Monday, 17 December 2018
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Ernesto de la Peña para intrusos
Cultura | Este País | Vicente Quirarte | 01.05.2014 | 0 Comentarios

Lourdes Domínguez

En un sentido homenaje a uno de los eruditos de la lengua más reconocidos y estimados de nuestro país, Quirarte nos habla de los hitos de la extensa labor cultural de Ernesto de la Peña: escritor, lingüista, académico y, sobre todo, un divulgador incansable del saber y el conocimiento.

Ernesto de la Peña era un hombre de mundo y un hombre del mundo. Por su exigencia, respeto, cultivo y sabiduría de la palabra, el uso de la preposición lo modifica todo. Era un hombre de mundo porque su conocimiento de las variadas riquezas del alma recibidas en nuestro breve tránsito las dedicaba no solo a su placer personal sino las prodigaba a los otros, ya fuera su inverosímil bagaje filológico, ya su fino y punzante sentido del humor, ya su erudición y placer gastronómicos, que compartía particularmente con su María Luisa, “amor, presencia y motivo”, según reza la dedicatoria del autor en su libro Don Quijote, la sinrazón sospechosa, publicado en edición privada por Javier Quijano Baz para celebrar los ochenta fecundos años de existencia de un hombre que supo mantener la creatividad y la alegría del niño.

Ernesto de la Peña era un hombre del mundo porque nos pertenecía a todos, como lo demostraron sus incontables escuchas radiofónicos que se dieron cita para despedirlo en el Palacio de Bellas Artes. Nos hacía sentir que la cultura, antes de ser intimidante, es la suprema forma de ser en el mundo y conquistar la felicidad nacida de la plenitud y no de espejismos efímeros.

Sabio es la palabra que nos llega de manera instantánea cuando pensamos en definirlo. En fechas recientes, hemos perdido físicamente a otras dos figuras mexicanas que, como él, encarnaban conocimiento vivo: Guillermo Tovar y de Teresa y José Emilio Pacheco. El sabio es un ser que nace cada cien años, y basta que lo sea para respetarlo y agradecer su existencia. Ernesto de la Peña, como los antes mencionados, era además un creador que supo vencer las barreras impuestas por su excesiva y ejemplar autocrítica. El creador es lúdico, subversivo y rebelde de sí mismo. Debe estar tocado por el ángel de la inteligencia pero su pluma debe ser movida igualmente por el demonio de la imaginación. Ernesto supo volar con ambas alas. El otorgamiento del Premio Nacional de Ciencias y Artes hizo justicia al hombre de letras y al lingüista. El Xavier Villaurrutia, al libro Las estratagemas de Dios, alarde de precisión donde admiramos las conversaciones del hombre con la divinidad así como la prosa decantada en la que están vertidas; en él es admirable además su profundo conocimiento de los mitos; su poderoso arsenal lexicográfico que le permite escribir el nombre de Dios en más de treinta lenguas; su tratado sobre la rosa consagra el necesario y difícil arte de la monografía; sus traducciones de textos doblemente complejos, en apariencia opacan el fulgor de sus libros de estricta creación literaria. Digo aparentemente porque detrás de su cortés brevedad se nota la cartografía espiritual que condujo a espléndidos resultados. Le sucede lo mismo que a Leonardo da Vinci, cada una de sus obras es tan vasta y representa un esfuerzo tan titánico, que al mirar el bosque perdemos de vista los árboles.

A Ernesto le gustaba que me gustara El indeleble caso de Borelli. Hasta ahora me doy cuenta de que se trata de una complicidad solo compartida por quienes están en el misterio. De la Peña logra con su novela uno de los más altos textos de la literatura neogótica, convencido de que no hay géneros menores cuando se practican, como es su caso, con pleno convencimiento y talento para convertir cualquier trabajo en arte mayor. La amplitud de su vocabulario, su conocimiento de notas y matices del siglo XVIII se despliegan en la narración con una fluidez que nos hacen acercarnos a él una y otra vez. La prosa de Ernesto de la Peña permite y exige la visita continua, como sucede con la música de Mozart. El extraño caso de Borelli y los cuentos que integran Las máquinas espirituales ofrecen, respectivamente, una nueva parábola del vampiro y de lo que comúnmente llamamos ciencia ficción. Las palabras articuladas por el personaje de uno de los textos de Mineralogía para intrusos constituye una poética integral de su obra:

No hay seres de mayor mudez en la creación que las humildes piedras, sostén de nuestros pies, pero tambien filos de nuestras lanzas y masas de nuestras hachas. Y así, quité la mordaza a las cuevas y medité en el lenguaje mineral, expresado en colores, acumulaciones y distancias.

 

Quitar la mordaza equivale, en la poética ernestina, a que el misterio se convierta en conocimiento compartido, en comunión con lo que de más auténtico poseen.

A todos nos soprendió con Palabras para el desencuentro, libro de poemas aparecido en la colección Práctica Mortal que edita particularmente a jóvenes con una obra sólida. Todo poema, sobre todo si es de amor, se articula para salvarnos del naufragio, más bien, para dar testimonio del naufragio. Nombrar la desesperación es trascenderla. Paradójicamente, los mejores poemas de amor, los que mejor recordamos, son aquéllos que exaltan el desencuentro. Hay poetas que fechan sus poemas y esa es una labor que sirve tanto al autor, para fijar su bitácora espiritual, como para sus estudiosos. Hay un tercer motivo, y es el de Ernesto de la Peña: al fechar sus poemas, muchos de ellos de hace más de medio siglo, sorprende la unidad de tono, el viento negro que sopla a lo largo de todo el libro, la luz que en medio del desastre se construye.

En la poesía de Ernesto de la Peña hay hondura, reflexión y sabiduría conceptual. Pero sobre todo hay desgarramiento, pasión y entraña. El yo desaparece porque su autor no quiere lamentarse en primera persona sino crear ese yo impersonal y poderoso que da testimonio del más cotidiano y terrible de los combates. “El amor que fue mío y no es de nadie”, concluye el poeta, erguido en medio del naufragio. Debido a este claro sentido de composición, Palabras para el desencuentro se ciñe a la exigencia de José Gorostiza, quien pensaba en el poema simbólico, íntegro, que diera cuenta cabal de una idea del mundo: un tema y sus variaciones. El de este libro es el desasosiego ante la certeza de que nada dura, y de que el tiempo cobra con saña pero también con galanura el atrevimiento del artista y del libertino, esos trasgresores que comienzan por experimentar con su propio cuerpo y apuestan, al mismo tiempo, el alma. Lo inmediatamente perceptible, desde los primeros versos, es el viril combate con los desafíos que la existencia opone a quien se atreve a enfrentarla con lealtad y pasión. El poeta habla con un semejante que es también su hipócrita lector. Al mismo tiempo, quien habla es el amor que increpa al amante y a lo amado. Esta brutal confrontación de energías, donde la sensualidad y el espíritu se enfrentan, evita la confesión personal y logra que la vivencia del yo se transforme en la oración del amante. Lo circunstancial aparece disfrazado gracias a que el autor se vale del simultaneísmo y la transposición de imágenes; de los poemas en secuencia que examinan un tema desde distintos ángulos; del desolado y tierno y furioso amor que no se sacia.

Cuando un hablante deja de articular el discurso de la tribu, una estrella se apaga. La hipérbole es mayor, mucho mayor, en el caso de Ernesto de la Peña. Perderlo fue perder una galaxia entera, palpitante de energía en constante renovación. Para fortuna nuestra, sus programas siguen sonando en la radio como plena confirmación de que la voz del supremo hechicero no se extingue. En la Academia Mexicana de la Lengua extrañamos sobremanera su presencia. Su asistencia activa en la Comisión de Consultas retrasaba los avances en el desahogo de las preguntas que a ella llegaban porque cada intervención suya, para gozo y aprendizaje de los privilegados integrantes, era una lección de filología, de historia y de amor al idioma, cuya práctica nos distingue de nuestros hermanos animales. En las reuniones del pleno, siempre era el más inconforme y el que con mayor entereza defendía la heteredoxia como la única forma posible y deseable de libertad.

Se fue de este mundo con la espada en la mano. Unos cuantos días antes de su tangible y para nosotros dolorosa partida había escrito y pronunciado su conferencia “Las realidades en El Quijote”, para recibir en el Colegio de México el XXVI Premio Internacional Menéndez Pelayo el 6 de septiembre de 2012. Como en otros textos suyos, vuelve a leer la historia interminable, a encontrar en ella tesoros de una fuente inagotable. Gracias, maestro de la Peña, por su permanente lección de aprendizaje y alegría, vocaciones que nos enseñó a convertir en una sola. Gracias por hacernos comprender la enorme responsabilidad y la importancia de llamarse Ernesto. ~

* Este texto fue leído en el homenaje “Ernesto para intrusos: la obra poética y prosa de Ernesto de la Peña”, que se llevó a cabo en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 11 de marzo de 2014.

________

VICENTE QUIRARTE (Ciudad de México, 1954) ha publicado decenas de poemarios entre los que se cuentan La luz no muere sola (1997), El ángel es vampiro (1991, Premio Xavier Villaurrutia) y la antología Razones del Samurai 1978-1999 (2000). Es autor también de ensayo —recibió en 1990 el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas por El azogue y la granada: Gilberto Owen en su discurso amoroso—, narrativa y obra dramática. Como editor se ocupó de la redacción de la Revista de la Universidad de México y de la dirección del Periódico de poesía. Ha sido director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y de la Biblioteca Nacional de México. En 2003 ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua.

 

No hay respuestas para “Ernesto de la Peña para intrusos
  1. Noé Ramírez dice:

    Gracias al Maestro Vicente Quirarte por reconocer y recordar al gran hombre que fue Don Ernesto de la Peña y por mostrar solamente los orillas y olanes de la gran obra escrita. Pero el sabio ha dejado su palabra escrita y retumbando en los oídos sus sabias palabras que manan como agua pura y cristalina para siempre.

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