Sbado, 04 Julio 2020
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El extraño mundo de las «celebridades»
Cultura | Identidades Subterráneas | Bruno Bartra | 24.11.2010 | 0 Comentarios

Po­ca gen­te en el mun­do no ha es­cu­cha­do ha­blar de Lady Ga­ga. Las pá­gi­nas edi­to­ria­les del pe­rio­dis­mo del es­pec­tá­cu­lo han de­rro­cha­do tin­ta tan­gi­ble y elec­tró­ni­ca en ha­la­gos a la mu­jer que ha ro­to to­dos los estereotipos, que se ha alzado co­mo una fi­gu­ra al­ter­na­ti­va en el pop y que en ma­yo es­ta­rá en Mé­xi­co.

Los ana­lis­tas se­ña­lan al es­cán­da­lo co­mo el prin­ci­pal ve­hí­cu­lo del éxi­to de es­ta ar­tis­ta de vein­ti­cua­tro años; otros afir­man que se tra­ta de su es­té­ti­ca vi­sual, prin­ci­pal­men­te la de los vi­deos y la mo­da que vis­te, con ta­co­nes muy al­tos, ro­pa ajus­ta­da, an­ti­fa­ces, más­ca­ras, som­bre­ros exó­ti­cos y has­ta ves­ti­dos he­chos de car­ne de res. Al­gu­no por ahí men­cio­na la mú­si­ca co­mo un ele­men­to del éxi­to.

Ha­bría que ana­li­zar esas teo­rías: des­de el pun­to de vis­ta de la mú­si­ca co­mo fac­tor de la po­pu­la­ri­dad, de en­tra­da hay que no­tar que la ma­yo­ría de las re­se­ñas de su más re­cien­te gi­ra ha­blan de lo que se ve, y no de lo que se es­cu­cha. Por otro la­do, hay que sa­ber que Lady Ga­ga, an­tes de in­ter­pre­tar su mú­si­ca, es­cri­bía can­cio­nes pa­ra ar­tis­tas pop co­mo Brit­ney Spears (aque­llos prefa­bri­ca­dos por las dis­que­ras con el úni­co ob­je­to de ven­der). Así, su fór­mu­la mu­si­cal es la mis­ma: una me­lo­día pe­ga­jo­sa, un rit­mo ca­den­te y una le­tra que ha­bla de amor o de­sa­mor.

Aun­que es ver­dad que en las ver­tien­tes del pop “prefa­bri­ca­do” exis­ten ten­den­cias, y Lady Ga­ga fue una suer­te de res­pi­ro des­pués de ca­si vein­te años de la fu­sión de r&b, rap co­mer­cial y pop co­mo cons­tan­te en prác­ti­ca­men­te cual­quier pro­duc­ción de ese ti­po, el so­ni­do de Ga­ga re­to­ma el rit­mo de la mú­si­ca elec­tró­ni­ca de club pa­ra bai­lar —prin­ci­pal­men­te el hou­se y el dan­ce— mientras que sus melodías se ins­pi­ran en la mú­si­ca co­mer­cial ochen­te­ra, con un li­ge­ro to­que de glam rock. En cier­ta for­ma, lo que Ga­ga en­sa­ya aho­ra es al­go si­mi­lar a lo que el dúo Everyt­hing But the Girl ex­pe­ri­men­ta­ba en los años no­ven­ta, aun­que el re­sul­ta­do en es­te caso era un pop ex­pe­ri­men­tal y en el de Ga­ga es un pop es­tán­dar.

En el te­rre­no de la mo­da y la es­té­ti­ca vi­sual, Ga­ga es qui­zá más in­no­va­do­ra que en su mú­si­ca, si bien aquí es mu­cho más cla­ra la in­fluen­cia del glam y del pop art de las dé­ca­das de 1970 y 1980. La no­ve­dad qui­zá no ra­di­ca tan­to en la es­té­ti­ca co­mo en los ob­je­tos en los cua­les la uti­li­za, co­mo la ro­pa. Con el dis­cur­so vi­sual de sus vi­deos su­ce­de al­go si­mi­lar: con­lle­va un len­gua­je ci­ne­ma­to­grá­fi­co que abre­va de las mis­mas co­rrien­tes ar­tís­ti­cas de di­chos años.

Los “looks” y es­té­ti­cas es­cé­ni­cas de Lady Ga­ga ya han per­mea­do a gran par­te de las   “ce­le­bri­da­des” pop. Al usar ele­men­tos que apa­ren­tan ser su­ma­men­te “con­cep­tua­les” —o abs­trac­tos— pe­ro tras los cua­les exis­te una in­ten­ción me­ra­men­te de­co­ra­ti­va —al­go to­tal­men­te con­cre­to—, to­do el uni­ver­so icó­ni­co de­ri­va­do de Lady Ga­ga po­dría te­ner un des­ti­no si­mi­lar a  la es­té­ti­ca de los años ochen­ta, que fue de­tes­ta­da en las dé­ca­das sub­se­cuen­tes da­da su ten­den­cia a la exa­ge­ra­ción y a la su­per­fi­cia­li­dad.

Fi­nal­men­te, es­tá el es­cán­da­lo que, po­dría de­cir­se, sí ha si­do el ve­hí­cu­lo del éxi­to, pues a raíz de él se ha di­fun­di­do in­fi­ni­ta­men­te más la obra de es­ta ar­tis­ta pop. Lo cu­rio­so es que en rea­li­dad no es el al­bo­ro­to lo que lla­ma la aten­ción, si­no que Lady Ga­ga lo pro­vo­que: no im­por­ta a quién es­can­da­li­za, si­no el he­cho de que lo ha­ga. En el fon­do, ca­si na­die es­tá es­can­da­li­za­do, pe­ro to­do el mun­do se in­te­re­sa por sa­ber qué ha he­cho aho­ra. Mien­tras tan­to, las co­sas que real­men­te dis­gus­tan a mu­chas per­so­nas no sue­len te­ner tan­tos se­gui­do­res en las re­des so­cia­les, ni de­ri­var en ven­tas mi­llo­na­rias de pro­duc­tos.

El es­cán­da­lo es, en el fon­do, una suer­te de pan­ta­lla que cu­bre el he­cho de que mu­chos pe­rio­dis­tas quie­ran ha­blar de ella, sea por­que les gus­te o por­que la com­pa­ñía dis­que­ra los bom­bar­dea con bo­le­ti­nes de pren­sa so­bre to­do lo sor­pren­den­te que ha­ce ca­da día. Por ejem­plo, fue una gran no­ti­cia que Lady Ga­ga se con­vir­tie­ra en la per­so­na más se­gui­da en Twit­ter, pe­ro no las de­ce­nas de per­so­nas que lo hi­cie­ron po­co an­tes que ella; tam­bién fue muy so­na­do que un vi­deo su­yo fue­ra el más vis­to de la his­to­ria de You­tu­be, pe­ro cuan­do és­te fue su­pe­ra­do por uno de Jus­tin Bie­ber na­die hi­zo so­nar bom­bos y pla­ti­llos. Tam­po­co se men­cio­na que en Fa­ce­book es­tá en cuar­to lu­gar y en Mys­pa­ce en vi­gé­si­mo.

Pe­ro la me­nos cul­pa­ble de to­do ello es Lady Ga­ga: si los pe­rio­dis­tas quie­ren de­cir que es un es­cán­da­lo, tan­to me­jor pa­ra sus ven­tas y su po­pu­la­ri­dad; qui­zá mu­chos lo ha­gan por­que les gus­te que rom­pa con cier­ta so­lem­ni­dad del me­dio o por el he­cho de que una mu­jer que es­tu­dió en el Sa­gra­do Co­ra­zón sea tan abier­ta­men­te se­xual.

Lo que de­be que­dar cla­ro es que de­trás del im­pre­sio­nan­te apa­ra­to que la res­pal­da, es­tá una pro­pues­ta mu­si­cal ca­si ca­ren­te de in­no­va­cio­nes y un dis­cur­so hue­co —tan­to en las le­tras co­mo en la es­té­ti­ca— que apa­ren­ta una pro­fun­di­dad ema­na­da del ar­te pop. Aun­que se la ha ubi­ca­do co­mo una fi­gu­ra al­ter­na­ti­va por ha­ber ini­cia­do en la “es­ce­na de ba­res” de Nue­va York, Lady Ga­ga no lo es en ab­so­lu­to —hay ba­res pa­ra to­dos los gustos y estilos. Lo que sí su­ce­de es que tu­vo que es­for­zar­se más en “pi­car pie­dra” que el co­mún de los ar­tis­tas pop.

Es­tá por ver­se si Lady Ga­ga lo­gra dar el pa­so más di­fí­cil: man­te­ner­se en la ci­ma del pop y no ser otra es­tre­lla fu­gaz, co­mo la ma­yo­ría de las que pue­blan el fir­ma­men­to de las “ce­le­bri­da­des”.

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