filólogo y filósofo, maestro e investigador, Miguel León Portilla develó, casi por primera vez, buena parte de nuestra raigambre histórica y nos la puso delante. Nos ha regalado la obra de toda su vida, una auténtica arqueología de las palabras, las imágenes y las ideas de los pueblos del México prehispánico. (A ver si nos damos cuenta de que los antiguos mexicanos continúan dando sustento, luces y carácter a todo lo que hoy escribimos, pensamos y creamos.)

Quienes ordenan cómo cae un año, y cómo todo sigue su camino en la cuenta de los destinos y los días, y cada una de las veintenas, quiso que Miguel León Portilla celebrara ochenta y ocho años en el mes de febrero. Marca el almanaque el día veintidós del año 1926 cuando vio por primera vez la luz del mundo. Nacido en la Ciudad de México, cursó sus primeros estudios en Guadalajara.

“La historia me atrajo desde los años de mi infancia” se puede leer en su semblanza de la Academia Mexicana de la Historia:

Leía cuanto libro caía en mis manos, sobre todo los referentes al pasado indígena y colonial. Desde entonces admiré, entre otros, a Bernal Díaz del Castillo y a Francisco Xavier Clavijero cuyas obras encontré en la casa en que vivía, situada por cierto en la calle de Joaquín García Icazbalceta, 93. Concluida la secundaria, estudié en el colegio de los jesuitas en Guadalajara. Allí se acrecentó mi interés por la historia, aunque me sentí desde entonces atrapado por preocupaciones de índole filosófica. Para mí la filosofía no era asunto de interés meramente académico. Me atraía como camino para encontrar respuesta a preguntas que consideraba —y sigo teniendo— como de requerida respuesta. Después de la preparatoria estudié varios años en Loyola University en Los Ángeles, California, de nuevo con los jesuitas. Aprendí varias lenguas; leí los clásicos griegos, latinos, españoles, franceses, ingleses, alemanes y otros más. Historia y filosofía siguieron siendo mis ocupaciones y preocupaciones primordiales. Fue entonces cuando leí algunas de las traducciones que el padre Ángel María Garibay K. había publicado de poemas, cantares, discursos y otros textos de la tradición náhuatl prehispánica. Su belleza y profundidad me cautivaron. Decidí acercarme a cuanta obra —crónica, historia o texto— me permitiera ahondar en lo que fue el pasado indígena en el que se habían producido esas expresiones.

 

Aquel momento crucial, hito en la propia historia de su vida y su pensamiento, lo llevó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y a establecer una relación fructífera tanto en lo académico y lo personal con Garibay, quien sería, además, determinante en su profesión. Para empezar fue su tutor en los estudios de doctorado, su maestro de lengua náhuatl y la mano que lo acercó a códices y otras fuentes indígenas que le causaron asombro y maravilla (además de la perfecta llave que le abrió las puertas de su perseverancia en el trabajo y el estudio). Cuenta, además, que lleva trescientas páginas escritas de sus memorias y que uno de sus capítulos se llama “Anécdotas en mi trato con Ángel María Garibay”, donde recuerda un consejo de su maestro: “No te fijes solo en los pueblos indígenas de la historia, piensa en los de hoy”.

Su examen de doctorado fue en 1956, y su tesis: La filosofía Náhuatl estudiada en sus fuentes, además de ser uno de sus textos más relevantes, es un estudio fundamental para la historia precolombina. En la edición revisada de 1959, León Portilla escribe:

Como todo lo que en alguna forma es portador de vida, también los libros vuelven a vivir cuando su significación se actualiza en la conciencia de quienes los leen. Además, desde un punto de vista diferente, los libros se mantienen vivos cuando, al ser reeditados, sus autores, a su vez, los reactualizan enmendando posibles deficiencias y añadiendo lo que consideran necesario a la luz de la aportación de ulteriores investigaciones, ajenas y propias. En la presente edición, que por ello califico de nueva, he hecho una y otra cosa: enmendado carencias y la he adicionado con un texto que intitulo: “¿Nos hemos acercado a la antigua palabra?”.

Y es que, además de haber establecido la esencia del pensamiento de los antiguos mexicanos —no por una definición a base de género y diferencia específica sino por un engarce de los rasgos o aspectos más significativos del ser del filósofo, que ilumina la realidad como “una gruesa tea que no ahuma”—, se ocupó también de la importancia de la palabra. No hay que olvidar que durante mucho tiempo quedaron del todo ignorados dos puntos en la cultura náhuatl, no obstante su fundamental importancia: la existencia de una literatura y de un pensamiento filosófico entre los nahuas.

Antes de la obra de León Portilla, las manifestaciones del arte y la cultura en los grandes centros del renacimiento náhuatl, como Texcoco y Tenochtitlán, eran casi puro asombro. Deleite de propios y extraños, como se lee en las Cartas de Relación de Cortés y en las historias de Bernal Díaz al describir la maravillosa arquitectura de la ciudad lacustre con su gran plaza y sus edificios de cantera, hasta los informes de Humboldt, los diarios de Madame Calderón de la Barca y todas las cartas que los viajantes extranjeros escribieron tratando de contar cómo era México. Pero nadie sabía nada de la palabra, de la poesía, de cómo expresaba el hombre indígena la visión de su propia existencia y su relación con el universo. Y es que nadie había leído a León Portilla.

Una autoridad mundial, autor de una obra extensa, miembro de El Colegio de México, la Academia Mexicana de la Historia, con varios títulos académicos, premios y condecoraciones, en la ocasión de este, su cumpleaños número ochenta y ocho, Miguel León Portilla declaró que tres son las razones que lo mantienen activo y con una “memoria magnífica”: el trabajo sistemático, la familia y haber encontrado una manera de relajarse. “Parezco tenso, pero no lo soy, es que hablo con vehemencia”, dijo.

Hace muchos años, escribió:

Mi propósito es seguir trabajando hasta la muerte. Como soy “emérito”, mi vinculación con la Universidad Nacional Autónoma de México perdurará hasta ese momento. Subsisten en mí las preocupaciones filosóficas. Muchas preguntas han quedado sin respuesta pero la filosofía me ha sido una luz incomparable en la comprensión de la historia. Soy consciente de mis grandes limitaciones. Me duele haber caído en equivocaciones pero me consuela aquello que repetía mi maestro Garibay: “Si Dios, que es infinitamente perfecto, hizo este mundo con tantas deficiencias y erratas vivientes que somos los humanos, ¿qué tiene de extraño que nosotros caigamos en falta, descuidos y errores?”.

 

Pero pocos de sus alumnos, lectores, conocidos o escuchas, podríamos señalar algún error, algún descuido. A lo mejor solamente no habernos aprendido alguna de las formas lingüísticas que nos enseñó o no estar continuamente recitando uno de sus poemas más queridos:

Cuando muere una lengua

entonces se cierra

a todos los pueblos del mundo

una ventana, una puerta,

un asomarse

de modo distinto

a cuanto es ser y vida en la tierra.

Cuando muere una lengua,

sus palabras de amor,

entonación de dolor y querencia,

tal vez viejos cantos,

relatos, discursos, plegarias,

nadie, cual fueron,

alcanzará a repetir.

 

Además de la felicitación para él, un enhorabuena para nosotros, porque todavía lo tenemos y porque también sabe las incontables cosas que nos ha regalado:

Mucha alegría me ha dado escuchar varias veces a personas que no conocía antes, y que me dijeron que algún escrito mío les había abierto otros horizontes en la vida y les había hecho sentirse contentos y aún orgullosos de ser mexicanos. Todo lo que pueda realizar en los años que me queden lo haré con el propósito de que expresiones como esa sigan siendo verdad.  ~

_______

CECILIA KÜHNE (Ciudad de México, 1965) es escritora, locutora, editora y periodista. Cursó la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y estudios de maestría en Historia de México. Editó la sección cultural de El Economista por más de seis años y aún sigue colaborando. Fue directora del Museo del Recinto a Don Benito Juárez y becaria del Fonca. Es coautora del libro De vuelta a Verne en 13 viajes ilustrados (Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, México, 2008). Se desempeña como jefa de contenidos en el IMER desde hace siete años.

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