Martes, 19 Noviembre 2019
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Cultura | Espacios Y Caracteres | Flavio González Mello | 05.10.2009 | 0 Comentarios

Mala tarde

El auto, ansioso del siga, le gana centímetros a la zebra del pavimento. El guardia del crucero, para asombro de muchos, rompe su acostumbrada indiferencia y abandona su plática por celular para indicarle al coche que todavía no puede avanzar. El conductor insiste en su milimétrico desafío. Con porte taurino, libreta de infracciones en diestra haciendo las veces de muleta, el poli se planta frente al auto, instigándolo a parar por completo. Pero el seiscilindros sigue su avance, hasta tocarlo. Entre asombrado y colérico, el azul extiende una mano perentoria, mientras con la otra se palpa la reglamentaria enfundada. Ambos se miran por un instante, sacando imaginarias correas de sus respectivos cueros. Cuando la luz reverdece, el astado de lámina arranca a toda velocidad, dándole apenas tiempo de quitarse al derrotado torero, que regresa a la barrera arrastrando su maltrecha autoridad y renegando de su ocurrencia de desquitar el raquítico sueldo en esta ciudad de barbajanes.

Sindicatech

En un complejo cinematográfico del gobierno, el funcionario en turno decide quitar las cajas de la entrada y la salida del estacionamiento. En su lugar coloca barras automatizadas y, a un lado de los cines, dos máquinas donde los usuarios pueden pagar su boleto y recibir su cambio. Todo muy actual y eficiente. Resultado: los tres empleados que se encargaban de dar los boletos a la entrada y recibir los pagos a la salida emigran adonde están los esquiroles automatizados y se colocan a un lado para cumplir una nueva función: uno le pide a la gente su boleto y su dinero, otro los mete en las ranuras correspondientes y el tercero devuelve los comprobantes de pago que las flamantes máquinas —así convenientemente sindicalizadas— escupen.

El otro espectáculo

Se da tercera llamada y se apaga la luz de la sala. Sobre el rutilante escenario los actores empujan cuesta arriba la piedra de Sísifo de la ficción. Desde la cabina de iluminación, ubicada al fondo del teatro, se puede apreciar otro espectáculo: el de cientos de rectangulitos luminosos que se encienden y se apagan, aquí y allá. Son la versión contemporánea de esos mensajes que en otro tiempo se escribían en un papel y se pasaban de mano en mano a espaldas de la maestra. Ahora, el sordo y luminoso cuchicheo se lleva a cabo a través del celular.

Ovación a la aviación

Antes, cuando un avión aterrizaba, los pasajeros solían estallar en una ovación —quién sabe si para celebrar la pericia del piloto o, simplemente, para festejar que habían vuelto al suelo sanos y salvos. El piloto seguía siendo esa especie de semidios, el mago capaz de hacernos perder el peso realizando quién sabe qué prodigiosos pases en su gruta llena de botones e interruptores. Y la azafata, claro, era la infaltable heroína encargada de traernos desde el Olimpo de la Aviación, además de la taza de café, el antifaz, la capa y las pantuflas de tela con los que nosotros también nos caracterizábamos de superhéroes, aunque fuera sólo por una noche abreviada que duraba apenas cuatro o cinco horas. En tierra nos esperaba un nutrido contingente de familiares y agregados, que acudían a constatar personalmente que, una vez más, habíamos logrado surcar los cielos atlánticos.

Conferencia internacional

Otro emblema de tiempos idos es la conferencia interoceánica. Alguien le pedía a la operadora de México que lo comunicara con un número del otro lado del mundo, y a continuación esperaba (el lapso podía extenderse por varios minutos, incluso cuartos de hora) escuchando a la operadora, que sólo hablaba español, tratando de hacerse entender con una colega que sólo hablaba alemán. En algún punto, si se tenía suerte, se integraba una cuarta voz: la de quien contestaba en el destino final de la llamada y, tras una escueta frase de la operadora que sólo hablaba alemán, tenía que entendérselas directamente con la operadora que sólo hablaba español. Si todo marchaba bien, al final del proceso se escuchaba, lejana y borrosa, la voz del verdadero destinatario de la llamada, preguntando en alemán quién hablaba, mientras la operadora que sólo hablaba español repetía con voz militar: “¡Hable!… ¡Hable!”. Y uno le hacía caso y comenzaba los saludos de rigor; pero con frecuencia, justo en ese momento la comunicación se cortaba y había que empezar todo el proceso de nuevo.

li t ratura x / gas

vine a komala x q m di g ron k aka vivia mi padre 1 tal pdro paramo mi madre m lo dijo i yo le prometi k vndria a vrlo en q anto eya muriera le apre t sus manos en c nal d k lo aria pues eya estaba x morir c :-(  i yo en 1 plan d pro m t rlo todo no dgs d ir a visitarlo me rekomendo c yama d es t modo i d es t otro estoi c gura d k le dara gusto konoc r t entonc s no pu d ha c r otra kosa sino (para + txto envia “pdroparamo” al *6565)

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