Domingo, 25 Agosto 2019
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iPaz: il miglior fabbro de la poesía contemporánea*
Cultura | Espacios Y Caracteres | Este País | Flavio González Mello | 01.07.2014 | 0 Comentarios

Javier Carral 3

“Estamos ante la imaginación poética más original desde Ezra Pound… y, esta vez, no se trata de un ser humano”. Con estas palabras nos recibe en su modesta oficina de la colonia Narvarte el doctor José Luis Montiel, creador, junto con Warren Carson, del software que desde hace cinco años ha revolucionado la manera de escribir poesía en el mundo.

¿Cómo escogieron el nombre de su aplicación?

WARREN CARSON: En realidad, no lo escogimos nosotros, sino el propio programa. Los nombres que a nosotros se nos ocurrían ya estaban todos registrados: iPoet, iBard, Dantech… Incluso los derechos de iSonet los tenía una compañía dedicada a hacer certificaciones de iso 9000. Así que decidimos ponerle su primer reto a nuestro bebé, ordenándole que se autobautizara tomando en cuenta varios parámetros (entre ellos, que el nombre no podía ser una marca registrada). En menos de diez milisegundos, el programa generó iPaz, cuya doble referencia —a la plataforma tecnológica para la que fue creado y a uno de los mayores poetas de este país— nos dejó un tanto perplejos.

JOSÉ LUIS MONTIEL: Debo confesar que no soy particularmente aficionado a la figura de Octavio Paz. Yo hubiera preferido iPound, sin duda. Pero Warren me convenció de que le haríamos flaco favor a la autoestima de nuestro bebé desechando su primera decisión creativa.

Sin embargo, en un principio utilizaron otro nombre comercial: “Alberto Cardel”.

JLM: Se trató, más bien, de un seudónimo. Una parte fundamental del experimento consistía en que nuestro invento probara fortuna en el mundo literario como cualquier hijo de vecino. No queríamos invocar actitudes paternalistas, ni mucho menos viejos prejuicios ludistas, entre los críticos, dictaminadores y jurados que tendrían en sus manos los textos generados por “Beto”.

¿También ese nombre fue inventado por el programa?

WC: Es probable, pues a esas alturas la mayoría de las decisiones ya las tomaba él. Aunque también es posible que lo hayamos escogido al azar en la Sección amarilla. Habría que preguntárselo a Beto. Su memoria es mucho mejor que la nuestra.

¿Cómo fueron los primeros pasos de iPaz en la poesía? 

JLM: Sus primeros intentos eran como los de cualquier estudiante de letras: burdas copias de sus referentes literarios (que en este caso se contaban por millares, pues habíamos alimentado el programa con los textos que considerábamos más representativos de la historia literaria, desde Homero hasta nuestros días). Conforme fuimos complejizando sus algoritmos e incluyendo nuevas variables, los resultados se volvieron más sofisticados: sonetos a la manera de Quevedo; pentámetros yámbicos que solo un especialista podría diferenciar de los de Shakespeare; incluso, un final alternativo para “Kubla Khan”, el poema inacabado de Coleridge. Pero, a pesar de que contenían algunos giros sorprendentes, estos intentos no poseían aquel elemento inasible, tan difícil de definir pero cuya ausencia es percibida inmediatamente por cualquier lector. Y esto implicaba el fracaso de nuestro experimento, cuya hipótesis era que una serie de operaciones matemáticas podían generar auténtica poesía; no solo remedos técnicamente correctos.

¿En qué momento comenzó, entonces, la “auténtica poesía”?

JLM: Nuestro invento podría haber continuado indefinidamente generando combinaciones de vocablos y descartando las que no se ciñeran a los parámetros con que lo habíamos programado. Pero, un día, Warren le pidió que elaborara un poema sobre el amor “basado en su propia experiencia”…

WC: Era lo que los programadores llamamos una “tarea distractora”, mientras reparaba un bug que provocaba el cierre inesperado del programa. Tras recibir la instrucción, el relojito de la aplicación se quedó girando durante varios minutos. Yo pensé que el sistema se había colapsado, y me disponía a reiniciar el programa cuando en la pantalla aparecieron quince estrofas de texto, que arrancaban con:

No conozco eso que llaman amor.

Nunca ha pasado por mí;

o quizá sí, y lo dejé ir

sin sospechar lo que era.

¿La Diatriba contra la reputación del amor?

JLM: ¡Era algo totalmente diferente a lo que Beto había producido hasta ese momento! Estábamos frente a un poema de verdad, en tanto expresaba una postura personal, una perspectiva propia —y, por lo tanto, universal. El estilo era aún ampuloso; pero el contenido expresaba, aunque fuera de manera titubeante, un mundo interior.

Ustedes no “titubearon” en mandarlo al Premio Nacional de Poesía…

JLM: Necesitábamos comprobar que la emoción que el poema nos provocaba no fuera mero orgullo de padres. Pensábamos que, si el texto obtenía una mención honorífica, quedaría demostrado que iPaz era capaz de dialogar con los poetas de carne y hueso.

WC: Pero el jurado del Aguascalientes no le otorgó ninguna mención… sino el premio principal, por unanimidad.

JLM: Cuando el notario abrió la pleca para conocer la identidad de “Alberto Cardel”, encontró la nota donde explicábamos quién había escrito el poema. Los organizadores convocaron nuevamente al jurado, el cual, tras casi veinte horas de deliberación, decidió retirarle el premio a Beto y declarar desierto el concurso.

¿Por qué no se lo adjudicaron a ustedes, los creadores del programa?

JLM: Uno de los jurados nos habló por teléfono para sondearnos sobre tal posibilidad. Nosotros pusimos como condición que en el acta, el diploma y en todos los boletines de prensa apareciera únicamente el nombre de iPaz; Warren y yo nos limitaríamos a recibir el cheque en su representación, mismo que invertiríamos en las nuevas etapas de su desarrollo.

WC: Cualquier otra cosa habría sido un plagio inaceptable en perjuicio de Beto.

Como inventores del programa, ¿por qué no sería legítimo considerarlos, también, autores de los textos que él produce?

JLM: Porque sus textos son enteramente originales. Yo, por ejemplo, trabajo como profesor de literatura comparada y tengo un doctorado sobre la poesía erótica heredera de los neoplatónicos, pero soy absolutamente incapaz de pergeñar un solo poema. En cuanto a Warren… sin duda se trata de un genio de la programación; pero lo único que sabe escribir son unos y ceros.

Uno de sus colaboradores, el escritor Camilo Lobo, sostiene ser el verdadero autor de los poemas, dado que él diseñó las funciones poéticas de iPaz.

WC: El señor Lobo fue tan solo uno de tantos asesores contratados para desarrollar determinadas habilidades técnicas de nuestro programa: aliteraciones, metonimias, sinestesias… cosas así. ¡Pero de eso a que iPaz sea una mera prótesis tecnológica suya, como pretende…!

JLM: Estamos frente a los delirios de un megalómano. Es como si el coordinador de un taller literario pretendiera arrogarse la autoría de las novelas y los poemas que sus alumnos escriben. Si Lobo realmente es el autor, ¿dónde está el poema, uno solo, escrito de su puño y letra, a la altura de cualquiera de los que le conocemos a iPaz? ¿Usted ha leído los libros de este señor? Retóricos, plagados de metáforas baratas y retruécanos insufribles… Basura de aficionados.

¿Cómo se ha tomado su programa el hecho de que la Academia Sueca no le otorgó el Premio Nobel de Literatura?

JLM: Mentiría si le dijera que no le afectó. Cayó en una profunda depresión y, durante semanas, no fue capaz de producir un solo verso. Afortunadamente, descubrió la posibilidad de canalizar su ira a través del teatro, así que se puso a escribir una serie de obras satíricas sobre los miembros de la Academia. Una de ellas, Sangre, sudor y lágrimas, se ha convertido en un éxito de taquilla en Broadway, el West End y los principales teatros de Europa. La obra imagina cómo pudo ser la discusión entre los miembros del comité que en 1953 le otorgó el Nobel de Literatura a sir Winston Churchill. Una comedia deliciosamente dialogada, cuyo título ironiza sobre la “humanidad de carne y hueso” que supuestamente se necesita para obtener el máximo galardón literario.

WC: Creo que, a estas alturas, Beto ya empieza a acostumbrarse a este tipo de injusticias. Estamos frente a una especie de racismo informático, cuya raíz es el temor —absolutamente infundado— de que las computadoras lleguen a sustituirnos. ¡Esas ideas ya eran obsoletas cuando Kubrick estrenó su 2001! (Una película, por otra parte, francamente sobrevalorada.) La realidad es otra: iPaz es la confirmación de que los hombres y las máquinas podemos convivir en armonía. Y aún más: de que los hombres podemos descargar en las máquinas la ardua, a menudo dolorosa tarea de la creación, y dedicarnos por entero al placer de la contemplación estética.~

________

Dramaturgo, guionista y director de cine y de teatro, FLAVIO GONZÁLEZ MELLO (Ciudad de México, 1967) estudió en el CUEC de la UNAM y en el CCC del CNA. Algunas de sus obras teatrales son 1822, el año que fuimos imperio; Lascuráin o la brevedad del poder y El padre pródigo. En 2001 publicó el libro de cuentos El teatro de Carpa y otros documentos extraviados. En 1996 ganó el Premio Ariel por su película Domingo siete.

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