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Mind the Gap
Cultura | Este País | Miriam Mabel Martínez | 01.04.2013 | 0 Comentarios

Una vez más Londres me queda grande. Me intimida. La contemplo, pero no la poseo. El porte de esta ciudad me impone. La certeza de transitar en un lugar fundado por los romanos y que desde el siglo X, con Guillermo I, es lo que aún es, me incita a hurgarla. Sé lo que es vivir en un sitio donde el pasado convive con lo contemporáneo; acá la continuidad es visible en los rostros de los transeúntes que se parecen a los retratados en la National Portrait Gallery; en mi terruño, esta continuidad ha sido rota y reinventada.

London ©Phalinn CC

http://www.flickr.com/photos/phalinn/539856865

La imposibilidad de abordarla me atrae, su tamaño —imaginario y físico— me resulta inabarcable, me seduce esta sensación de que jamás podré asirla. Y esta sensación me es un motor. Tal vez es una ingenuidad, pero mi Londinium imaginario está construido por lecturas, música, ciencia, arte, y así me pierdo en el trazo medieval de esta ciudad que ha sobrevivido epidemias, despilfarros de su monarquía, incendios, bombardeos, pero que también ha abrazado el pensamiento como ejercicio de vida. Un acto creativo más que de fe. La nobleza de la creatividad está impregnada en esta capital, que no es precisamente la más bella pero sí la más orgullosa. Ese desplante me intriga y me somete. Para entenderla recurro a la tesis de John Berger: hay distintos modos de ver. Estoy aquí para observar a la supraestructura en acción y para continuar con el trazo de mi mapa intelectual.

Deambulo acomodando mi inglés a la usanza británica, degustando los distintos acentos, los gestos herméticos, las vocales alargadas, la pronunciación cerrada. La recorro asumiendo su pasado en su presente, en sus tiendas aún abiertas desde hace cinco siglos o sus bares en operación desde el siglo XII. En su moda irreverente y actualizada. Londres no es un museo, como muchos consideran ya a ciertas ciudades europeas, es historia en movimiento. No solo es que su Big Ben siga en funcionamiento, o que el castillo de Windsor siga habitado desde su construcción en el siglo XI, o que el British Museum exhiba las “joyas” imperiales extraídas, por llamarlo de alguna manera, de territorios domados. Aquí la identidad es un linaje. O qué no es eso su monarquía.

Caminar Londres me requiere no solo agudeza sino estamina para enfrentarla, es ruda. Y esa rudeza es lo que más me gusta. No hay maquillaje, sabe que su belleza no es física. Esta vitalidad confrontativa exige cierta concentración, marca un ritmo acelerado que no permite distracciones. Quien se distrae se pierde de la diversión. Pareciera, de pronto, que uno tiene que correr detrás de ella consciente de que no hay posibilidad de rebasarla, pero sí de contemplarla —a su tiempo— cara a cara.

A pesar de que me impone, intento domarla armada de mis memorias y mis afectos intelectuales y amorosos. Uno recorre ciudades en busca de almas, de otras historias, reescribiendo la propia, evocando otra. Yo hurgo Londres tratando de armar un rizoma sonoro y literario. Este también es un viaje conceptual. Siguiendo los pasos de otros descubro una ciudad que me acoge; entonces, Londres baja la guardia.

La experiencia de ver en acción a una capital en la que el pasado se renueva, que sabe de dónde viene y aprovecha este conocimiento para seguir, me confirma que la madurez da serenidad. El tiempo acá transcurre sin presiones, sucede porque no hay manera de detenerlo ni de alargarlo, pero sí de disfrutarlo, de pensarlo, las prisas carecen de sentido y el hecho en sí se convierte en un reto. ¿Qué no es eso el Dark Side of the Moon de Pink Floyd? Proceso. Aquí es tangible que cien años no es más que la historia inmediata de cualquier ser humano.

El tiempo transcurre cadencioso, solo así puedo imaginar la transformación de un imperio bélico colonialista en la capital del multiculturalismo. Aunque quizá también se deba a la práctica cotidiana del método científico; presente en la argumentación como una forma de vida. ¿Qué se puede esperar de un imperio que ha hecho de la guerra la defensa de su cultura? Pretexto o no, se les nota el orgullo por su legado. Shakespeare está vigente en la BBC; al igual que el espíritu de Dickens reinventado por los punks y luego en el Brit Art; la poesía de Keats se alarga hasta los poemas de Simon Armitage; las personalidades de Darwin y Newton continúan en el creador de la web Tim Berners y en la colección Introduction to… de la Universidad de Oxford; el ímpetu de Elizabeth I está en la arquitectura de Zaha Hadid… y, con esta tradición, cómo no sentir la urgencia de la continuidad.

Perderse en el East End, que fuera escenario de los asesinatos de Jack El Destripador o de las huidas de Oliver Twist es un recordatorio de que la identidad inglesa es una construcción permanente, en la que se fusionan los legados de las colonias. El multiculturalismo en plena ejecución. Este intercambio —apropiado, impuesto, robado o simplemente asimilado— ha forjado un diálogo que enriquece la cultura británica (que no la inglesa): la mantiene viva y activa económicamente. Conquistadores conquistados pero sin perder el control. El eco de sus colonias se escucha, se contempla en sus museos, se prueba en sus restaurantes, son parte fundamental de su identidad británica del siglo XXI que integra —sin perder el control, insisto— lo mejor de aquellas otras formas de vida distintas. Ver al otro para conocerse.

Me pierdo, con mis chinos y piel morena, entre otros tonos de piel, ojos rasgados, vestimentas africanas, burkas intrigantes, turbantes, todos presumiendo sus raíces, pero compartiendo el idioma no por imposición, sino como una herramienta integradora para reinventarse en su hibridez, orgullosos de sus orígenes y haciendo uso del legado inglés. El método científico. Gozo esta ciudad, que hoy presume el arte de Anish Kapoor con tanta vehemencia como exhibe a David Hockney; que rememora a Francis Bacon y recupera a Alfred Hitchcock; que me invita a revisitar a Joseph Conrad, a George Orwell, que no son ingleses pero sí británicos. A ellos, como a Franz Ferdinand, Tracey Emin, Pete Townshend, DBC Pierre, William Turner, etc., los une la belleza del acto creativo, no el lugar de nacimiento. No por nada Lucian Freud, alemán de nacimiento, se presume en su vida inglesa. Han crecido en una cultura que confronta y que asume a la argumentación como un arma de vida. La mejor defensa es tener conciencia de las limitantes propias y ajenas, solo así se puede conquistar: rindiéndose cuando es necesario. Ganar va más allá de una victoria. Es un modo de ver. ¿Qué tan equivocados están al pensar que “el continente está aislado”? La ironía como modus vivendi. Y la crítica como vestimenta.

Londres es la Torre de Babel en la que, paradójicamente, se habla solo inglés. Un laberinto cultural… no, un jardín inglés. A diferencia de Nueva York, donde el atractivo está en la posibilidad de reinventarse como salvación, aquí la reconstrucción es a partir de la memoria. En Nueva York se puede ser quien sea, y para ser quien sea —cualquiera distinto a quien se es—, es necesario olvidar quién se es, dejar atrás el lugar de donde se viene. Allá sus inmigrantes pelean por convertirse en “americanos”, y lo más curioso es que se convencen de que lo logran; en pocos años se arraigan a una identidad basada en la necesidad de buscar otra vida, sin importar que esta sea mejor o peor. Siempre será mejor porque es otra y, a la vez, siempre será peor porque no será la imaginada, ese sentimiento de nostalgia hará que unos regresen a sus países de origen para tampoco “hallarse” y extrañar lo que fueron, el resto se suma a la persecución del sueño americano, “lleno de oportunidades”. Una crema rejuvenecedora que promete vitalidad, ¿quién no añora juventud? Tener futuro sin pasado, con un presente que más que anclarnos nos impulse a mirar hacia adelante sin conciencia histórica. En Inglaterra pareciera que se llega con maletas repletas con memorias, con la certeza de su herencia, afianzándose más y más a esa otra tierra, a la que nunca renunciarán aunque luchen por obtener la ciudadanía inglesa y presumir un pasaporte que derribe fronteras por su legado imperialista. La historia, una vez más, determina y define. Esa riqueza propia que cargan —y que fincan— es el engranaje de la multiculturalidad. Aquel pasado en el que se importaban y se exportaban élites intelectuales y económicas ya trazaba el recorrido sin fin de la intelectualidad británica. ¿Habría escrito Kipling su obra si hubiera nacido inglés? Lo que lo define es su nacimiento en la India, y las posibilidades de asumir otro paisaje como propio y experimentar lo “británico” con la distancia necesaria para practicar el método científico. George Orwell llegó a Inglaterra siendo el otro, que llevó sus otros mundos aprendidos y vistos desde el visor inglés. Más allá de ser británicos, su gente es ciudadana del Reino Unido con un pasaporte que se inserta en una comunidad cosmopolita que no persigue integración, sino un territorio tolerante: un multiculturalismo imperialista. Se aferran a su inglés, a su idioma “dominante” que entrelaza y —paradójicamente— no desintegra a otras lenguas, pero sí define un modo de ver. Su idioma es su método de aprehensión del mundo. Los ingleses y los británicos siempre marcarán la diferencia, sin embargo, su pasión por el conocimiento los avienta a la arena de la argumentación para probarse entre pares intelectuales, que no históricos. El acto condescendiente de prestar la historia de Inglaterra para unificar. Ellos no son la isla.

Los miro con sus dientes chuecos, sus facciones poco agraciadas. No son en su mayoría “guapos”, como no lo es ninguna otra nacionalidad; la diferencia es que ellos saben que la belleza es un ideal y, como tal, es venerado y no copiado. No intentan ser bellos, saben que se trata de una abstracción, pero lo es más la inteligencia y desde ella se definen. El soporte del desarrollo de su identidad imperialista. El Reino Unido es un conglomerado bélico, cuyo objetivo eje es defender su tradición. Un orgullo que no está dispuesto a dialogar, sí a absorber, a reconfigurar, a hibridar, a ver el mundo a través de su teoría y su pensamiento. No por nada aquí se fundó Amnistía Internacional, los estudios culturales son una invención británica; su monarquía es la más sólida de Europa y, pese a lo imaginado, cohesiona a izquierdistas, derechistas, futuristas, pesimistas, rocanroleros, religiosos, filósofos y hasta anarquistas. El “multiculturalismo democrático” que integra a Johnny Rotten y a Julian Barnes.

Esta visión —y actitud— colonialista tan arraigada les sirve de escudo. Su poderío de antaño todavía los viste y, aunque se saben más débiles —y menos—, aprovechan que su legado es ya una aportación universal. Han utilizado el método científico para continuar produciendo y exportando la supraestructura del pensamiento. Displicentes, no temen a indios, paquistaníes, sudafricanos, australianos, árabes ni orientales. No hablan otro idioma no por chovinistas, sino por soberbios. Desde mi otredad mexicana la frase “El continente está aislado” los define. Sin embargo, no pueden negar su naturaleza isleña. El mar los invita a irse, pero siempre regresan. En este sentido, son modernos. Son Ulises.

Son piratas que se han dedicado a escudriñar el mundo para armar un relato propio a través de mirarse en otros espejos. Navegan para hurgar en sí mismos, para construirse por medio de la confrontación. No han dejado de ser piratas que se han robado todo de todos lados para, a su regreso, exhibir los tesoros y exponer lo imaginado, lo creado, lo trazado alrededor de ese tesoro desde su propia perspectiva. No se conforman con atesorar, su curiosidad imperialista los obliga a pensar cómo apropiarse de lo inapropiable. La tradición les da seguridad. No importa lo que fallen, su tradición los sostendrá y les ofrecerá la oportunidad de recrearse.

Observo a las árabes con sus burkas, a las africanas con sus vestidos típicos, a los españoles gritando, a los gringos reaprendiendo su inglés, a los asiáticos comiendo fideos y a los indios saboreando curries quizá con más enjundia y entereza de lo que lo harían en sus países de origen, queriendo exhibir su identidad para no ser aplastados por los ingleses en un acto reflejo de identidad histórica (me recuerdan a los oaxaqueños y yucatecos). La autonomía ideológica es el motor de su orgullo y de su producción. El resto seremos siempre el otro. El que llega se somete desde su propia diferencia, la que le augurará un sitio en la sociedad. No se puede llegar como un par, sino como un otro distinto que no busca transformarse en un igual; esta diferencia le vaticina la igualdad. No sucede lo mismo en otras latitudes. A veces se migra para olvidar la propia identidad, aunque soñar con la tierra prometida nunca es suficiente.

Deambulo por el Soho, desde donde el rock se expandió al resto del orbe. ¿Cómo fue que el rock and roll, nacido en Estados Unidos, se diversificó en el Reino Unido? Método científico. La conciencia de la tradición para romper, reinventar y crear. ¿Qué tiene Londres que invitó a Jimmy Hendrix, a aquella “fuerza de la naturaleza” —como lo definiera Jack Bruce de The Cream—, a formar la Jimmy Hendrix Experience?

Dinámicas de poder. Aquí las minorías (aunque no lo sean numéricamente) se asumen como tales sin titubeos. Los ingleses marcan su diferencia con los británicos y entre ellos se definen por su acento, porque racialmente son lo mismo desde hace siglos. Esta “homogeneización racial” hace que la piel blanca no sea un atributo (como no lo es), o que educación sea un privilegio (como tampoco lo es). Acá el conocimiento también te hace noble. Así Pete Townshend seguirá hablando como un clasemediero mientras Roger Waters y David Gilmour lo harán con un inglés aristócrata.

El orgullo de clase está presente en todos y a todos niveles. El obrero no se siente inferior al profesionista, ni el profesionista frente al académico, ni el académico con burgués y el burgués del empresario rico, ni el rico del aristócrata, y esto no implica que no exista una movilidad económica —que con el tiempo será de clase— pero no será usurpada, sino ganada. Aquí se es sin prejuicios ni vergüenzas porque, si se baja la guardia, la identidad británica te pisa (y a su vez la inglesa pisa a la británica). Los de abajo asumen su posición no como condicionante sino como una realidad distinta. La diferencia no se establece a partir de atribuciones físicas sino antropológicas. Esta conciencia de la otredad se convierte en un aliciente. No es una sociedad integradora, aunque sí amalgama. Las diferencias que más resentimos generan crítica. Hay trabajo de por medio. Pensamiento. Quizá sea efecto de su espíritu protestante: dios no nos define, nosotros también podemos definir a dios. Hay conciencia del desarrollo y del proceso, desplante para seguir adelante. “Keep calm, and carry on”. El foco está en la búsqueda propia que se suma al engranaje colectivo. Se es individuo para que la sociedad genere la energía necesaria para mantener vigente el concepto de urbe, la mentalidad industrializadora. Asumir quién se es para no ser devorado por el monstruo es una responsabilidad civil. Los ingleses no se integran a otras comunidades —con sus gloriosas excepciones. ¿Arrogancia? Sí, pero también mecanismo de defensa. Las minorías —que en conjunto son mayorías— tampoco se integran del todo para no accionar los mecanismos colonialistas deteriorados pero impacientes por ser activados (un poco como en México, donde los morenos, cualquiera que sea el ámbito, suelen asumirse por debajo y son serviles; los blancos, o “güeritos”, se asumen amos y dan por hecho que los morenitos son o sus nanas o sus criados); en el Reino Unido, para evitar —me parece— dichas dinámicas, simplemente las neutralizan evitando la interacción. Han optado por una hermética forma de convivencia que fomenta el multiculturalismo funcional, marcando las diferencias desde una igualdad hacen una sociedad plural y democrática. Hay clases sociales, hay monarquía, pero todos aceptan su lugar. Se contribuye desde la individualidad a lo colectivo. No quieren ser iguales, sino quien se es (no se trata tampoco de “ser diferentes”).

La Sala de la Ilustración del British Museum me azora. El río Támesis me recuerda la sordidez de esta ciudad en el pasado. La Tate Modern me indica una “nueva” forma de ver ya asumida por el resto del mundo. El Big Ben sigue ahí y, desde el London Eye, el edificio de Renzo Piano, conocido como “el Huevo”, lo iguala en tamaño. Me atrae su soberbia y sé que mi collage intelectual a ningún inglés le importa. Soy otra y esa otredad me respalda y me libera. Me deja desnuda frente a una Londres que solo yo puedo contemplar. Modos de ver, diría Berger. Me subo al autobús, me mareo en la Circle Line y pienso que lo que me atrae es la clase media urbana, su revolución industrial que suena aún en el rock y en la literatura. Swinging London con su monarquía, yupies, obreros, cada uno desde su perspectiva es un engranaje esencial para el movimiento. Diferentes y a la vez iguales, con acento cerrado o brutalmente abierto, todos coincidirán siempre en que “el continente está aislado”.

El Londres del siglo XXI, sin parecerse, es el mismo Londres de Guillermo I. En sus calles deambulan genealogías antiquísimas. Las veo y entiendo que son los aborígenes de la isla, cuya misión ha sido defender y sofisticar al imperio.

Su ideal imperialista no solo se nota en sus posesiones, sino en que han hecho de sus limitaciones sus mejores cualidades. Quizá su fuerza es la conciencia crítica de su posición. Fueron un imperio, lo saben, pero confían en que un acto crítico los reinventará. Mientras tanto, se aferran a la monarquía, a sus legados colonialistas (futbol, rugby, rock), sobre todo, a un modo de ver que tiene un asiento privilegiado en la supraestructura. Sus colonias están regresando pero, al ser una isla y no tener fronteras terrenales, se encierran más en sí mismos. Se asumen útero, no poseen territorios pero sí pasaportes, impuestos y marcan el point of view. Los antes dominados están aquí pagando su derecho de piso. Multiculturalismo en construcción. Ah, pero sin pasarse de la raya. ~

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Becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca, MIRIAM MABEL MARTÍNEZ (1971) obtuvo en 2001 una residencia artística en el Vermont Studio Center. Ha publicado textos en Casa del Tiempo, Nexos, Los Universitarios y Origina, entre otras revistas y suplementos culturales.

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