Jueves, 13 Agosto 2020
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Pactos y desarrollo democrático
Este País | Zoé Robledo | 01.09.2013 | 0 Comentarios

Abrimos este dossier con un repaso del tema de los pactos desde el punto de vista de su función y de su lugar en la historia. El autor se vale de este contexto para destacar los aciertos del Pacto por México.

¿Vamos a hablar de la patria española
con p minúscula o P mayúscula?

Adolfo Suárez a Santiago Carrillo
en su primera reunión antes de firmar
el Pacto de Moncloa

Las imágenes corresponden al funeral de un ídolo. Lo mismo podría ser un cantante que un futbolista que un actor. Ha pasado un año de esa fría mañana madrileña en la que una fila larga de admiradores, conmovidos, esperaron su oportunidad, el instante, para pasar frente al féretro de un hombre al que admiraban. Un político. El histórico dirigente comunista español Santiago Carrillo, que falleció un día de septiembre de 2012 a los 97 años. Los asistentes buscan palabras, ideas, conceptos para referirse a Carrillo: congruencia, ejemplo, transición, generosidad. Pacto.

©iStockphoto.com/DiegoOntivero

Esta última palabra se pronuncia de manera incómoda en el funeral de Santiago Carrillo. Pacto fue la palabra con la que se le criticó, se le acusó, se le insultó. Durante la época de la transición española a la democracia, Carrillo hizo concesiones, respaldó la Ley de Amnistía, se ganó la enemistad de sus camaradas del Partido Comunista. Sus acciones generaban discrepancias. Tres son sus pecados: asumir, desde el comunismo, el papel del conciliador; hacer del Partido Comunista Español una fuerza política decisiva para el establecimiento de la democracia en España y asumir el necesario sacrificio de los Pactos de la Moncloa, y evitar que la creciente inflación truncara a la Transición.

Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas expulsado en 1981 del Partido Comunista de Euskadi por Santiago Carrillo, escribió un artículo titulado “Carrillo, algo más que ambición y traición” (El País, abril de 2013). Ahí aseguraba: “Presentarlo como el malo de la película puede ser una imagen rentable, pero es inexacta […]. A pesar de todos los zigzags derivados de su pecado original, el compromiso del pce de Santiago Carrillo por la democracia en España no sería objeto de ‘traición’ alguna”.

Es claro: la historia de los pactos es también la historia de sus críticos y detractores. La de Santiago Carrillo es la lección de un ejercicio político moderno, de confrontación de ideas y negociaciones para el acuerdo. En la política, como práctica o aspiración del poder, se prefiere un acuerdo regular a un pleito de excelencia. Por eso abundan los pactos. Estos pueden ser acuerdos coyunturales o de largo plazo y, dada la variedad de circunstancias, es de esperarse que varíen entre todos los colores y contenidos.

Los pactos son por tanto bases de entendimiento, reglas mínimas que permiten la acción conjunta. No son puntos de conclusión sino de arranque.

Los pactos a lo largo de la historia

El pacto más antiguo tiene un carácter divino. Es el Pacto Abrahámico, el de Abraham con Dios. En este Pacto se define que las familias aprobadas por El Supremo solamente podrán ser bendecidas por los descendientes de Abraham y que formarán un linaje a extenderse por todo el mundo por los siglos de los siglos (Génesis 12:3 y 22:18). Ya en un plano más terrenal, para Jean-Jacques Rousseau los hombres entraron en convivencias viables solamente a partir de la creación del Contrato Social, en el que la violencia permanente fue sustituida por un esquema en el que se distribuyen los derechos y las obligaciones entre los individuos o grupos que protagonizan la vida humana. El Leviatán de Thomas Hobbes, por su parte, es un pacto humano, ominoso pero funcional, en el que los hombres ceden sus derechos al Estado, para que los administre con el uso de todas las modalidades de gobernar (incluida la violencia).

Los pactos, por supuesto, son de variada intención. Existen referencias de acuerdos entre clanes delincuenciales en Estados Unidos, Italia y América del Sur (solo para citar los menos comprometedores) que constituyen verdaderos pactos, incluso escritos, cuya finalidad es evitar la violencia y, de ese modo, la destrucción mutua entre agrupaciones fuera de la ley.

En 1998 se firmó el llamado Pacto Mundial, auspiciado por la Organización de las Naciones Unidas. Este Pacto fue creado a partir de una iniciativa voluntaria en la cual las empresas se comprometieron a alinear sus estrategias y operaciones con 10 principios universalmente aceptados en 4 áreas temáticas: derechos humanos, estándares laborales, medio ambiente y combate a la corrupción. Por su número de participantes —6 mil en más de 135 países—, el Pacto Global es la iniciativa de ciudadanía corporativa más grande del mundo.

En nuestro continente, el Gobierno de Colombia ha impulsado un proceso interno de pacificación. Actualmente se llevan a cabo en la Habana, Cuba, conversaciones entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) —la organización guerrillera de mayor tamaño en Latinoamérica— y representantes del Gobierno colombiano con el propósito de firmar un Pacto de Paz que dé a la nación sudamericana bases de reconciliación social y progreso económico, tras largos años de conflicto.

En Sudáfrica, después de años de violencia y represiones por problemas raciales, en 1993 se llegó a un acuerdo entre el Congreso Nacional Africano —dirigido por Nelson Mandela— y el Gobierno de Frederick W. de Klerk, mediado por varias organizaciones integracionistas, para terminar con la política del apartheid en aquella nación. Lo importante de este acuerdo fue que resultó de negociaciones entre diferentes fuerzas políticas, incluidos el Partido Nacional Africano —de naturaleza segregacionista—, los radicales anti-apartheid y los moderados de las dos tendencias esenciales del país sudafricano. La proclama de Mandela es clara en ese sentido: “Si quieres hacer la paz con tu enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero”. El pacto puso fin a violencias ancestrales y disminuyó los desacuerdos que existían entre las propias fuerzas opositoras a la segregación.

Uno de los pactos políticos más paradigmáticos de la historia política contemporánea es el ya mencionado Pacto de la Moncloa, en la España de 1977. Este acuerdo implicó un diálogo —que se pensaba imposible— entre las fuerzas del franquismo, el nuevo Gobierno encabezado por Adolfo Suárez (de centro-derecha) y los partidos de izquierda, entre los cuales estaba el Partido Socialista Obrero Español (psoe), dirigido por Felipe González, y el Partido Comunista, dirigido por Santiago Carrillo. El Pacto de la Moncloa es de carácter económico, jurídico y político y funcionó para sentar las bases de la restitución de la democracia española después de la muerte de Francisco Franco, quien gobernó España durante 35 años.

Dentro de los propósitos del Pacto de la Moncloa estaba el de crear y promulgar una nueva Constitución. Esto con el propósito de ampliar las libertades largamente coartadas (tales como la libertad de reunión, de opinión, de movimientos de los ciudadanos y de formación de fuerzas políticas distintas para la competencia democrática). La nueva Carta Magna sustituyó las Leyes Fundamentales del franquismo que, a todas luces, contravenían el desarrollo de la democracia en España.

En Chile, hacia el año de 1988, se formó la Concertación de Partidos por la Democracia, cuyo nombre inicial había sido el de Concertación de Partidos por el no, en referencia al plebiscito convocado por el Gobierno chileno para decidir sobre la continuidad o no de la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte. En esta agrupación se encontraban el Partido Demócrata Cristiano, el Partido Socialista, el Partido Radical Social-Demócrata y el Partido por la Democracia. Junto a estos 4 partidos, más de 16 organizaciones políticas opositoras de distinto tamaño y fuerza social acompañaron el proceso por la negativa a la continuidad de la dictadura. Esta había durado ya 17 años a partir del golpe de Estado en contra del Gobierno del doctor Salvador Allende, electo democráticamente.

Como resultado de este pacto, los chilenos lograron el fin de la dictadura y tuvieron elecciones en 1990, tras algunos acuerdos con los militares en el poder. En este orden, uno de los elementos de mayor importancia fue el acuerdo previo de la Democracia Cristiana con los militares, los cuales aceptaron someter a la voluntad de los chilenos su permanencia o retirada de la gestión del poder político.

Los pactos en México

En opinión de Arnaldo Córdova (La formación del poder político en México, Era, México, 1996), el acto fundacional del país fue un acuerdo entre Agustín de Iturbide, algunos criollos notables y las distintas fuerzas insurgentes (entre las que destacaba el Ejército del Sur, comandado por el general Vicente Guerrero) para consumar la independencia del país. En realidad, el llamado Abrazo de Acatempan fue, sencillamente, la consolidación de un Pacto de Independencia, que unificó a los principales actores políticos y militares de entonces, para formar una nueva nación: el México independiente.

Sin embargo, durante prácticamente todo el siglo xix la situación política del país se ancló en una anarquía permanente que se tradujo en alternancias de Gobiernos autoritarios, solo para ser sustituidos por periodos de ausencia de autoridad real. Al no haber un proyecto de Nación, los muy variados y dispersos intereses se expresaron de diferente manera y los acuerdos se hicieron prácticamente imposibles. Esta falta de acuerdos básicos sobre las tareas y obligaciones mínimas indispensables del Estado mexicano llevó al país a sufrir varias guerras internas y la pérdida de más de la mitad de su territorio (resultado del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, que cedió a Estados Unidos el territorio que hoy forman los estados de California, Utah, Nevada, Nuevo México, Texas, partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma), aunado ello a la permanente amenaza del poder extranjero (como la relacionada al Pacto de Miramar, en el que se formalizó la oferta por parte de realistas mexicanos de la corona del Imperio mexicano al príncipe austriaco Maximiliano de Habsburgo).

En este sentido, no hubo pactos o acuerdos efectivos para la construcción —o reconstrucción— de un país menos escabroso y menos parcelado en cuanto a intereses y propósitos. Hubo algunas coincidencias, tales como la de unificar política y territorialmente el país, mantener la integridad de los intereses nacionales y constituir un Gobierno fuerte, capaz de conciliar a los distintos grupos para así promover un progreso económico incluyente para los mexicanos. Es precisamente este escenario de volatilidad social lo que lleva a aceptar el advenimiento de Porfirio Díaz como presidente de la República, ya que él logró materializar el tan ansiado referente de poder vertical, legitimado por su eficacia para gobernar y administrar, así lo hiciera de manera no democrática.

Otros pactos en la historia nacional

La Constitución de 1917 y la creación del Partido Nacional Revolucionario (pnr) ocurrieron a partir de pactos sociales encaminados a la creación de un nuevo Gobierno fuerte. El camino recorrido tuvo como meta la institucionalización de los espacios de poder político en contraposición del azaroso ejercicio de este por parte de las fuertes personalidades posrevolucionarias. Se pretendió un poder concentrado en la institución y sus reglas y procedimientos, y no para la persona y sus intereses y alineaciones. El esquema funcionó durante la mayor parte del siglo xx, hasta que el hermético sistema de partidos no logró resistir las movilizaciones sociales que buscaban un espacio para la expresión de un programa político distinto. Hubo devaluaciones y pérdida real del poder adquisitivo en todos los sectores sociales. Hubo un momento en que se llegaron a oponer a la política económica gubernamental tanto la clase trabajadora como la empresarial, aliada tradicional del Gobierno. Esta circunstancia fue una clara señal de que era momento de hacer nuevos acuerdos políticos y económicos, para salir —por lo menos en el corto plazo— de las situaciones de emergencia.

A partir de los años setenta hubo en México una evolución hacia la democracia. Fue un proceso que se inició con la llamada “apertura democrática” durante el sexenio de Luis Echeverría (en realidad un proceso de liberalización) y la reforma política en el Gobierno de José López Portillo. Este nuevo marco político fue motivado por la aspiración última de pluralizar los espacios de participación política. En esa misma época, durante la presentación de la Reforma Política en 1977, apuntaba el principal artífice del nuevo pacto político entre el Gobierno y la sociedad, don Jesús Reyes Heroles: “Lo que resiste, apoya”.

En 1987, bajo una crisis creciente y condiciones apremiantes, el presidente Miguel de la Madrid propuso el Pacto de Solidaridad Económica. Dicho acuerdo implicaba la disminución del gasto gubernamental, así como la adecuación de precios, tarifas y salarios del sector público. El Pacto de Solidaridad Económica fue firmado por los sectores productivos del país y el Gobierno el 15 de diciembre de 1987. Su principal objetivo era impedir que el país cayera en una situación de hiperinflación, que el poder adquisitivo de la población se siguiera deteriorando y que se perdieran empleos masivamente. El Pacto de Solidaridad Económica contuvo el colapso económico: las presiones inflacionarias disminuyeron, el endeudamiento gubernamental se hizo proporcionalmente menor y mejoraron las condiciones favorables para negociar la deuda externa.

El Pacto de Solidaridad Económica tuvo efectos positivos para la gobernabilidad del país. Se evitó una crisis social y de gobernabilidad y se recuperó relativamente la confianza de los inversionistas privados.

En los días que corren: el Pacto por México

El proceso de democratización en México permitió la emergencia de nuevas fuerzas políticas, así como el fortalecimiento de las existentes. Así, se consolidaron fuerzas centrífugas que requieren encontrarse con las fuerzas políticas tradicionales para evitar la parálisis y la ineficacia del sistema político. El país requiere reformas y la pluralización de las fuerzas políticas en los distintos niveles de gobierno.

En este tenor, el nuevo titular del Poder Ejecutivo y los tres partidos políticos de mayor importancia del país (el Partido Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Revolucionario Institucional) firmaron el Pacto por México. Dicho Pacto comprende 95 acciones que, en gran medida, coinciden de manera directa con las necesidades nacionales de la segunda década del siglo XXI.

Las 95 acciones se agrupan en cinco ejes que constituyen el acuerdo nacional:

  1. Acuerdo para una sociedad de derechos y libertades;
  2. Acuerdo para el crecimiento económico, el empleo y la competitividad;
  3. Acuerdo para la seguridad y la justicia en el país;
  4. Acuerdo para la transparencia, la rendición de cuentas y el combate a la corrupción,
  5. Acuerdo para la gobernabilidad democrática.

El Pacto ha logrado sus primeros resultados: reformas en materia laboral, educativa y de telecomunicaciones, entre las más visibles. El Pacto por México ha creado espacios a partir de la renovada colaboración de los partidos políticos, los cuales lo han sabido aprovechar de manera integral en defensa de los intereses nacionales, según las particulares visiones de cada uno.

El Pacto por México está ahí y debe mantenerse. El Pacto es una vía útil para la colaboración democrática que no niega —ni intenta borrar— las diferencias, ni sustituir la labor legislativa. Las coincidencias se encuentran en el método para abordar los grandes problemas nacionales y en un calendario para concretar resultados específicos. El Pacto es para encontrar puntos estratégicos de acuerdo.

El Pacto por México es, como todos los grandes pactos y acuerdos en la historia política contemporánea de México, América Latina y el mundo, un punto de encuentro pero —por definición— nunca de llegada. No es tampoco un espacio de uniformidad y consenso total. Es un mecanismo político que abreva de la historia y de experiencias recientes; que deja claro que la acción conjunta da más dividendos que la parálisis o la exclusión, que la construcción es mejor que la obstrucción y que la democracia mexicana del siglo xxi continua construyéndose, fortaleciéndose y madurando.
Démosle la oportunidad de mostrar sus alcances. La madurez de sus signatarios ha estado a prueba y lo seguirá estando en las próximas semanas y meses. Su éxito nos conviene a todos. EstePaís

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ZOÉ ROBLEDO es senador por Chiapas.

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