Jueves, 06 Agosto 2020
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El doble filo del world music*
Cultura | Este País | Identidades Subterráneas | Bruno Bartra | 01.11.2012 | 0 Comentarios

Se escucha una tuba funk acompañada del timbre agudo de una serie de percusiones de Medio Oriente y, al cabo de unos momentos, entra una melodía arabesca, con la peculiaridad de que su instrumentación es la de una banda gitana de alientos del este de Europa. La pieza es “Ya Rayah”, del DJ alemán Shantel, quien ha sido el encargado de poner el llamado balkan beat en el mapa sonoro contemporáneo. Pero esta pieza es un cover a la interpretación del punk franco-argelino Rachid Taha, quien a su vez actualizó una versión célebre en el mundo árabe de los años setenta a cargo del berebere argelino Dahmane El Harrachi. En el camino, la cantidad de tradiciones y géneros musicales violentadas fue muy alta.

De manera similar, en los últimos años hemos podido escuchar el llanto bluesero de una guitarra eléctrica desde el Sahara, acompañado del ritmo de los tuareg —nómadas que deambulan entre Malí y Argelia— del grupo Tinariwen, o el inigualable canto de Kasse Mady Diabate, grabado en medio del desierto africano con la ayuda de unas baterías de automóvil. Años atrás, en 1997, a partir del disco Buena Vista Social Club, el son y otros ritmos cubanos acapararon los reflectores del mundo, al mismo tiempo que la película Underground, de Emir Kusturica, reveló la vasta música gitana de los Balcanes. La variedad musical de África, Asia, América Latina y Europa del este había comenzado a invadir tiendas de discos, catalogada en la ambigua sección de world music.

No es ningún secreto que el término world music fue inventado por las compañías disqueras trasnacionales para etiquetar a esta enorme cantidad de música que no cabía dentro de las categorías occidentales. Pero, ¿qué ha hecho que esta etiqueta, tan desdeñada por músicos y académicos, se haya extendido enormemente, inspirando páginas y páginas de textos de periodistas, científicos sociales y antropólogos?

Todo esto está ligado a un orden mundial que desde finales del siglo XX dejó de girar en torno a Inglaterra, teniendo como nuevo centro político y económico a Estados Unidos, dando así inicio a una forma de globalización en la era posmoderna en la cual se le da un lugar muy importante a la diversidad cultural, generando una suerte de nuevo exotismo dentro del cual el hombre culto es aquel que ha experimentado mayor número de culturas, probado la mayor cantidad de platillos internacionales o escuchado música de los puntos más remotos de la Tierra.

Ese proceso se aceleró en la década de los noventa pues, tras la caída del Muro de Berlín y el fin del mundo bipolar, los mercados del capitalismo global se multiplicaron. Esta posmodernidad también trajo consigo un aumento masivo en la migración de los países subdesarrollados hacia el “primer mundo”, de tal forma que, mientras los productos de consumo físico del centro inundaban al “tercer mundo”, otros productos llegaban a las grandes potencias desde la periferia: aquellos intangibles, como la música y otras formas de arte que a la postre transformarían por completo a las sociedades desarrolladas. Este intercambio cultural a su vez fue acelerado por la creación de internet y los diversos sitios de intercambio social y cultural dentro de su red global.

Como parte central de la vida humana, la música se ha transformado a la par de esta evolución global: a mediados de la década de los setenta, músicos como Cheb Khaled, de Argelia, y Manu Dibango, de Camerún, huyeron de los regímenes autoritarios de sus países y se establecieron en Francia para lanzar desde ahí sus propuestas, generando los primeros modelos de un «otro» que, si bien era exótico, también era alternativo y vanguardista. En los ochenta, el nuevo flamenco de Paco de Lucía y Camarón de la Isla ya había crispado la piel de múltiples personas por todo el orbe, mientras que el nigeriano King Sunny Ade y Angélique Kidjo, de Benin, comenzaban a girar por el planeta promoviendo la música africana moderna. Al mismo tiempo, el cantante inglés Peter Gabriel exploraba ritmos africanos, y grupos como Mano Negra en Francia, Los Fabulosos Cadillacs en Argentina y Maldita Vecindad en México fusionaban el rock, punk y ska con folclore de todas partes.

En ese tiempo también se modernizaron las políticas migratorias de diversos países del primer mundo, facilitando los trámites para obtener residencias y nacionalidades, fomentando el crecimiento de comunidades trasnacionales calificadas como nuevas diásporas del siglo XXI. Así, tenemos fuertes escenas de música indostánica en Londres y Nueva York, con agrupaciones como Red Baraat o Asian Dub Foundation; de rap con banda sinaloense y sonidos latinos con grupos californianos como Akwid y Ozomatli; la escena de hip-hop turco alemán o el rock árabe y el rap hecho en Francia. Todos estos géneros de la diáspora moderna son creados en conjunto entre migrantes de los países de origen de la música, otros migrantes e intérpretes locales.

En la última década también se ha dado el caso de la creación de fusiones trasnacionales en sitios a los que no llegan los migrantes, pero sí su música. El ejemplo más cercano que tenemos es la escena Balkan-Mex del DF, con grupos que fusionan elementos de los Balcanes y del este de Europa con rock, funk, electrónica y música mexicana; fusiones similares a partir del balkan beat se están dando en Bogotá y Argentina, al mismo tiempo que en Barcelona, desde fines de los noventa, cobró auge el rock mestizo con grupos como Dusminguet y Macaco que incorporaban música del norte de África y Latinoamérica a la rumba catalana.

Cabe señalar que estas fusiones han sucedido siempre, desde los sones mexicanos que derivaron de la dinámica de “Cantes de ida y vuelta” entre España y sus colonias, hasta mediados del siglo XX, cuando el rock and roll estadounidense se comenzó a interpretar desde casi todas las latitudes; también está el caso de la música popular del sur de España, donde durante siglos convivieron judíos, cristianos y musulmanes, amasijo cultural del cual surgieron la multitud de “palos” que conformaron el flamenco. La música siempre ha estado en movimiento y evolución, tomando elementos de su entorno cultural para renovarse; la peculiaridad de la creación actual es la velocidad a la que viajan y hacen colisión géneros musicales geográficamente distantes, pues no es los mismo navegar entre Europa, Asia y América por internet, que hacerlo a través del Atlántico y el Pacífico en barcos de vela.

Volviendo a la actualidad, para estas escenas musicales de la diáspora las raíces y la nostalgia son un motor creativo, pero se debe prestar atención a lo que teóricos de la posmodernidad como Stuart Hall y Homi Bhabha han señalado: las raíces pueden ser utilizadas tanto para impulsar las diferencias culturales y el entendimiento entre estas, como para homogenizar todo dentro de un nuevo exotismo que simplemente limite el auge de la diversidad. Para ilustrar el punto, podríamos contrastar el trabajo de los artistas que he mencionado hasta ahora con el de Ricky Martin, Shakira y Tarkan, cuya música no es resultado de la experiencia dialéctica dentro de una comunidad cultural sino que, desde el momento de ser creada, está pensada en función de las ventas que pueda tener en un mercado.

Entonces, ¿de qué mundo es el world music? Su realidad es la del doble filo de la posmodernidad, donde las tradiciones y las raíces ajenas al primer mundo pueden ser utilizadas tanto para fomentar la diversidad como para contenerla. Así, al world music también le sale un doble filo: por un lado concibe la música como algo estático, intenta homogenizar la diversidad y rebanar cualquier callo disparejo que sobresalga; pero tiene otro lado que procura abrir una brecha dentro de ese exotismo homogéneo.

En ese sentido, cuando mencioné al inicio de este texto que la versión de Shantel de “Ya Rayah” —cuya traducción es “el migrante” o “el viajero”— violentaba a una gran variedad de géneros musicales y tradiciones, me refería a la perspectiva de tradición desde el lado más reaccionario: las heridas que abren piezas musicales como esta son precisamente aquellas que permiten el flujo de la diversidad. Su filo traza las rutas para escapar del nuevo exotismo y de la homogeneización de la posmodernidad.

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