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Brasil: 13 de julio de 2014
Este País | Paola Velasco | 01.06.2014 | 0 Comentarios

“¡En esta hora de sol puro […] oigo el canto enorme de Brasil!” Manuel Bandeira repetía con exultación estos versos de Ronald de Carvalho la mañana siguiente al domingo 29 de junio, día en que se jugó la final de la copa del mundo de 1958. Toda la noche había permanecido con el grito de gol resonando en su cabeza: ¡Gol! ¡¡Gooooool de Brasil!! ¡¡Una jugada espectacular de Brasil!! Su cerebro repetía el mismo lenguaje bullicioso de vocales alargadas empleado por los locutores a quienes, él como millones, escuchó desgañitarse ante cada anotación; narradores extraordinarios que sabían crear un suspenso de los que las coronarias no aguantan; que convirtieron en leyenda la fantasía del futbol. Porque uno espera de los comentaristas algo más que solo la exposición del repertorio de jugadas —“fulano se la da a mengano, mengano la devuelve para fulano, fulano avanza, aparece perengano, intenta con zutano”—; lo que se les exige es que nos iluminen la estrategia que se está montando, que guíen la sensibilidad, por ejemplo, al esfuerzo de una efusiva dupla, a la táctica del equipo y, sobre todo, a la pasión que se deja en la cancha.

Con ese clamor vio el alba Manuel Bandeira y así amaneció el pueblo entero, en vigilia y confundiendo el grito victorioso de gol con los fuegos artificiales que debían dedicarse para celebrar a San Pedro y San Pablo, pero que se lanzaban en cambio como homenaje a los campeones. Religiosidad de la fanaticada que tronaba en el cielo los cinco goles con los que la selección brasileña venció a Suecia, que solo pudo anotar dos y en su propia casa. El día anterior, el capitán de Brasil, Hilderaldo Luiz Bellini, fallecido el 20 de marzo de este 2014, levantaba por fin la copa Jules Rimet.

No puede decirse que el júbilo fuera exacta y únicamente por hacerse del campeonato por primera vez. A nosotros bastaría esa satisfacción si México, que nunca ha pasado de algunos pobres triunfos pasajeros —como reza el tango—, ganara un mundial. Aquella conquista provocaba más que la excitación de haber ganado la Copa, colmaba una sed que estriaba hacía mucho el ánimo de un pueblo; reparaba un dolor angustiosamente incrustado, desvanecía las pesadillas de los niños que en sueños miraban, una vez tras otra, entrar el fatídico balón pateado por Ghiggia en el 50, la bola que convirtió el que iba a ser el día más memorable de sus vidas en una existencia agónica.

Obtener el título le restituía a Brasil algo indefinible pero capital, sin lo que anduvo por dos eternas edades de la tetrahistoria. Contrapesaba el malogro del “maracanazo”, levantaba al país de la apagada tristeza en que lo había sumergido ver repetidamente frustrada su máxima aspiración de ser el mayor en futbol. Aquel mundial de Suecia vio a Lev Yashin, “la Araña Negra”, convertirse en el primer portero en usar guantes; fue la primera contienda de futbol global en transmitirse por televisión y era la primera vez en que un país ganaba fuera de su continente. Pero, por sobre toda iniciación, Brasil comenzaba su historia de triunfo en los mundiales y abría un capítulo especial como infaltable protagonista: cinco campeonatos, dos subcampeonatos y dos terceros lugares; en 19 mundiales, Brasil ha estado 9 veces en los tres primeros puestos.

Como si hubiera sido una onda expansiva que permaneció en el tiempo, el ensordecedor silencio que ocho años antes hundió al Maracaná se trasladó al estadio Rasunda. Las voces del “heja sverige” que celebraron al minuto tres el gol de Liedholm y dominaron fugazmente el inicio fueron apagadas por el baile de Brasil. Otro motivo más de orgullo para un pueblo afrentado, avergonzado de sí mismo y dolido aún por la Batalla de Berna, la trifulca en la cancha y los vestidores, en la que había participado cuatro años antes, peleando la clasificación a semifinales con Hungría. Esta vez el equipo campeón sustituía la infamante violencia con buen futbol y en lugar de puñetazos recibía “las inefables caricias de las jóvenes rubias de Suecia”. De una desmesurada catástrofe humana —decía Mandela— debe nacer una sociedad de la que la humanidad se sienta orgullosa. La vuelta al estadio de la selección brasileña levantando la bandera sueca en señal de respeto y gratitud culminó la victoria. También en sus gargantas, tiempo atrás, anidaron los gritos de triunfo convertidos en aves muertas; también Brasil conocía el invierno que trae perder en el propio país.

Bandeira, como sus compatriotas, sintió lavada la afrenta que pesaba sobre ellos luego de que la prensa europea, tras el episodio húngaro, definiera a su selección como “una caterva de negroides histéricos”. Ganaba “la clase”, la misma que mostró Dani Alves en el reciente encuentro entre el Villarreal y el Barcelona, cuando una caterva de racistas —vergonzoso puñado de la humanidad que nos ofende a todos, que nos lastima a todos y nos recuerda qué corta es la memoria de los hombres— le arrojó un plátano y él, con el control, con la parsimonia del crack que ve el hueco abierto por donde entrará el tanto, levantó la fruta, peló su gruesa y blanda cáscara para llenarse la boca con su pulpa y tirar el córner.

En Suecia 1958 era mucho, verdaderamente mucho más que un mundial lo que Brasil ganaba: adiós al sentimiento de derrota, a la aterradora sensación de desamparo que desde el “maracanazo” acompañaba la vida y, ¡venga!, a saludar con elegancia al rival, a recuperar la clase perdida con Hungría en el 54. “Presidente Juscelino —escribe Manuel Bandeira—, nuestros campeones merecen permanecer en el registro de la nación”. El poeta de Recife pide que se consideren 23 lugares en la memoria del pueblo: 22 para los titulares y las reservas, y uno más para Feola. “Prestaron un enorme servicio a Brasil haciendo más de lo que la propaganda oficial diplomática y extradiplomática en 69 años de República. No van ahora nuestros gobernantes a deshacer con las manos lo que los campeones hicieron con los pies”.

Se impone decir que aquella selección produjo una de las mayores epopeyas en la historia del futbol; privilegio de un tiempo que pudo presenciar el nacimiento de un héroe y las primeras evoluciones de sus hazañas. En cualquier campo humano —literario, artístico, científico, político—, no todas las épocas son llamadas a servir de sustento al genio de quien será excepcional. No todos tampoco son elegidos para ser testigos de la epifanía. No todos tienen la habilidad de leer en un gesto la revelación. Vicente Feola lo hizo: alineó a un Pelé de 17 años que en esa final anotó dos goles, al 55’ y al 90’, y que a partir de ahí se convertiría en pilar de una selección que ganó con él tres mundiales. “Primer Ministro de nuestro Brasil moreno”, lo llamó Vinicius. Ocho años antes Pelé había visto llorar a su padre la amargura del Maracaná; ahora hundía el rostro en el pecho de sus compañeros llorando unas lágrimas bien distintas. El mismo Moacir Barbosa, arquero del 50 al que entraron los fatídicos goles de Uruguay, tan injustamente tratado, debía resucitar un poco de la muerte al que el encarnizado olvido de sus compatriotas lo condenaba en vida. En Brasil —decía Barbosa— la pena máxima por cometer un delito es de 30 años; yo he cumplido condena durante toda mi vida. Moacir murió al iniciar el milenio, relegado, mortificado por una falta que, si hemos de hacer justicia, compartía con por lo menos 10 hombres más. Y, con todo, murió sabiendo a Brasil tetracampeón.

Hasta Jules Rimet, de no haber muerto un par de años antes, habría sentido que un invisible orden reacomodaba algo que había quedado desalineado, fracturado desde junio del 50, cuando salió del túnel abrazando su estatuilla homónima y, sin saber qué hacer, se la entregó desconcertado y casi a escondidas a Obdulio Varela, el capitán uruguayo de quien se despidió —confesaba— “sin poder siquiera decirle una palabra de felicitación para su equipo”.

Solo una cosa podría haber empañado en Suecia la impecable faena de Brasil. No golpes ni derrotas, sino aquellas palmaditas inapropiadamente familiares que uno de los miembros de la delegación brasileña, médico al parecer, dio al rey Gustavo Adolfo en la espalda a la hora de las felicitaciones. Quizá una falta gravísima al protocolo real, pero una muestra al fin de que los mundiales de futbol, como toda celebración deportiva, son ante todo grandes fiestas de aproximación, de confraternización entre seres humanos.

El fantasma del Maracaná ha vuelto a rondar a los brasileños, aunque no ganar el mundial no traerá de vuelta —esperemos— aquel ánimo colectivo de suicidio. A diferencia del 50, 54, 58, 62, 70, 94, 2002 y el largo etcétera de la vida brasileña en el futbol, por improbable que parezca, una parte del país rechaza el juego que la otra considera tan integrada a su identidad como la feijoada, el samba, la MPB o el carnaval. En su reclamo hay justicia: millones de dólares en estadios mientras favelas, escuelas y hospitales carecen de todo. Pero si Brasil ganara, en su Maracaná, en su país, no habrá mayor belleza en el estruendo: hasta el más descreído vibrará con el canto colectivo, enorme, de Brasil, “sangre entrando verde por el ventrículo derecho y saliendo amarilla por el ventrículo izquierdo y fundiéndose en el cuerpo amoroso de pobres y ricos”, que bailarán entre confeti y papel picado, convirtiendo todos sus júbilos en uno solo.  

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PAOLA VELASCO (Xalapa, 1977) es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana y maestra en Literatura Latinoamericana por la UNAM. Autora de Las huellas del gato (FETA, México, 2006) y Veredas para un centauro (UAM, México, 2012), ha escrito ensayos para Tierra Adentro y la Revista de la Universidad de México, entre otras publicaciones.

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